Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XII.Flores venenosas

Hoy era un día muy soleado. Un rayo de esperanza en medio de tanta oscuridad, aunque a sus ojos les costara adaptarse.

Las montañas se alzaban imponentes sobre ellos, invitándoles a descubrir lo que se escondía entre sus curvas. Sin embargo, Karanthir se mantenía atento.

Estaba solo y esperaba con cierta impaciencia a tres de sus exploradores. Según sus cálculos, llevaban más de una hora. Eso era demasiado tiempo, incluso el líder de los exploradores, Thalith, se notaba inquieto.

No dejaba de caminar de un lado para el otro y de dar patadas al césped naciente. No tardó mucho en pedirle permiso para echar un vistazo.

Con la agilidad de un gato se trepó a un roble grueso y seco. Su peso apenas hizo crujir al árbol y como una sombra, se desvaneció entre sus ramas. Karanthir suspiró.

Odiaba no confiar en sus propios compañeros, pero con Jundium… era mejor estarse atento. Habían pasado dos semanas desde su desastre y había recuperado poco la dignidad perdida.

Se apoyó en el tronco y tamborileó sus dedos sobre el pomo de su espada. Estaban entrando a una zona peligrosa. Marcada en los mapas como el territorio de gigantes.

Por eso, envió primero a los exploradores. Debían marcar las zonas de asentamiento, las posibles de descanso y los conflictos inevitables. Su vista y agilidad estaban más desarrolladas que las suyas.

La caravana estaba a pocos metros, había dejado apostado tres soldados de «confianza» por si acaso y al resto… bueno quien sabía del resto.

Unos pasos livianos y quizá algo vacilantes resonaron a su costado. Karanthir se tensó. Agarró su empuñadura y esperó. Los pasos eran muy vacilantes. Se relajó, pensando que era Aboki. El muchacho era un explorador, pero apenas iniciaba, así que era temeroso.

Regresó la vista atrás y la vio. Volvió a tensarse y cuadró los hombros. No la había visto desde… Suspiró. Niniel no se había aparecido, sin embargo, no había abandonado su cabeza.

Con el paso de los días se convenció de que era mala, así como las otras, pero cuando estaba dormido, lo que miraba era su otra parte. La que sonreía, saltaba y lloraba.

Niniel se detuvo. Había estado caminando hacia él. Se movió nerviosa y se abrazó a sí misma.

—Hola —murmuró y apartó la mirada.

—Mi señora —saludó él y realizó su respectiva reverencia.

Apretó la mandíbula y esperó. Unas hojas cayeron al suelo y parecieron rociarle con una lluvia verde.

—Yo… —carraspeó ella —. Bueno, no me voy a escapar.

Terminó diciendo con una sonrisa forzada. Karanthir asintió. ¿Qué más podía hacer?

Un sonido como de resbalón, lo distrajo y se encontró con Thalith bajando. Había hecho el ruido a propósito.

—Mi señora —saludó a su vez.

Niniel asintió, se dio media vuelta, regresó a verle, abrió los labios como para hablar, pero al final terminó alejándose. Se arrodilló más allá, a observar unos arbustos espinosos. Karanthir sacudió la cabeza.

—Ya están regresando —interrumpió Thalith y se cruzó de brazos. Algo en su postura lo alertó.

En pocos minutos apareció Aboki corriendo. Bajaba una colina particularmente empinada. En los últimos diez metros se tropezó y bajó dando tumbos. Niniel se rio por lo bajo y Karanthir suspiró.

Llegó rodando casi hasta los pies del capitán, se levantó como pudo y lleno de hojas y raspones, habló jadeante.

—Nos persiguen, señor. Nos persiguen. Aktor está muerto.

Dicho eso se desmayó.

Karanthir no escuchó más. Sacó de su cinturón un pequeño cuerno y sopló. El sonido se esparció por todo el campamento. El mensaje no tenía confusión: «Estamos bajo ataque».

Ghurfa, Awlan y Sadiq no tardaron en reunirse. Karanthir les hizo una señal para que se adelantasen. Jundium, Akhar y Thalith se subieron a los árboles para proteger la retaguardia.

El capitán gruño a Jundium. Temía que «por error lo atacara». Jundium se encogió de hombros y preparó su arco. Sahl llevó a Aboki a la tienda y le sugirió a Niniel que fuera con él.

Como era de esperar Niniel no hizo caso. Se limitó en arrancar unas flores venenosas. Karanthir intentó no hacerle caso. Aunque ordenó a Sahl protegerla con su vida. Niniel le sonrió y se puso a deshojar las flores.

—Thalith, tu marcas.

El jefe de exploradores asintió y preparó su arco. Velozmente disparó tres flechas seguidas. En el bosque sobre la colina, tres árboles despidieron un humo negro. El viento se encargó de esparcirlo y cubrirlo todo. Karanthir desenvainó su espada y los demás lo siguieron.

Thalith repitió el proceso unas cuantas veces más. Así, el día luminoso se sumió en la oscuridad. El silencio predominó por todas partes. Poco a poco sus ojos se fueron adaptando y entre los delgados troncos distinguió las huellas de la manada.

—Son Tharin —dijo justo antes de que el primero apareciera.

Los Tharin o gatos de montaña eran criaturas pequeñas y en cierto modo sigilosos. Un grupo de unos cincuenta bajaba la colina con gran agilidad. Sus cuerpos largos se movían vertiginosamente, dando saltos largos. Su cola cortaba el humo negro, haciendo que fueran fáciles de encontrar.




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