Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XI. Humillaciones

Era en cierta manera fácil digerir el dolor. No era nada nuevo. Había crecido con eso. Lo que no podía aceptar era la humillación.

Karanthir fue golpeado ochenta veces por Alishco y sus propios hombres. Ninguno escatimó en fuerza. Era como si todos lo odiaran. Era ridículo sentirse molesto por eso, pero lo estaba. Irónicamente había pensado que el rango de capitán valía algo.

Su tortura duró hasta el día siguiente. Lo dejaron amarrado al poste, mientras todos los demás se iban y después, simplemente Alishco lo desató y le ordenó que volviera a sus funciones. ¿Cómo podía hacer eso?

Regresó a su tienda y se sentó tras su escritorio. En la mesa tenía todos los mapas de la región. Organizados por zonas y perfectamente ordenados. Los mejores cartógrafos los habían hecho.

Cuando pasaba sus dedos por la superficie podía sentir las distintas texturas. Los ríos se representaban con líneas finas y muy pegadas, asemejando las corrientes, los bosques eran tupidos y las montañas gruesas líneas imponentes. Él reconocía cada zona y… era ridículo, pero al sentirlo, Karanthir tuvo ganas de llorar.

Todo era un desastre. Se moría de ganas de odiar a alguien, de culpar a Alishco y sobre todo a Niniel, pero no podía.

Ella continuaba volviendo a su mente sin ser invitada. Durante la tortura se había acercado a él. Sus pupilas estaban muy dilatadas, temblaba y balbuceaba. Cada que le golpeaban, ella reaccionaba. Gritaba palabras inteligibles, pero era la única que parecía afectada. Los demás incluso disfrutaban con los golpes.

Lo peor era que le había dicho, perdón. No una, ni dos veces, con esa eran tres. Suspiró profundo y golpeó el mapa. Odiaba sentirse así.

Cerró los ojos e intentó acostarse más contra la silla. El ardor le dejó sin aliento. No podría ponerse nada sin torturar más su piel.

—Padre, ¿qué hago? —gimoteó llevándose una mano contra la boca.

Era tonto recurrir a su padre. Él estaba muy muerto. Sin embargo, pensar en él le traía tranquilidad. Le llevaba a esos primeros años cuando solo eran los dos.

Sin pensarlo se puso a cantar. Bajito, muy bajito. Apenas dejando que las palabras se formaran. Se puso de pie y rebuscó entre sus cosas. Tenía un montón de frascos con compuestos medicinales.

Su pequeña colección había crecido desde la experiencia. Los tenía etiquetados con claridad y letra pulcra. Tomó una que decía para el dolor intenso. Abrió el frasquito y extrajo una cápsula que contenía las semillas. Estaba inmadura. Le clavó la uña y de ella salió un líquido blanco y pegajoso.

Usó su magia primordial para secarlo y se volvió marrón y pegajoso. Repitió el proceso con varias cápsulas hasta tener una cucharada de la sustancia. La mezcló con un poco de agua y se la tomó.

Tardó unos veinte minutos en hacer efecto. Para entonces sentía un poco de sueño y pesadez. Sin embargo, podía controlarlo. Se puso una camisa y se concentró en el mapa.

No era tiempo de tenerse compasión o resolver enigmas, tenía que recuperar el control rápido. Antes de que Jundium lo matara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.