Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

III. Fuera del camino

Mantener los ojos cerrados era casi imposible. Su mente divagaba sin pensar en la diosa, ni en Alishco, sino en los maravillosos ruidos del exterior. Niniel estaba cruzada de piernas con las manos sobre las rodillas, supuestamente rezando por iluminación. No había que decir que no estaba funcionando.

Cuando era niña le habían enseñado a mantener la concentración por horas. No importaba lo que pasara afuera, siempre debía mantenerse en oración.

Cada dolor y prueba la había superado con éxito, pero ahora Niniel ni siquiera lo intentaba. Disfrutaba de los sonidos extraños, agudos, rápidos, entremezclados. Por dentro, se moría por correr las cortinas y absorberlo todo.

Según sus cálculos llevarían ya unas cinco horas en marcha. Los varones que las cargaban eran extraordinariamente fuertes, en ningún momento se habían equivocado. Algo que irónicamente la entristecía, esperaba que algo, cualquier cosa los obligara a detenerse y poder salir.

Se removió inquieta. Estaba pensando en una estrategia arriesgada. Suponía que argumentar que tenía que ir al baño no sonaba tan mal. Abrió ligeramente su ojo y echó un vistazo. La oscuridad azulada rodeaba a Alischo. Su maestra estaba completamente en comunión.

Niniel movió un poquito sus piernas y evaluó cualquier cambio. ¡Nada! Sonrió y se descruzó de piernas. Se permitió estirarse la espalda y disfrutar de los crujidos que liberaban tensión. Perfecto.

—¿Ya has comulgado con nuestra señora? —preguntó de pronto Alishco abriendo de par en par sus ojos.

Niniel se quedó congelada e intentó mantener un rostro impasible.

—Yo pensaba en detenernos un momento para poder…

—Eso no te pregunté —zanjó la otra de inmediato —. ¿Has comulgado?

Niniel no tuvo más que aceptar que no lo había hecho. Lo cierto, es que siempre se le había dificultado. Se suponía que, con solo llamarla, la Diosa aparecía y enviaba un camino azul brillante para finalmente abrazarla bajo su ala.

Eso jamás le había pasado, las pocas veces que había logrado encontrar el camino, la Diosa simplemente no le hablaba, se mantenía como una sombra difusa.

—No debería costarte —le reñía siempre Alishco —. Una sacerdotisa de tu categoría no debería ser tan inútil.

Bueno, pues lo era. Hace mucho tiempo que sus insultos ya no le hacían daño, pero siempre lograba borrarle su buen humor.

Niniel volvió a sentarse y adoptó la posición de oración. Soltó un sonoro suspiro del que se arrepintió de inmediato. Alishco se mantenía inmutable, esperando alguna buena excusa.

—Lo lamento maestra. Yo…

El cachetazo se las arregló para ser más sonoro que su suspiro y también más doloroso. Niniel sintió como se sacudía toda su cabeza, incluido el cerebro. Quiso sujetarse la mejilla, pero eso solo significaba otro golpe. Cerró los ojos y se tragó su grito. Después miró al frente, a un punto que no significaba nada.

—La Diosa te está buscando y tú la ignoras.

Eso era mentira, la Diosa no la quería cerca, al igual que todas las demás. Niniel no dijo nada de eso, solo permaneció mirando al punto.

—¿No lo entiendes Niniel? ¿No lo ves? Te postrarás de rodillas muy pronto frente a Damar, madre de todas, y, necesitas eliminar tu debilidad.

Debilidad. La palabra que la había definido. Todo era debilidad desde mirar por la ventana hasta suspirar en el momento equivocado. ¡Eso ya la tenía harta! Ella no era débil, ella solo… No sabía qué era, pero débil, no.

—No estás escuchando —gritó Alishco.

Su voz rara vez se elevaba. Niniel dejó rápidamente de divagar y su cuerpo se tensó. De alguna manera, sintió que estaba en peligro. Volvió la mirada a Alischo y la encontró de pie sujetando su preciado látigo.

El látigo parecía responder a sus emociones y se movía como una mortífera serpiente dispuesta a atacar. Ese no era el látigo con que generalmente la golpeaba, no, este era mucho más grande y grueso, con tres colas venenosas. Esa arma solo se reservaba para las niñas malcriadas y los varones.

—Perdóneme, maestra. Yo… —murmuró Niniel asustada.

Alishco la silenció. Comenzó a caminar de un lado por otro intentando controlar su ira. En algún momento, se giró tan rápido que Niniel retrocedió de golpe y se pegó contra la pequeña ventana. Su respiración a mil por hora. Su mirada le prometía la muerte.

Alishco sostuvo su mirada y de pronto, bufó. Levantó la mano y Niniel emitió un quedo gritito. ¡La mataría! Ya se había hartado de ella. Sin embargo, su maestra golpeó el techo del palanquín y el transporte se detuvo.

—Siéntate bien —bramó. Niniel obedeció de inmediato.

En pocos segundos, se abrió con delicadeza la puerta y asomó Karanthir. Por primera vez, no parecía amable. Tenía el entrecejo fruncido y estaba muy serio. Realizó una reverencia y besó la mano que le tendía Alishco.

—Acamparemos aquí, capitán —ordenó la sacerdotisa.

Karanthir pareció querer decir algo, pero al final aceptó las órdenes. Se despidió y comenzó a organizarlo todo. Un momento después, Niniel, por primera vez bajaba al mundo.

La ayudó a bajarse uno de los soldados. Sin embargo, a Niniel no podía importarle menos. Su vista se perdía en el horizonte, donde unas formas extrañas se extendían, tenían un color verde acompañado por el naranja del cielo. «Montañas» esa era la palabra. Las había visto una vez en una pintura, pero eso no se asemejaba en nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.