Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XVI. Astillas invisibles

Apenas presenció el beso Niniel cerró la cortina. Estaba furiosa. Apretó los puños y maldijo entre dientes. Era raro lo que sentía. Algo que jamás le había pasado. Solo que… ¡Alishco! Ella, ella…

No sabía bien que hacer. Se puso en pie y caminó de un lado al otro. Su rostro ardía por la rabia. Era ya bastante mala su situación con la sacerdotisa y ahora…

Lanzó una patada a uno de los cojines y disfrutó viéndolo rodar hasta el suelo. Deseó poder hacer lo mismo con su maestra, patearla y disfrutar con su caída.

La nieve crujió afuera de su palanquín y Niniel apretó los dientes. Alguien se aproximaba. Se pasó una mano por el pelo y se preparó para la inminente llegada de Alishco.

Pasaron los minutos y la puerta no se abría. Afuera un murmullo de voces le alertó de una conversación. Respiró profundo y echó nuevamente un vistazo afuera.

Karanthir estaba hablando con Thalith. Cosa rara porque durante un buen trecho los caminos eran seguros y limpios. Se fijó más en el capitán y se dio cuenta que estaba descolocado. Alishco le había dejado nervioso. Eso la hizo gruñir por lo bajo.

Unos metros atrás del palanquín estaba la sacerdotisa. Hablaba con alguien que ella no alcanzaba a ver. Movía los labios rápido y su voz era baja. Niniel entrecerró los ojos y agudizó el oído.

Dejó atrás el sonido del viento, el crujir de la nieve y el canto de los copos helados al caer. Se enfocó únicamente en Alishco.

—Quiero que lo vigiles —dijo entre susurros —. Si algo… no… eliminas…. Sutil.

La conversación se escuchó más entrecortada debido a la risa de Sadiq que bromeaba con Aboki. Niniel intentó ignorarlas, pero el sonido inundaba el ambiente de una manera unánime.

—A su servicio, mi señora —alcanzó a escuchar. Antes de que la discusión muriera.

Alishco pronto se dirigió al palanquín. Niniel se acomodó y prendió un par de velas. Para cuando la puerta se abrió, fingía estar rezando.

—¿Has recapacitado? —preguntó su maestra tomando asiento frente a ella.

La joven apretó los labios y respiró profundo. Estaba enojada con ella y necesitaba fingir indiferencia. Cuando se sintió lista abrió los ojos y la miró.

No había recapacitado nada. No quería comulgar con la Diosa y eso era todo. La última experiencia le había hecho demasiado daño.

—Sabes que es necesario. Es parte de tu peregrinación.

—Lo sé —respondió en un susurro.

—¿Entonces por qué no lo haces?

Niniel no contestó. No tenía respuestas adecuadas. Alishco la tomó de la mano y le acarició los dedos. Un escalofrío le sacudió los huesos.

—¿Qué te dijo la última vez?

Su voz sonaba amable como si de verdad le importara, pero no era cierto. Niniel le dio la espalda y el golpe llegó de inmediato. El látigo laceró su carne y le sacó sangre. Sin embargo, ella no se inmutó.

Se había prometido que por más dolor físico que experimentara no volvería a tener miedo, ni a suplicar y mucho menos a provocar daño a otros. Alischo gruñó y acarició los alfileres.

—¿No aprendiste bien? —preguntó amenazante.

—Sí y sobreviví.

—Quizá esta vez no tengas tanta suerte.

—Quizá esta vez muera —respondió con tranquilidad.

Alishco volvió a gruñir y soltó el alfiler. El veneno que contenía era demasiado fuerte y mezclado con la dosis anterior podría matarla. Como su maestra lo dejó claro, ella no era tan benevolente.

—Muy bien. Sabes yo también he estado pensando —dijo tras un largo silencio —. Creo que podemos hacer un trato.

¿Trato? Eso era diferente. Los tratos eran comunes entre las altas sacerdotisas, jamás entre una pupila y su maestra. Niniel entrecerró los ojos y evaluó a la sacerdotisa. Como siempre su rostro no mostraba una sola emoción. Era indiferente cargado con absoluta diplomacia. Ni siquiera sus ojos revelaban lo que de verdad sentía.

—Tienes que hablar ahora o el trato se acabará.

—¿Qué… qué pasa si…?

—¿Si eso sucede? Bueno, sé que valoras a alguien.

Niniel se tensó. ¿Valorar? ¿Qué tenía que ver eso? Ella solo disfrutaba estar a su lado. Él sabía muchas cosas. ¿Eso era malo? ¿Era malo leer un libro y prestarle atención durante algunas semanas?

—Te equivocas —dijo agachando la mirada.

—¿En serio?

Alishco puso su mano en la mesa y lanzó una rápida maldición. Estaba prohibida usar magia divina directa, pero se podía usar objetos mediadores.

La mesa se encendió bajo el fuego azul de Damar y emitió un chillido. Miles de astillas volaron atravesando las cortinas, el viento y la distancia. Todas hacia un objetivo. Niniel podía verlas volar. Karanthir no las presentía. Eran invisibles para él. Nunca sabría que lo golpeó. Quedaría gravemente herido o peor.

—Basta —gritó y le sujetó por la muñeca a Alishco.

Las astillas se detuvieron a pocos centímetros de él. Un movimiento de ella y todo acabaría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.