Tenía que aceptar que las cosas no iban bien. Niniel se cubría con una fea capa, aunque eso no ocultaba nada. Todo se había roto.
Recordarlo le provocaba un dolor profundo en el pecho. No podía olvidarse de esa imagen, del maravilloso azul teñido de rojo. Era la primera vez que mataba.
Adelantó más el paso. Tenía que olvidarlo. Tenía que ser fuerte. Se sujetó mejor la capa y con la tela mojada intentó quitarse las lágrimas. Fue imposible. Simplemente no dejaba de llorar. Todo era demasiado.
Todavía sollozaba cuando algo detrás de ella llamó su atención. Sonaba a algo pesado y probablemente peligroso. Su primer instinto fue correr, pero sus piernas le fallaron. Tropezó con una roca grande y se cayó en medio del camino.
Vio lentamente como un objeto enorme, feo y maloliente se acercaba a ella. Dos criaturas cuadrúpedas lo jalaban y no parecían querer detenerse. Niniel gritó.
El transporte se frenó de golpe dejándole unos cuantos metros de ventaja. Adolorida, confundida y, sobre todo, desesperada se puso en pie. Otra de esas criaturas la miraba.
«No, otra vez no» pensó asustada. Se sujetó la capa y se movió para enfrentarlo. Le mostró sus uñas y le gritó que no se acercara. Él se asustó y gritó algo a su vez. Ella no se quedó más. Salió corriendo o lo intentó.
Ahí el suelo era demasiado pegajoso y se afanaba por sostenerla. Apenas logró dar un par de pasos cuando volvió a caer. Para entonces una hembra se había bajado del carro.
—Por favor —susurró —. No me obligue a…
¿A qué? No estaba segura. Esa hembra podía ser tan poderosa como las Ya’yan. No tendría ni siquiera una oportunidad. Además, no tenía armas, ni fuerzas.
Agachó la cabeza y cerró los ojos. Escuchó sus pasos pesados y firmes, y su voz gutural. Sintió su mano sobre su hombro. Esperó sentir dolor y apretó los dientes.
Pasaron los minutos y nada pasó. El dolor, ni la muerte la habían alcanzado. Se quedó quieta. Escuchando sin entender. La hembra continuaba hablando, pero su magia no hacía daño. De hecho, hasta sonaba amable.
Con cautela se giró a mirarla. Ella dio un saltito hacia atrás y alzó los antebrazos. El varón gritó algo que ella pronto negó. Niniel intentó taparse el rostro. Debía ser un desastre, lleno de lodo y lágrimas. El rostro de una inútil.
Muy lentamente, la mujer acercó su mano. Niniel volvió a pedirle que no le haga daño. Ella le contestó. Aunque era obvio que ninguna se entendía. Tocó con sus dedos su rostro y Niniel se sorprendió de que fueran suaves.
No tan suave como su piel, pero sin duda muy parecida. Apartó un mechón sucio de su cabello y le sonrió. Algo en eso tranquilizó a Niniel. Era… era como la sonrisa de Karanthir. Sincera y diferente.
Tardó algo de tiempo en ponerla en pie y más todavía para que subiera a su transporte. Atrás llevaban un montón de cajas y había tres pequeños que la miraron curiosos. La hembra les hizo señas de estarse quietos y la ayudó a sentarse en un sucio banquito de madera.
Sacó de algún lado un paño blanco y lo remojó con su saliva. Era asqueroso. Niniel intentó apartar la cara, pero ella le indicó con su brazo que solo quería limpiarla.
Los primeros limpiones resultaron incómodos e incluso dolorosos. La mujer le había agarrado por la barbilla y refregaba con demasiada fuerza. Niniel se quejó e intentó apartarse. Forcejearon un par de minutos hasta que llegaron a un acuerdo.
Mientras tanto, las pequeñas criaturas la miraban y lanzaban observaciones de vez en cuando. La hembra les respondía con paciencia y quizá fue esa forma la que terminó por relajarla. Había algo diferente entre ellos, algo que encendía su corazón y la hacía sonreír.
La mujer intentó quitarle los rastros de lágrimas, pero sin éxito. Comprobado luego por su propio reflejo. En un charco se enmarcaba su cara como una máscara negra. Solo sus ojos azules resaltaban. Era tan horrible que Alishco hubiera gritado enfadadísima. Con solo pensarlo, Niniel sonrió. Podría vivir desaliñada toda su vida y a nadie le importaría.
«Libertad» la palabra vino sin buscarla y Niniel lanzó una risa histérica. Al fin la entendía.
Poco a poco los niños se acercaron a ella. Primero, tocándole con un largo palo que ella rompió con una ligera presión y luego con un juego parecido a las estatuas. Intentaban acercarse a ella y ella atraparlos en el acto.
Su interacción acabó cuando se detuvieron. Niniel se asomó un poco y distinguió unas barricadas extrañas y muy débiles. El varón intercambió palabras con otro de los suyos y después pasaron.
Pronto el lugar más hermoso que Niniel jamás había visto apareció. Estaba rodeado por esas criaturas amables y todas hablaban y reían al mismo tiempo. Las casas eran extrañas con colores y formas nunca vistas.
Caminaban por una estrecha calle cuando uno de los pequeños la tomó de la muñeca. Niniel reaccionó mal y le lanzó un arañazo instintivo. El mundo pareció detenerse y el pequeño se quedó quieto. Su labio se torció hacia adelante y lloró amargamente. Su llanto era tan lastimero que la estremeció.
—No quise… No fue mi intención.
Sintió que volvía a ese accidente. A la daga en su estómago, a la sangre esparciéndose. Se tapó con la mano la boca y trató de huir.
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Editado: 11.05.2026