«¿Por qué todo es tan cruel?» era lo que siempre se preguntaba.
El veneno del alfiler la hizo sufrir toda una semana. Semana que no recordaba más que por fiebres, imágenes y palabras susurradas. Vivió pesadillas inconfesables y dolores imposibles de olvidar. Cada vez que intentaba volver a eso, su cuerpo temblaba. En sus uñas quedaron pequeñas marcas que se quedarían permanentemente.
Niniel pasaba la mayor parte de su tiempo en la réplica del templo. De rodillas ante la Diosa rogando su perdón. Alishco la supervisaba a cada momento. Añadiendo sus propias palabras.
Parecía tranquila, dispuesta a perdonar, pero Niniel no bajaba la guardia. Sabía que era una serpiente dormida. Por eso, tenían que encontrar la forma de escapar.
No iba a intentar simplemente correr como la otra vez. No quería que otros pagaran por ella. Se iría, sí, pero bajo su propio riesgo. Solo le faltaba saber cómo.
—Niniel, estás despistada —dijo Alishco chasqueando los dedos.
Niniel abrió los ojos y murmuró una súplica.
—Creo que puedes salir.
Eso también era algo desconcertante. Después del castigo y todo lo demás, Alishco parecía cansarse de pelear y simplemente la mandaba afuera. Ni siquiera salía a vigilarla. ¿Por qué?
Al principio pensó que se trataba de una trampa, pero el primer día no pasó nada. Ni tampoco el segundo, ni el tercero. Después atacó ese demonio y ella había ayudado.
El recuerdo siempre la hacía sonreír. Había logrado encantar la espada de Karanthir y ayudarle. Esa criatura se había partido bajo la fuerza combinada de ambos.
Se arrepintió casi de inmediato. Aun no encontraba la manera de acercase de nuevo a él y… No estaba segura. Solo no quería que las cosas fueran así.
—Entonces, ¿vas a irte?
Niniel no perdió más el tiempo. Se sacudió la túnica y la dobló perfectamente en su lugar. Entonces salió.
El frío le golpeó las piernas y el sol la vista. En cuanto su vista se aclaró, divisó a los soldados. Todos ocupados en algo. Niniel sonrió.
Su primera parada fue donde el gruñón de Jundium. Él apenas le vio arrugó la nariz e hizo su respectiva reverencia como tenía el brazo quebrado se quedaba de centinela vigilante.
—Así que, ¿a dónde iremos hoy? —preguntó Niniel sentándose en el suelo
Siempre le preguntaba eso y casi siempre obtenía la misma respuesta.
—No tiene de que preocuparse, señora. Todo está bajo control.
—Lo sé, ya te lo he dicho. Pregunto por curiosidad. ¿A dónde vamos?
Jundium suspiró y buscó a su alrededor. Lamentablemente no encontró a nadie para que lo salvara.
—Bueno, ¿ve esas montañas? —preguntó señalando al horizonte.
Se trataba de colinas verdes que se alzaban alrededor. Niniel enfocó su vista y reconoció un pequeño caminito de piedra en una de ellas.
—¿Llegaremos hasta ese camino?
—Si logran despejarlo, sí.
Ahí siempre moría la conversación.
Todos los días los soldados limpiaban parte del bosque de cualquier criatura peligrosa. Generalmente no tenían problemas. Lo que era triste porque Niniel se moría de ganas por demostrar su capacidad.
Se suponía que esa era su peregrinación y que enfrentaría a las criaturas más difíciles para probarse y, sin embargo, no había nada. Niniel no estaba segura de que eso le gustara. Por una parte, se sentía inútil, pero por otra le gustaba no tener que matar, ni mirar muertos.
Las últimas criaturas divinas habían matado a dos de los suyos. Todavía no olvidaba la mirada desesperada del pobre Sahl. Recordarlo le hizo alejarse de Jundium y acercarse a los arbustos.
Las flores que le había dejado a Sahl le generaron irritaciones en las manos. Hasta ahora tenía las manos vendadas y durante la noche se moría rascándose y lacerándose la piel.
Por eso no dejaba de preguntarse: «¿Por qué todo es tan cruel?». Incluso esas flores que derramaban belleza al mundo le habían hecho daño.
Pasó por su lado y con mucho cuidado las evitó. Quería aprender de todas ellas, reconocerlas y saber usarlas, pero nadie quería responder sus preguntas y mucho menos, enseñarle. El único que lo había hecho era Karanthir y ahí estaba la tragedia.
Pasó gran parte de la mañana jugando con las hojas, ramas y espinos. Descubrió que algunas flores tenían algo amarillo en su centro y eso atraía a unas criaturas zumbadoras. Se posaban y movían sus patitas. Pronto se vio rodeada de ellas y se quedó quieta dejando que se posaran cerca.
Un crujido de ramas y varios pisotones las asustaron. Niniel se fijó en un diminuto aguijón clavado en su nudillo. Apenas lo tocó, un dolor ardiente, aunque manejable se extendió alrededor. «Hermoso y cruel» se dijo.
De entre los arbustos apareció Aboki. Al verla se puso firme y cuadró los hombros. Niniel le miró con una sonrisa. Ese muchacho le parecía muy tierno.
—Mi señora —tartamudeó
—¿Ya me buscan?
—El… el capitán… dijo que… mejor suba a…
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Editado: 11.05.2026