Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XIV. Medición de fuerzas

Las estrellas eran como pequeños faros que iluminaban las tinieblas, aunque siempre parecían llegar en el peor momento.

Karanthir estaba terminando de analizar el mapa cuando entró Jundium sin pedir permiso, ni saludar. Fue directamente hasta su escritorio y lo miró.

—Bien —dijo cruzándose de brazos —. Creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente.

—¿La tenemos? —preguntó Karanthir consultando su brújula.

—Sé lo que estás haciendo.

El capitán suspiró y se cruzó de brazos. Recostándose ligeramente en su asiento.

—Todos lo saben: comando la misión.

Jundium se rio por lo bajo y se apoyó sobre la mesa. Adelantando su cuerpo de tal forma que intentaba resultar amenazador.

—Sabes muy bien que ese no es tu puesto —ladró escupiendo una lluvia de saliva.

—¿Pones en duda el juicio de las sacerdotisas? —preguntó Karanthir tranquilo.

Jundium arrugó la nariz y golpeó la mesa con su brazo bueno.

—Ni voy a responder a eso. Tú compraste el puesto. Tú…

Karanthir se paró de golpe y clavó su cuchillo en la mano de Jundium. Seguidamente lo agarró por la cabeza y le pegó contra el escritorio. No tardó en resbalarse hasta el suelo, manteniéndose junto a la mesa solo por su mano sangrante.

No se quejó. Ni una solo gemido salió de sus labios. Sus ojos chispeaban con una mezcla de furia y dolor contenida. Su nariz sangraba tanto que dejaba un camino por todo su menton.

El capitán sonrió y sujetó con más fiereza el cuchillo provocando que éste se clavara más en la carne.

—¿Dudas de mis habilidades? —preguntó girando de un lado al otro el cuchillo.

Jundium apretó los dientes y balbuceó algo. Su otra mano le era inútil. Tenía roto el húmero y destrozada gran parte de la articulación del codo.

Se quedó inmóvil respirando fuerte. Karanthir no pudo evitar pensar que era un guerrero roto. En otros tiempos, no hubiera permitido tanta debilidad.

—Estás viejo y se nota —dijo Karanthir dejando que sus pensamientos se cristalizaran.

Jundium arrugó la nariz y mostró los dientes. También tenían rastros de sangre. Tomó aire y escupió.

—Recuerdo —dijo con parsimonia —de otro viejo. Una muerte trágica, aunque tú debes recordarla mejor. Después de todo era tu padre.

Ni bien terminó de decir la palabra padre cuando Karanthir reaccionó y le golpeó en la boca. Jundium respondió riéndose a carcajadas. Provocando más al capitán, tanto que este tomó el cuchillo con la intención de matarlo, pero Jundium aprovechó ese momento para bloquearlo y apartarse.

Se recuperó rápido y sin perder el tiempo, dirigió fuertes patadas al pecho, estómago y rodillas. Para ser un viejo se movía muy rápido. Karanthir se dobló por la mitad y de un momento al otro su cabeza se estrellaba varias veces contra el piso.

La sangre le corrió por el ojo, bloqueando su visión. Su principal objetivo era recuperar el cuchillo, pero no sabía ni por donde empezar. Ni bien intentó moverse, Jundium le rodeó el cuello con el brazo y pronto sintió el frío acero contra su piel.

—Ves lo fácil. ¿Qué es? —se burló, apretando cada vez más.

Un dolor ardiente penetró en su carne y Karanthir se tensó.

Jundium lo tomó del cabello y se acercó hasta su oído.

—Con que viejo, ¿no?

Karanthir se obligó a tranquilizarse. Cerró los ojos y dejó de pensar en el cuchillo. Él tenía dos brazos sanos, no tenía dudas de que iba a salir de esas.

—Sadiq —dijo el capitán de pronto.

—¿Qué tiene él? —gruñó Jundium.

—Nada. Por eso, su cabeza rodará.

—¡No te atreverías!

—¿Quieres probarme?

Jundium se mordió los labios y pensó. Otra vez apretó el cuchillo.

—Podría matarte.

—Podrías y aun así no lo has hecho.

Karanthir lanzó su mano hacia el cuchillo y logró desarmarlo. El cuchillo se movió rápido, pero no con la suficiente presión dejándole una herida superficial.

—¡Eres demasiado débil! —gritó apartándose.

El escritorio volvía a dividirlos. Ambos estaban heridos y sangrando. Se quedaron en silencio y después se relajaron. Ninguno tenía la intención de matarse. Era más bien, una medición de fuerzas.

—Sabes que acabaré con Sadiq —dijo Karanthir apostándose contra la pared de su tienda.

—Claro, siempre y cuando sobrevivas —respondió el otro escupiendo.

—Ya lo veremos.

Él asintió y en la salida se volteó.

—No creas que estoy solo.

—Ni yo.

Considerando todo fue una buena charla. Aunque, Jundium tenía algo ya preparado, caso contrario no se hubiera arriesgado a medirse tan rápido.

Karanthir se limpió la sangre con una toalla y se envolvió la mano cortada. No era serio, así que no se preocuparía.




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