Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XV. Veneno en los labios

Comenzaba a hacer muchísimo frío. La nieve caía por doquier y cada vez se hacía más difícil avanzar. El camino por sí solo era un reto. Lleno de caminos estrechos, bloqueados y con criaturas peligrosas.

Los exploradores tardaban más en volver y las luchas se prolongaban durante horas. A pesar de que los caminos quedaban libres Karanthir iba siempre alerta y por delante de la caravana.

Niniel se las arreglaba para acompañarlo casi todas las tardes. Su presencia se le hacía familiar y hasta disfrutable. Siempre salía con algún comentario u observación que hacía las tardes más amenas. Era su niña curiosa del bosque.

Aunque, ese día su comportamiento era extraño. Silencioso, con la capa cubriendo sus cabellos, demasiado cabizbaja. Sospechaba que había discutido con Alishco, pero no se atrevía a preguntar.

Habían caminado al menos una hora en silencio cuando Niniel se detuvo. Él también se detuvo y esperó. Era la primera muestra de su personalidad.

La joven se arrodilló a varios metros por delante y excavó en la nieve. Sus manos moviendo delicadamente la nieve. Lo recogió con ternura y se lo quedó mirando. Karanthir no tardó en alcanzarla. Le sorprendía su vista, era mil veces mejor que la de los exploradores.

Lo que sostenía entre sus manos era una pequeña raíz con una flor blanca. Ella la admiraba como a un gran tesoro. Él no entendía la razón. Ni siquiera era comestible. Solo era una raíz.

—Si tienes hambre hay patatas cerca del carro —intentó bromear.

Niniel no respondió solo volteó a mirarlo con algo de fastidio. Su naricilla se arrugó tiernamente y su lengua chasqueó enfadada.

—Está bien —respondió el capitán, levantando sus manos en señal de sumisión. No es que se sintiera amenazado, ni mucho menos, solo no quería provocarla.

—¿Qué es esto? —susurró Niniel. Su voz era tan baja que podría fácilmente confundirse con el viento.

—Es solo una raíz —respondió acuclillándose y tomando la raíz con sus guantes. Examinó con cuidado su longitud y grosor antes de dictaminar su sentencia.

—Es la raíz de un arbusto o algo parecido. La flor morirá pronto.

Niniel suspiró triste.

—¿No hay forma de salvarla?

¿Salvarla? ¿Por qué quería hacerlo? Karanthir negó con la cabeza y Niniel se encogió de hombros.

—Es natural —dijo para intentar animarla —. Otras nacerán en primavera.

—¿Primavera?

—Sí. La estación donde reaparece el sol.

Ella se quedó de rodillas un rato más. Mirando la insignificante raíz y pensando en quién sabe qué. Después arrancó la flor con suavidad y la prendió en su vestido.

—¿Por qué cae la nieve aquí y no allá? —preguntó después de un rato. Ofreciéndole su mano para que la ayudara a levantarse.

—¿Allá dónde?

—Donde estábamos antes. Ahí era verde.

—Ah, eso. Es que aquí es más alto y hace más frío.

Continuaron caminando y él pasó una media hora enseñándole sobre las distintas estaciones y las montañas. Sobre la nieve y la vida en el frío. Ella repetía las palabras lentamente, formando movimientos exagerados con sus labios y pronunciándolas sílaba a sílaba. Comenzó a animarse poco a poco y Karanthir también.

Un par de horas después caminaba dando saltitos y atreviéndose a repetir la melodía que él le había cantado. Sus huellas apenas dejaban marca en la nieve, aunque su capa y ropa estaba llena de copos de nieve.

—¿Así que la nieve se derrite? ¿Y con esto juegan los niños? —preguntó formando una bolita de nieve y arrojándola al aire.

Karanthir soltó una risa sincera. Eso no había pasado en años. De hecho, ni se acordaba cuando fue la última vez. Niniel le recordaba de algún modo extraño a sus hermanos. Chiquillos curiosos que no entendían cómo funcionaba el mundo.

Niniel le arrojó una bolita de nieve y salió corriendo. Él estaba por perseguirla cuando apareció Alishco. Su sola presencia arruinó el buen humor de ambos. Niniel dejó caer la nieve y se sacudió la ropa. Su rostro se invadió de esa tristeza desconocida. Él en cambio sintió una punzada en el corazón.

—Niniel, entra al palanquín —ordenó Alishco. Su tono de voz no admitía réplica.

La chica asintió y se marchó obediente. Él quiso detenerla. Asegurarle que todo iría bien. Sin embargo, solo la vio desaparecer en el palanquín.

—Mi señora, ¿necesita algo? —preguntó él agachando la mirada.

No había hablado con Alishco desde su castigo y estar a solas con ella le ponía nervioso.

La sacerdotisa le sujetó del brazo y lo animó a continuar caminando. A pesar del frío que hacía el capitán comenzó a sudar y enrojecerse. Esto no le gustaba nada.

Pasaron minutos eternos, donde él intentaba prepararse para cualquier reclamo, pregunta, estrategia, golpe, lo que sea. Se mordía los labios, sus manos sudaban y sus pasos eran cada vez más pesados. La angustia lo estaba dominando.

—¿Cómo supiste? —preguntó al fin. Su voz extrañamente suave.

—¿A… a qué se refiere? —preguntó él a su vez intentando no tartamudear.




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