No podía dejar que la atrapara. Simplemente no podía. Prefería morir allá afuera. Asesinada como esa humana.
No tenía ni idea a dónde iba. Sus pies la guiaban en línea recta. Apartando violentamente lo que sea que se atravesara, incluso un animal quiso morderla.
Su plan era correr hasta que sus pulmones se cansaran y entonces esperaba que Karanthir ya no la siguiera. Si no… Apartó el pensamiento. No podía dejarse atrapar. No viva.
Muy de vez en cuando se giraba en busca del capitán y lo único que veía eran algunos hombres que la miraban extrañados. Ni rastro de su perseguidor, pero ella continuaba. No podía dejarse engañar por las apariencias. Después de todo, de alguna manera la había encontrado.
Giró hacia la izquierda en un callejón y terminó en un camino sin salida. Una pared alta impedía cualquier intento, incluso de entre la basura saltó un ser pequeño y peludo que la asustó. Niniel retrocedió a trompicones y volvió a ponerse en marcha. Esa ciudad era un laberinto y siempre parecía volver al mismo punto. Sus músculos le dolían y cada paso le resultaba tortuoso.
Llegó hasta una especie de pozo y se detuvo un solo segundo a tomar el aire. Sentía la boca seca y los labios partidos. Levantó la mirada y encontró al capitán en el techo. Bajando a por ella. Con un grito dio marcha atrás y corrió de nuevo.
Pisó alguna clase de vidrio que la hizo gritar del dolor. Llegó casi arrastrándose a una pared y gritó en busca de ayuda. Llamó la atención de dos hombres grandes y musculosos parados en la calle. Al principio parecieron desconcertados, pero en cuánto la vieron bien, desenvainaron las espadas.
Niniel se tragó su sorpresa y medio a gatas se escabulló por la primera puerta abierta. Dentro una pelea a puñetazos rompía todo. La gente gritaba, las jarras se rompían, los golpes se repartían entre todos. Alguien le dio un codazo a la altura de las costillas y la dejó sin aliento. Con todo, se cubrió la cabeza y subió por unas escaleras.
En el pasillo un montón de puertas cerradas la esperaban. Abajo la pelea no tardó en calmarse y una voz autoritaria mandaba. Niniel no tenía que saber el idioma para imaginarse a quién buscaban. Desesperada se lanzó hacia una puerta y con toda su fuerza la derribó.
Dentro un hombre medio desnudo se le quedó mirando. Niniel buscó con la mirada una ventana y la encontró. Aunque, pronto se quedó paralizada. La ventana era apenas un pequeño rectángulo. Por ahí, no estaba su salvación.
El hombre gritó y demasiado pronto, los otros dos grandotes entraron. Estaba acorralada. Las espadas brillando en sus manos. Buscando clavarse en su carne.
Niniel alcanzó una botella, era pesada y con un líquido rojizo en su interior.
—Déjenme —gritó. Los hombres no se detuvieron, gritaron algo que sonaba como a: Dem honi
—Quietos —volvió a advertir.
El escenario se repetía. Volvía a estar acorralada. Ellos la obligarían. ¿Por qué no podía vivir en paz? ¿Por qué?
Ella atacó primero, golpeó con la botella a uno en la cabeza. Del golpe se partió y le cortó el antebrazo. El hombre la tomó del brazo e intentó clavarle la espada. Niniel alcanzó a levantar las piernas y patearlo. La soltó, pero pronto cayó en los brazos de otro. Entonces todo se volvió confuso, ella continuaba golpeando con su botella rota y ellos intentaban matarla.
Estaba asustada, adolorida y, sobre todo, enfurecida. Ella solo quería libertad y todos se empeñaban en detenerla. ¡Cómo se atrevían! ¡¿Cómo?! Ella se suponía era una mujer sagrada. Debía ser obedecida, protegida, libre.
Sintió dos golpes en la cadera y alguien que trataba de jalarle del pelo. Terminó aullando del dolor y ella lo aprovechó. Se lanzó contra él y a horcajadas continuó golpeándolo, gritando en busca de explicaciones, apenas consciente del sonido de sus huesos al quebrarse y, la sangre tanto suya como del hombre salpicando.
Cuando ya no pudo más, se dejó caer. Era su segundo asesinato en un día. ¡El segundo! Le lanzó un segundo puñetazo a la masa de carne y vomitó. Esto era suficiente. Su sueño estaba quebrado.
Una figura solitaria y silenciosa se paró a su lado. El olor ya le era familiar, Karanthir.
Estaba parado junto a otros dos cadáveres. Su espada brillante por la sangre. La miraba sin decir palabra, sin atreverse a acercarse. Dejándola acabar con la última amenaza sola. Niniel apretó los dientes y se puso en pie.
—No me llevarás —dijo. Él la miró con tristeza.
—Yo…
—¡No quiero escucharte! ¡Lo sé! Este mundo es cruel y feo, pero…
Se calló y pensó en la mujer, en la forma en que había tocado su rostro, en cómo le tendió la mano, en sus hijos, en el cielo y… ¡No! Se negaba a aceptarlo.
—Este mundo… —repitió con más convicción —. Es hermoso y si no fuera por…
¿Por qué? ¿Por qué la habían atacado? Niniel gritó llena de ira y de tantas emociones que se agolpaban en su pecho. Gritó hasta quedarse sin voz.
Buscaba una razón, un culpable y entonces Karanthir habló.
—Vámonos. Estamos a tiempo.
¿A tiempo? ¿Vámonos? Niniel apretó los puños. Con todo el veneno que la estaba ahogando gritó:
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Editado: 11.05.2026