Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

VI. Fuegos humanos y cielos ajenos

Tardó demasiado en encontrarla. Se había camuflado muy bien entre tantas luces y colores. Él bajo la guardia y, por eso, no llegó a tiempo.

En cuanto la mujer cayó, el chillido rompió la tranquilidad. Niniel gritaba como loca y repartió manotazos y golpes. Estaba aterrorizada y se estaba convirtiendo en un peligro.

Karanthir pasó entre empujones sobre la muchedumbre y la alcanzó. La tomó con demasiada agresividad y ella volvió a gritar. Sus garras se clavaron en su rostro. Él le sujetó con más fuerza y la retuvo de tal forma que podía hablarle discretamente.

—Soy yo. Vine por ti. Soy Karanthir.

La joven tardó en comprender y varias veces intentó morderle. Le clavó sus uñas en los antebrazos. Sin embargo, cuando repitió varias veces su nombre, ella se detuvo y lo miró.

—¿Capitán? —preguntó entre susurros —. Tú…

—Soy yo. Tranquila.

Durante un segundo el mundo se detuvo. Niniel colocó su mano sobre su mejilla y le miró a los ojos. Su mirada era tan intensa que Karanthir se sintió desnudo. Sin capaz de ocultar secreto alguno. Entonces, ella le abrazó y él volvió a confundirse.

En medio de eso, se fijó que muchos le miraban.

—¿Está bien? —preguntó una mujer regordeta junto con tres chiquillos.

—Sí. La muerte le impresionó. Ella… es mi hermana.

La mujer se sorprendió y le contó en pocas palabras que la había encontrado en el camino.

—Creo que la lastimaron —dijo mirándola con tristeza. Se acercó con cuidado y Karanthir se tensó. Posó con ternura una mano sobre su pelo.

—Pobrecilla —murmuró y regresó a mirarlo —. Cuídala, por favor.

Se marchó en silencio. Para entonces toda la fiesta había estallado. Entre gritos, cantos y bailes, Karanthir llevó a Niniel hasta un lugar más tranquilo. Un rincón apartado lo suficiente oscuro para cubrirlos. Mientras tanto, ella parecía no querer soltarse.

Un poco más tarde, se apartó y elevó su mirada al cielo. Ya estaba oscuro y plagado de estrellas. Niniel las contempló con una chispa de… Karanthir no estaba seguro. Nunca lo había visto.

—Mi señora… ¿está bien? —preguntó con cautela.

Recién se fijó de su rostro negro y frunció los labios. Lágrimas. No se había equivocado. Quiso tocarla, pero eso… eso no era natural. No podía tocarla sin su permiso.

Niniel apartó la mirada. Sus ojos brillaron de nuevo y una cascada negra se desató. Inesperadamente se arrojó a sus brazos. El capitán se quedó sin aliento. Incapaz de reaccionar.

—Ha sido horrible —dijo escondiendo su rostro en su pecho —. La han matado y yo… yo también. Fue un accidente.

Se miró las manos cubiertas por lodo, sangre y lágrimas. Karanthir deseó sostenerlas y de nuevo, dudó.

—Mi señora, hay que irnos.

Si ella lo escuchó, lo ignoró y volvió a abrazarlo con fuerza. La música sonaba demasiado cerca, muchas personas pasaban y… ella seguía sollozando.

—Son humanos —dijo para romper la incomodidad que sentía —. Ellos actúan así.

Su respiración se detuvo y se tranquilizó poco a poco.

—¿Humanos? —preguntó probando la palabra en sus labios. Karanthir sonrió ligeramente.

—Sí, son criaturas…

—¿Por qué lo han hecho? —preguntó interrumpiéndole. Levantó ligeramente la cabeza y lo miró. Sus ojos brillaban todavía por las lágrimas.

—Era una asesina.

—¿Cómo yo? —murmuró y se apartó de golpe. Caminó un poco y miró de nuevo a la plaza y el cielo. Se fijó en sus manos y se regresó a él. Esperaba algo, pero él no sabía qué.

—Hay que irnos —repitió de nuevo y los hombros de ella se hundieron.

Se sentó en un pequeño banco de piedra y se descubrió ligeramente la capucha. Por alguna razón, Karanthir evitó mirarla.

—A mí también me hubieran colgado —suspiró—. Yo también maté.

—Eso no importa —respondió él —. Todos son herejes.

Quería dirigir la conversación a un terreno más conocido. Si Niniel entendía que eran herejes entonces ya no debía preocuparse por ellos o sus normas. Así era siempre.

—Merecen morir —añadió un poco más seguro.

—Herejes —se rio burlonamente Niniel —. ¿Por qué eso importaría?

El capitán se quedó sin palabras. Ella… ¿qué? ¿ponía en dudas la fe? Eso era imposible, irreal. Se tocó la frente buscando signo de enfermedad. Quizá todo eso era un simple delirio. Sin embargo, ahí estaba. Frente a la única sacerdotisa que sufría por humanos.

Se quedaron en silencio. Karanthir sin saber que hacer y Niniel mirándose las manos. Poco a poco solo la música quedó entre ellos.

Conforme los minutos pasaron Karanthir se dedicó a contar las líneas del suelo. Eran piedras uniformes que formaban un patrón interesante. Era raro que nunca lo hubiera notado. Se preguntó si el patrón cambiaría por las otras calles o ciudades. Niniel se movió y se puso de nuevo en pie.

Se quitó la capucha por completo y dejó que su pelo de fuego ardiente iluminara la noche. El capitán se levantó de inmediato con la intención de frenarla. Si alguien la miraba los matarían. Ella le sonrió tan dulcemente que lo paralizó.




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