No era su mejor día. De hecho, era por mucho el peor. Cuando aceptó la misión, sabía que las cosas no iban a ser fáciles, pero nunca pensó que perdería el control el primer día.
Días, semanas, meses planeando cualquier eventualidad, estudiando las rutas, pensando en los posibles problemas y las sacerdotisas se habían arreglado para sorprenderlo.
Cuando pensaba en las dos, solo veía problemas. Nubarrones negros que ensombrecían su vida. Había estudiado a Alishco. Sabía que era peligrosa y que amaba al poder como ninguna. Suponía que ella sería el problema. Era en cierta manera previsible.
La joven, por otra parte, jamás la había tomado en cuenta y eso que le advirtió su abuelo: «Las jóvenes son más malvadas y prepotentes. Debes tener cuidado».
Debió hacerle caso. Así no hubiera terminado ahí, es que… Niniel parecía tan diferente, incluso fascinante. ¡Que tonto!
Ella era igual, incluso peor que las otras. Malvada y cruel y él había pensado… pensado en protegerla. ¿Por qué había entrado en la tienda? ¿Por qué pensó que resultaría diferente?
Su cabeza vagabundeaba buscando sentido a lo que no tenía. ¿Por qué se había mostrado tan… sincera? No lo entendía. Había matado, llorado, preguntado y aprendido. Ella era como… suspiró, no era bueno recordar el pasado. Menos cuando parecía ir hacia un solo desenlace.
Intentó tranquilizarse y justo a tiempo porque Jundium entró junto con Sabiq. Estaban impecables con sus armaduras perfectas. Karanthir se puso en guarda al momento.
—Será mejor que no se mueva capitán —dijo Jundium con una sonrisota. Su estúpido hijo también estaba muy alegre.
—Si crees que… —dijo Karanthir cuando fue bruscamente interrumpido por la entrada de Alishco.
La sacerdotisa estaba preciosa como todas las mujeres Ya’yan. Una figura delicada que era imposible de ignorar. Una mujer letal. Ligeramente detrás estaba su pupila. Ella era todavía más hermosa. Sus ojos celestes y sin marcas de lágrimas. Mantenía la cabeza gacha, incapaz de mirarlo.
—Mis señoras —saludó con una reverencia.
—Capitán —respondió Alishco secamente y se paseó seductoramente por su lado.
Dejaba que sus dedos se arrastraran por diversas superficies, tocaba algunas cosas y las miraba detenidamente hasta que al final llegó a Destroza corazones. Cuando Alishco la miró sonrió malévolamente. Había encontrado el juguete perfecto.
Karanthir no sabía cuál era sus intenciones, pero le costaba mucho estarse tranquilo. Requirió de toda su voluntad para no rogar qué se apresurará. Ya sabía lo que le esperara, alargarlo era solo parte de la tortura.
—Dígame, capitán. ¿Cuál es el deber más sagrado de un hombre?
—Servir a la Diosa —respondió sin titubear.
—¿Cuál es su nombre?
—Damar
—¿Qué representa?
—El Caos sobre todos los seres vivos. Busca proteger y dotar a todas sus hijas con poder. Solo las Ya’yan pueden servirlas y nosotros servimos a sus hijas.
Alishco asintió satisfecha. Karanthir apartó un momento la mirada de la sacerdotisa y se enfocó en Jundium. El viejo tenía apariencia solemne, pero en cuánto pudo se sonrió. La situación le estaba causando mucha gracia.
La otra sacerdotisa, por su parte, se había quedado quieta, sus ojos encontraron a los suyos y ella gimoteó. ¿Le tenía miedo? ¡Imposible! Una de sus manos se apretaba contra su costado como si estuviera herida. ¿Qué le habría hecho?
—Destroza corazones —dijo Alishco atrayendo de nuevo su atención. Admiraba la espada y acariciaba la inscripción en su hoja. Ahí llevaba su nombre y en la empuñadura su significado —. Una de las diez.
El capitán asintió.
—Esta espada representa una parte de nuestra historia. Una espada que se supone pertenece a familias leales. Su abuelo, capitán, es uno de los varones más prodigiosos. Progenitor de las más valiosas sacerdotisas.
Se quedó callada y Karanthir se removió incómodo. Su espada era casi lo único que tenía de valor. Si le quitaba… No quería ni pensarlo. Sintió una punzada en el pecho y durante un segundo recordó el olor a cenizas. Sacudió la cabeza intentando concentrarse. Intentando que su rostro no delatara ninguna emoción.
—Su padre, por otra parte…
El mundo se detuvo. Él apretó los dientes. Quiso gritar. Nadie tenía derecho a mencionarlo. ¡No!
Alishco se acercó y pasó una de sus uñas por su mandíbula. Sus enormes ojos le evaluaban.
—Él fue una gran decepción para todos.
No tenía que escucharlo. Ya lo sabía, pero no por eso dolía menos. Intentó no parpadear, mantenerse indiferente. Sin embargo, el olor se acentuó, la ceniza, la sangre y la muerte. De pronto, necesitó aire y tuvo que jadear.
Su padre era y siempre sería una herida abierta. Jundium se rio por lo bajo y Niniel levantó la cabeza. Movió los labios, pero no dijo nada.
—¿Qué clase de hombre es usted? ¿Es como su padre o su abuelo? —preguntó Alishco sujetándole de la mandíbula.
El capitán volvió a respirar profundo.
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Editado: 11.05.2026