Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

IV. Lágrimas negras en tierra humana

—Se escapa.

Ese grito destruyó cualquier intención coqueta de Alishco y sacó a Karanthir de un aprieto para meterlo en otro.

Actuó rápido. Se separó del brazo de la sacerdotisa y se volvió hacia sus soldados. Sabía que eso pasaría tarde o temprano. La rebelión se olía desde el inicio del viaje. Solo era cuestión de tiempo para que Jundium atacara.

Jundium era el varón más experimentado y terco de toda la compañía. Estaba furioso porque él no había conseguido guiar la peregrinación, ni tampoco su inútil hijo, Sabiq.

Karanthir corrió hacia el límite del campamento y desenvainó mecánicamente a Destroza corazones. Una espada majestuosa heredada por su padre. Estaba listo para matar a cualquiera.

—Se escapa— llegó gritando Aboki.

Aboki era lo contrario a Jundium, un muchacho más parecido a un gatito asustado que a un guerrero. Era su primera misión y el capitán dudaba de que regresara a casa.

—Capitán —gritó en cuanto lo vio.

Tenía los ojos demasiado celestes para gusto de cualquier Ya’Yan. Ahora que estaba asustado se acentuaba su inocencia y su piel naranja pálida. Apenas podía respirar y parecía estar a punto de sufrir un síncope.

—¿De qué lado estás? ¿Mío o suyo? —le cortó Karanthir.

El chico se quedó inmóvil y confuso. Karanthir no tenía tiempo de juegos. Solo quería saber si matarlo o no.

—Contesta. ¿De qué lado?

Un solo movimiento de su espada y lo decapitaría. Estaba por hacerlo cuando Jundium apareció. Tenía una sonrisa burlona y al verlo se apoyó cómodamente en un árbol

—¿Qué espera capitán? La sacerdotisa se escapa.

¿Qué? ¿Qué sacerdotisa? ¿Escapa? Bajó lentamente su espada.

—Ella… ella…. Me dijo que… el árbol y… ¡Ya no estaba! —balbuceó Aboki.

—Muy rápida para mis cansadas piernas —bostezó Jundium y le miró con diversión.

—¿Qué? —preguntó en voz alta Karanthir.

—Que se ha ido. La joven, la sacerdotisa que tiene que hacer la peregrinación… —habló Jundium con exageradas mímicas y voz lenta, como si estuviera hablando con un niño o un tonto.

—¿Qué? —esta vez la pregunta no era del capitán. Alishco estaba detrás y parecía una verdadera fiera.

Todos se quedaron inmóviles y Jundium dejó atrás su altanería.

—¿Qué hacen aquí parados? ¡Vayan a buscarle o les cortaré la cabeza!

Nadie tenía que escucharlo dos veces. Desaparecieron por diversos caminos. Karanthir estaba por irse cuando sintió las garras de la sacerdotisa sobre él. Alishco tenía la cara tan molesta que daba asco. Su respiración era pesada y parecía estar cerca de humear.

No era un buen augurio para su capitanía. Sobre todo, considerando que el primer día había perdido a una sacerdotisa.

—Mi señora —saludó Karanthir intentando aparentar indiferencia.

—Si ella no vuelve… —acercó su uña a su cuello y con muy poca presión lo cortó. Karanthir asintió. Entendía el mensaje.

Karanthir se volteó a los varones que quedaban y dejó a Ghufar, Sahl y Awl a cargo del campamento. Entonces, él mismo se aventuró a buscar a la muchacha.

No era la primera vez que recorría esas montañas. Hace unas décadas había pasado por allí. De hecho, recordaba bien donde se encontraba el templo de un Dios impío y las cenizas de su pueblo. Todavía tenía pesadillas sobre sus gritos y eso que no eran humanos. Eso eran más… vengativos.

Mientras buscaba pistas, pensaba en la sacerdotisa. No tenía ni idea de por qué se había escapado. Parecía una chica extraña. Demasiado despistada y… dudosa. Totalmente diferente a las demás. Pensó que era su impresión, pero ahora estaba claro.

Morir por una tontería, esa era la causa de la mayoría de las muertes de los varones, pero Karanthir esperaba tener un poquito más de tiempo.

El capitán comenzó desde el famoso árbol. Un pino en crecimiento, con hojas verdes y tronco delgado. Detectó las huellas de la joven, había pisado hojas, ramitas y lodo. Una inexperta y aun así la habían dejado escapar. Después de todo, estaba rodeado de inútiles.

Siguió las huellas al menos unos quince minutos, cuando se encontró con un gran estropicio. Visiblemente la joven se había caído y más allá de las ramas y la pobre enredadera destruida estaban sus zapatos. Delicados, de un ligero tacón y muy brillantes. Karanthir los tomó y se sorprendió de encontrarlos tan pequeños. Era raro porque nunca se había fijado en ese detalle.

A partir de entonces, las huellas eran apenas visibles. Caricias en la tierra mojada, ligeras y también delicadas. Otra vez se sorprendió, jamás había visto la huella de una hembra Ya’yan en el lodo.

Sabía que era Ya’yan por la forma del pie. Más delgado que un hombre y con el talón menos marcado. Las uñas eran más largas dejando unos ligeros agujeros en la tierra. Eran idénticos a los suyos, solo que era extraño. El pensamiento le hizo reír. Una hembra descalza. ¡Vaya sacerdotisa!

Lo peor era que la huella se encontraba en medio de un camino humano. ¡Esa chica iba a tener y traer muchos problemas! Se llevó una mano a la frente y suspiró. Apartó de un manotazo un arbusto y miró colina abajo. Un pueblo humano.




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