Niniel estaba desorientada. No sabía que sentir, ni que estaba sintiendo. Temblaba, vomitaba y veía borroso. Incluso los sonidos se confundían unos con otros. Mezclándose los recuerdos con los sueños.
No podía decir qué era verdad y qué mentira. Apenas era consciente de que estaba de pie y se abrazaba a sí misma. Era de noche otra vez y el cielo se mostraba oscuro. Unos fuegos bailaban al frente de la tienda y un tronco alto y firme se sujetaba con cuerdas. Alishco brillaba por su ausencia.
Niniel se dobló por otra arcada y alguien aprovechó para tomarla del brazo. Le sujetaba casi con amabilidad.
—¿Karanthir? —balbuceó, intentando controlar las vueltas que le daba la cabeza.
El capitán volvió a su mente como una imagen confusa. Su sonrisa destacaba sobre todo lo demás. Amable, enseñándole a crear una chispa de fuego. Intentó alcanzarlo y un escupitajo de sangre voló para espantarla.
¿Por qué hacía eso? ¿Por qué la rechazaba?
Recordó estarle golpeando, reclamando, aunque ya no recordaba la razón. En algún momento, cayó y un montón de piedrecitas se clavaron en sus rodillas. Otra vez tembló violentamente y vomitó un poco más.
Su vómito era violeta y después rojo, rojo como la sangre humana, como sus manos. Se miró y los alfileres destacaron debajo de sus uñas. Gritó e intentó quitarlas, pero de nuevo, volvió a marearse. Intentó ponerse en pie y sus rodillas temblaron.
Su corazón latía con fuerza y rivalizaba con su cabeza. Le dolía tanto que pensar era demasiado. Se arrastró por el suelo y logró girarse. Un rostro le miraba. Un varón que hablaba con ella, pero sin palabras. Le ofreció la mano al igual que la mujer.
Se acordó de ella y la forma amable que la había tratado. ¿Por qué no se quedó con ella? Karanthir volvió a su memoria. Parado sobre un tejado, buscándola. Niniel escupió. ¡Ya lo recordaba!
Él la había atrapado. Llevado de nuevo a todo… Movió el brazo y señaló todo a su alrededor. Habló incoherencias intentando explicar el motivo de su castigo. Él se lo había buscado.
—Te lo has buscado —dijo Alishco antes de clavarle el primer alfiler. Sin embargo, Niniel dudó. ¿Lo había dicho?
Intentó recordarlo, pero el veneno se extendía por su cuerpo. Dejaba líneas negras en sus venas. Era en cierta manera parecido a las lágrimas. Se acordó de su reflejo y vio su rostro mugriento. Se acordó de la alegría que había sentido.
Durante unas cortas horas había sido libre. Intentó sonreír, pero el reflejó cambió. Dejó atrás la suciedad y se volvió pulcro. La corona, las gemas, el poder brillaba en sus ojos. Niniel intentó apartarse y al hacerlo se golpeó la cabeza.
De alguna forma, había vuelto a levantarse y ahora volvía a caer. El reflejo le perseguía. Era ella, pero al mismo tiempo, no. Era horrible. Era como… como Alishco.
—Te lo buscaste —dijo y el sonido de un latigazo la hizo levantar la cabeza.
Frente a ella estaba Karanthir o al menos su cuerpo. Lo habían amarrado al tronco grueso y lo sujetaban con gruesas cuerdas. Se clavaban en su carne como el látigo en su espalda. La sangre resbalaba por su piel.
Intentó arrastrarse. Llegar hasta él. Detener todo.
—No lo merece —balbuceó.
Se resbaló y volvió a estar en el suelo. Un charco oscuro le devolvía su reflejo. La mitad de su rostro sucio y divino, el otro perfecto y horroroso. ¿Qué quería ser?
Gritó. Rogaba que detuvieran todo. Alguien la sujetó de las muñecas y la arrastró hasta dónde estaba el capitán. Alishco le jaló del cabello y obligó a que lo mirara.
Él mantenía los dientes apretados. La saliva se resbalaba por la comisura de sus labios. La miró indiferente y Niniel de nuevo regresó al charco.
Esta vez era el capitán quien le miraba. La sonrisa se borró de sus labios y le dio la espalda. La saliva sangrienta dividía su camino y lo cerraba para siempre.
—Perdón —aulló ella y recibió un golpe.
Apenas fue consciente de que Alishco le clavaba otro alfiler y que le gritaba algo. Ella solo podía ver a Karanthir.
—Perdóname, por favor.
Perdió la consciencia y la recuperó poco después. No sabía dónde estaba, ni lo que pasaba. Su cuerpo era incontrolable, ella gritaba, balbuceaba, escuchaba a alguien muy lejano llorar y nada acababa. Estaba en el mismísimo infierno.
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Editado: 11.05.2026