Belleza, seguridad e indiferencia. Las tres virtudes de toda sacerdotisa. Dominarlas garantizaba la victoria. Si tan solo fuera tan fácil…
Se suponía que eso era parte de su naturaleza, así como, no mirar por la ventana, no preguntar cosas estúpidas, y sobre todo no divagar. Sin embargo, para Niniel eso no se sentía natural.
Para ella era más fácil imaginarse un futuro donde era hermosa, poderosa y, sobre todo, «libre». Aunque, en realidad, esa palabra no tenía significado en su cultura. La había descubierto por casualidad y desde entonces no se la podía sacar de la cabeza. De alguna forma, le traía esperanza. Tanta… que dio un saltito de alegría.
Su mente gritó en silencio reconociendo que se había vuelto a equivocar. Era tarde para corregirlo, tenía que fingir que no sucedió. «Espalda recta, cabeza en alto y brazos relajados». Esa era la forma.
Continuó caminando atenta, incluso asustada, pero al no escuchar gritos o sentir dolor, supuso que estaba a salvo. Suspiró tranquila y volvió a lamentarse.
Niniel se dirigió hacia el gran ventanal que daba al patio. Ansiaba verlo, la última vez, hace muchos años, había quedado sorprendida. Los portales al otro mundo se iluminaban de amarillo, verde y naranja que dejaban a un lado el frío azul de su vida.
El recuerdo la animó a ir más deprisa y se dejó llevar por la emoción. Pronto estuvo corriendo, resbalando por los pasillos y buscando ansiosa el ventanal. Estaba tan feliz hasta que apareció Alishco.
Ella era su maestra, una sacerdotisa horrible, que lucía doce pendientes azules en su oreja derecha. Eso simbolizaba el éxito de sus pupilas. Todas le habían traído mucho poder y Niniel debía convertirse en la número 13.
La joven intentó dominar su carrera, pero sabía que era imposible. Los ojos negros de Alischo denotaban su sentencia. Sacó el látigo tan veloz que fue imperceptible. Solo el dolor y el calor de la sangre resbalando por su mejilla eran las pruebas del castigo. Ninguna dijo nada.
Niniel agachó la cabeza y, se quedó quieta. Alishco la sujetó bruscamente y la arrastró hasta el ventanal. Su mirada inquisitiva vigilaba cualquier desviación. Ella debía simplemente supervisar y asegurarse que el equipaje y las provisiones sean suficientes. Todo lo demás debía ignorarlo.
Apenas era capaz de percibir las siluetas de los varones, distinguía por aquí y por allá armaduras y cotas de malla. Escuchaba el tintineo de sus armas y voces dando órdenes. Había una en especial que destacaba sobre el resto.
Sonaba grave y molesta. Hablaba rápido y al parecer trataba de hacer cumplir sus órdenes. Niniel se permitió echarle un pequeñísimo vistazo. Descubrió que el soldado era mucho más joven y bajo de lo que su voz denotaba. Aunque, a su modo era intimidante. Había algo en su cabeza o quizá en sus hombros…
Alishco chasqueó la lengua y Niniel cerró los ojos esperando otro golpe.
—Ya están terminando —dijo.
Niniel no necesitó escucharlo más. Pronto se enfiló atrás suyo.
En el patio los esperaban trece varones, bien uniformados y armados. El Yaya’n que había llamado su atención estaba ligeramente adelante. Su brazo estaba tan lleno de cicatrices que le sorprendió. Tenía casi su edad y al parecer gozaba del doble de sus éxitos.
Al verlas se arrodilló y besó la mano de Alishco con deferencia. El capitán no se puso en pie hasta que se lo permitió la sacerdotisa.
—Karanthir —dijo Alischo y acarició coquetamente el mentón del joven—. Espero grandes cosas de ti.
—Espero cumplirlas, su excelencia —respondió el soldado y recibió una sonrisa como recompensa.
—Niniel, te presentogui a nuestro capitán y guía en tu peregrinación. Será el responsable de mantenerte a salvo.
Más bien era mantenerlas a salvo. Puesto que ninguna de las dos podía usar su magia. Se suponía que eso representaba «confianza» entre ellas.
Alishco continuó hablándole al capitán sobre sus hazañas o más bien penurias y después le dio paso para que ella hablara.
Niniel se permitió alzar la cabeza y ese fue el problema. Por alguna razón, le miró a los ojos y se encontró con dos espejos azules. Eran de alguna manera amables y brillaban con verdadera ilusión. Había algo en la forma en que la miraba… era… ¿respeto?
Sus labios se entreabrieron y se le olvidaron las palabras. Nadie le había visto como valiosa. Siempre era… un… error. Respiró profundo e intentó recordar lo que debía decir, pero esos ojos no se apartaban. Incluso entonces, esperaban con paciencia a que hablara.
Abrió la boca y la volvió a cerrar. Solo el miedo al castigo la impulsó a hacer algo… lo que sea. Volvió a extender su mano y él se la besó. Sus labios delicados sobre su piel. Un escalofrío la recorrió.
—Espero… Espero que… que… su experiencia nos guíe a todos —dijo rápido y atropelladamente.
Alishco le clavó una mirada tan furiosa que podía sentir el ardor de un hechizo. El capitán también se desconcertó, sin embargo, él le sonrió amablemente y se arrodilló.
—Bajo la mirada de Damar, única y verdadera, la serviré hasta mi último aliento.
Solo cuando él terminó de hablar y le dio la espalda, ella recordó la tonta frase: «La poderosa Damar premia a los sirvientes fieles que lo sacrifican todo incluso su propia vida. Dígame capitán, ¿podrá hacerlo? ¿sacrificará su vida por la mía si es necesario?»
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Editado: 24.04.2026