Las Hermanas Timpson

CAPÍTULO 1

¿Por qué tengo tanto frío?

Es lo primero que se le viene a la cabeza a Amelia al despertar.

—Sara, Clara, cualquiera de las dos, váyanse a su habitación —murmura.

Al no recibir respuesta, abre los ojos.

Lo primero que ve es el techo. El suyo no es blanco, sino beige. Después mira las sábanas: son verdes, mientras que las suyas son de color rojo vino. Tiene las uñas recién hechas y, hasta ayer, las tenía largas. Entonces se da cuenta de que lleva un anillo dorado en la mano.

¿Qué pasó anoche? Ayer no salieron. Fue viernes, noche de hermanas en casa.

¿Las han secuestrado? Sabía que tenía que…

—¡Aaaah! —gritan Sara y Clara.

Amelia corre por el pasadizo.

Abre todas las puertas hasta que encuentra a sus hermanas.

—Menos mal que eres tú, Amelia. Pensaba que eran nuestros secuestradores —dice Sara al verla.

Clara se lanza sobre Amelia.

—¿Por qué estamos en este lugar?

—Les dije que el repartidor tenía una cara muy rara y no pusimos el cerrojo. —Sara se tapa la cara con las manos—. Ay, pero ¿qué…?

Las tres tienen anillos en las manos.

—¡Qué repartidor ni qué nada! Nos han secuestrado los rusos mafiosos. ¡Nos han secuestrado para casarse con nosotras y así vendernos! —Clara se tira al piso.

—Definitivamente, miras muchas películas de mafiosos.

Tocan la puerta.

Las tres se miran y agarran una almohada cada una.

—Está abierto —dice Amelia.

La persona que entra no parece mafiosa ni es un hombre. Es una mujer de unos cuarenta años.

—¡Señoras, aquí estaban! Sus esposos las están llamando para el desayuno.

—Ah… —Las tres inclinan la cabeza.

—Rápido, cámbiense —dice la mujer antes de volver a cerrar la puerta.

—No entiendo nada —dice Amelia, agarrándose la cabeza.

—Cambiémonos para conocer a nuestros secuestradores.

—Esto no tendrá nada que ver con el deseo que pedimos anoche, ¿verdad?

—No, Clara. Eso solo pasa en las películas.

Después de veinte minutos —porque antes muertas que sencillas—, las hermanas bajan.

—Este suéter es muy hermoso.

—Sí, el ropero del cuarto donde me desperté también tiene la ropa más increíble que he visto.

—Teniendo semejantes prendas, no entiendo por qué nos pusieron esos pijamas tan feos.

—No tengo ni idea.

La señora de antes se les acerca cuando terminan de bajar las escaleras.

—¿Qué desean tomar, señoras?

Se miran.

—Batido de fresa con leche.

—Jugo de naranja.

—A mí, un batido de maracuyá.

—Enseguida, señoras.

—Gracias —dicen al mismo tiempo.

Cuando giran hacia el comedor, ven a tres hombres conversando. Se callan cuando uno de ellos las ve.

—Así que ustedes nos secuestraron. ¡Ya verán cuando llame a la policía! Mi amigo es el mejor detective de Nueva York.

—Pero antes voy a tomar mi batido, que tengo mucha sed.— se abanica Clara

—Cierto, Clara. Estas cosas me secan la garganta.— Sara se toca la garganta

—Un momento. Aquí nadie va a llamar a nadie. En primer lugar, deberían agradecernos que las trajéramos a casa después de su borrachera. Cualquier loco podría haberlas secuestrado y habrían manchado el apellido Kendrick.

—Sara, ya habíamos hablado sobre esto. Nada de borracheras en público.

—Clara y Amelia, ustedes también sabían que esto atrae a la prensa.

—¿Pero ustedes quiénes se creen para hablarnos así?

—Edward, John y Patrick Kendrick. ¿Algún problema, esposa? —Edward agacha la cabeza hasta quedar a la altura de Amelia.

—Vamos, Clara. Tenemos que hablar —dice John, y se la lleva.

—Oye, pero ten cuidado con mi hermana —dice Sara.

—Tú te vienes conmigo —dice Patrick, y se la lleva.

Cuando Amelia intenta escapar, Edward la detiene.

—Tú no te vas. Te quedas a hablar —dice, agarrándola del brazo.

—Suéltame.

—Ya, tranquila. Mis hermanos no son unos salvajes como para que te pongas así. —Le suelta el brazo y se sienta en el comedor—. Gracias, Nani —dice cuando Nani le entrega un café negro.

—Su batido de maracuyá, señora.

—Gracias, Nani.

—Come. Han preparado de todo para tu resaca.

—Pero hay demasiada comida.

—Si sobra, la guardamos. Ahora come, que tenemos que irnos en una hora.




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