Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

VIII. Ocho alfileres

Solo dejó de gritar cuando se quedó sin voz. Para entonces, el paisaje pasaba como una sombra ante sus ojos. Ya nada le cautivaba. Ni siquiera esas pequeñas luces amarillas que danzaban a su alrededor. Karanthir avanzaba a gran velocidad, sin soltarla, ni hablar.

No tardaron en llegar al campamento. Unos débiles fuegos azules marcaban los límites. El capitán intercambio palabras con algunos de sus soldados y la bajó cuidadosamente.

Niniel se dejó caer al suelo. Sin hablar, ni ver a nadie. Ya no tenía fuerzas ni para levantarse. Karanthir le dijo algo, pero la sacerdotisa no escuchó. No le importaban sus palabras. Lo odiaba.

Pronto llegó Alishco. Perfecta como una reina. Karanthir la recibió con una reverencia. Ella le lanzó una bofetada. Niniel sonrió. Le gustaba que sintiera algo del dolor que ella sufría. Lamentablemente pronto apareció el rostro de su maestra y se le olvidó.

Su aventurilla le trajo horribles consecuencias. El dolor de las muñecas era espantoso. Alishco le clavó sus garras y la arrastró con violencia hasta la tienda de campaña. Niniel ya no tenía voz para quejarse. Aunque, si gimió cuando reconoció en la tienda, una réplica exacta del templo.

Se había acabado. Volvía a su prisión.

—Eres una tonta y una mujer débil —siseó Alischo mientras buscaba algo en el cajón del altar.

—Debería matarte. ¡La Diosa lo sabe!

Sinceramente, a Niniel no le parecía mala idea eso de la muerte. Después de algunos minutos, sacó un pedazo de tela. La joven la reconoció al instante.

Era lo único que podía sacar las lágrimas. Una tela tan áspera que arrancaba piel. Alishco la refregó con tanto ardor que Niniel temió quedarse solo como una calavera.

El trapo antes blanco terminó violáceo por la sangre y la mugre. Mientras trabajaba, su maestra no dejaba de vociferar sobre lo inútil y tonta que era.

—¿En qué demonios pensabas? —repetía una vez y otra vez, pero Niniel no respondía.

Cuando terminó de «limpiarla» se sentó frente a ella y le abofeteó. Fue tan fuerte que su labio se reventó y un pitido horrible le quedó vibrando en los oídos.

—¿En qué pensabas? —volvió a preguntar y para que reaccionara la agarró por los hombros y la sacudió varias veces —Respóndeme, maldita sea.

No era una petición, aunque en su maestra nada lo era.

—Solo quería… —susurró incapaz de mentir y con ganas de gritarle la verdad a la cara.

—¡No te atrevas! —le advirtió levantando un dedo. Sabía que Niniel estaba a punto de romper en llanto otra vez.

La joven tomó una buena bocanada de aire y apretó los labios. No quería llorar. Ya… Respiró profundo y se dejó caer de rodillas. Le dolía todo el cuerpo, pero no era nada comparado con su corazón. Se sentía rota.

El golpe no se hizo esperar. Tan fuerte que perdió el poco equilibrio que tenía y se cayó al suelo. Su cabeza se pegó contra un escalón y durante un precioso minuto pensó que iba a morir.

No supo cuánto tiempo permaneció en el suelo, sin hacer nada más que temblar. De pronto, Alishco la obligó a ponerse en pie y la sentó frente al altar. Entre sus manos llevaba un pequeño alfiler y en una cajita muchísimos otros

Eran de color plateado con una punta afiladísima. De adorno, tenían la piedra azul más brillante que hubiera visto. Tenían la longitud de un meñique y la delgadez de un cabello.

Su maestra le ordenó colocar sobre la mesa sus manos. Estaban violáceas por la limpieza, pero Niniel recordaba las otras, las sucias, las sangrientas. Su herida del antebrazo había dejado de sangrar, pero todavía ardía.

Metódicamente la sacerdotisa extrajo ocho y los dejó frente a su mano. Después colocó una pequeña copa con un líquido negro. Veneno. Ideal para las torturas. La joven tragó saliva y respiró profundo. No iba a rogar.

—He matado a mis pupilas por menos de lo que has hecho —dijo Alishco sentándose a su lado —. No creas que te aprecio, de hecho, te odio y cuando todo esto acabe yo misma me encargaré de atormentarte toda tu asquerosa vida.

No era nada que Niniel no supiera. Sin embargo, escucharlo en voz alta le dolió. Su vida era muy larga, siglos. ¿Podría vivir todo eso? Con su sueño roto y sin lugar donde escapar, era poco más que una esclava.

—Prefiero morir —murmuró.

Alishco le respondió con una carcajada tan burlona que Niniel agachó la cabeza.

—Lo sé y por eso no te mato. Eres tan descarada que deseas la muerte, pero eso sería muy fácil. Me debes mucho y me lo pagarás todo, tesoro. Todo.

Levantó su mano y la acarició tiernamente como si en verdad la quisiera. Una burda imitación de la humana. Niniel cerró los ojos y sintió como oleadas de ira sacudían su pecho. ¡Se le había negado eso! ¡Verdadero amor! Y le habían regresado a su jaula. Condenada.

La ira le subió por la garganta y fue imposible no dejarla salir.

—Castígalo también —gritó.

Alishco fingió no escucharla. Tomó uno de los alfileres y se lo clavó profundamente en el dedo, justo debajo de su uña. La aguja pareció cobrar vida y comenzó a escarbar bajo la piel. Lacerándola, arrancando tejido y provocándole un dolor indescriptible.




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