Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

II. Acceso negado

El espacio se distorsionó y el patio unicolor se transformó en un arcoíris de vivos colores. El portal enviaba corrientes heladas de viento que despeinaron su cabello. Karanthir se mantenía inmóvil frente al portal, mientras que ella estaba completamente deslumbrada. Es más, su mandíbula cayó formando una ridícula «o».

El portal era igual como lo había imaginado. Algo tan mágico que destruía su prisión y le prometía una nueva vida.

Alcanzó a vislumbrar un color verde intenso y el vuelo de algún tipo de ave. Por el portal se colaban susurros desconocidos que le aceleraban el corazón. Tenía que ir allá. No podía esperar más. Intentó moverse, pero las uñas afiladas de Alishco se clavaron en su antebrazo. Sus ojos se llenaron de lágrimas oscuras que tuvo que ignorar.

Se quedó quieta observando como dos varones eran absorbidos por una fuerza incontrolable. Sus cuerpos se comprimieron y alargaron hasta convertirse en puntito que desapareció. Los hombres eran tan afortunados, libres desde siempre.

Tardaron unos minutos en regresar. Uno de ellos reverenció al capitán y le informó sobre su situación. El intercambio de palabras fue breve, así que Niniel se preparó. Todo estaba bien. Cruzarían.

Dejó escapar un suspiro de alivio, por un momento, temió que se lo impidieran. Ahora podía perderse imaginando lo que sentiría. Sería ¿peligroso?, ¿divertido?, ¿doloroso? Sonrió para sus adentros. Había una idea que le entusiasmaba, se imaginaba que era como burbujas suaves que reventaban sobre su piel.

Dio unos tímidos pasos hasta que Alishco la jaloneó. Su mirada parecía preguntarle qué diablos estaba haciendo. Niniel se vio tentada a ignorarla. El portal le llamaba con la música más bella. Ninguna oración se le parecía.

—El palanquín ya mismo está listo —dijo en tono de advertencia. Niniel apretó los labios. Ese gesto le prometía castigo.

Por otra parte, había algo más desconcertante. ¿Palanquín? ¿Eso que usaban para transportarlas de un templo al otro? Eso significaba que…

Cuando cayó en cuenta, sintió que le faltaba el aire. Quiso soltarse de Alishco y simplemente correr. Tenía que experimentar el portal. Sentirlo en su piel. No… no podía ser de otra manera.

Poco después lo escuchó. Metal arrastrándose sobre la piedra. Karanthir lanzó un grito de indignación y los dos soldados que casi dejaron caer el palanquín lo enderezaron.

—¿No dejarás que ellos nos lleven? —preguntó Alishco visiblemente enfadada

—Por supuesto, que no. Son esos los que las llevarán —respondió Karanthir indicando a dos varones tres veces más anchos y altos que él

Ellos no tardaron en arrodillarse y presentaron ante las sacerdotisas. Alishco no dijo nada, solo asintió y se subió al palanquín.

El palanquín tenía cortinas que evitaban ver afuera. Niniel dudó antes de subir. Quizá… quizá podía convencer al capitán de cruzar caminando.

Karanthir la miró y le sonrió. Le ofreció su mano para que ella pueda subir y Niniel miró al portal. Brillante, esperándola, de alguna forma, perfecto e imperfecto.

—¿Pasa algo? —preguntó él viendo también al portal.

—Yo… No. Supongo que…

—No se preocupe, es seguro. He atravesado el portal docenas de veces sin accidentes.

—¿En serio? —respondió ella sin pensarlo. Dejándose de nuevo llevar por sus emociones —. ¿Cómo se siente?

Karanthir le miró desconcertado, pero de inmediato sonrió.

—Divino —respondió —. Como si algo te…

—¡Niniel! ¿Qué esperas?

La voz atronadora de Alishco borró el momento y Niniel suspiró. Era injusto. No… no podía ser. Tomó la mano del capitán y se subió al palanquín, dentro Alishco le esperaba con su tan famosa mueca.

La joven la ignoró y se concentró en las dos ventanas. Eran diminutas, pero le llenaron de esperanza. Quizá podría mover la cortina y…. Alishco corrió todavía más las cortinas y las encerró en un fulgor azulado.

—¿Qué es lo que te sucede? —le riñó. Agarrándola de la oreja y retorciéndola. Niniel emitió un quedo quejido.

—Espero que su experiencia nos guie a todos —la remedó burlona —. ¿Qué estabas pensando?

—Se me olvidaron las palabras —susurró asustada.

—Tonta como siempre —se quejó Alishco y le volvió a acariciar la mejilla con su látigo.

Niniel no se sorprendió. De hecho, esperaba algo peor. Siempre era así, una inepta. Alishco no la había matado por orgullo y pereza. Después de todo, no iba a desperdiciar un siglo de entrenamiento.

—Ahora cállate y medita. Pronto cruzaremos el portal y tienes que escuchar a la Diosa.

«Divino» había dicho Karanthir. ¿Qué significaría para él? Irónicamente, pensar en eso la consoló un poco. Se moría por sentir el portal y Alishco se las había arreglado para que no sea importante. Sus peores pesadillas se habían cumplido. ¿Qué seguiría? No quería ni imaginarlo.




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