Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XVII. Me importa

—Vamos. Por aquí —dijo Karanthir jalándola ligeramente.

La tomaba de la mano guiándola por un camino estrecho y resbaloso. A pesar de lo ágil que era, ya había sufrido algunos tropiezos peligrosos.

Caminaban por una saliente a muchos metros de altura. El suelo era rocoso y cubierto de nieve derretida. La tarde anterior había hecho demasiado sol y la noche no fue lo suficiente fría. La luz apenas asomaba por el horizonte. Así que tenían que darse prisa.

—¿Falta mucho? —preguntó Niniel abrazándose a sí misma.

Los días anteriores habían pasado más tiempo juntos, pero Niniel se mostraba molesta, incluso distante. Él no sabía la razón, pero esperaba animarla un poco.

—Ya mismo llegamos. Sé que te gustará.

Niniel bostezó sonoramente y frunció los labios. Al parecer lo dudaba. Karanthir suspiró. Dudando si era buena idea. Miró lo que faltaba y el camino de regreso. Estaban ya muy adelante. Además, ese lugar era perfecto. Lo sabía.

—Solo tenemos que trepar eso —dijo indicando un pasadizo rocoso que partía la montaña en dos.

La joven se sorprendió y se acercó. Tocó los decorados de las paredes y admiró la profundidad del pasadizo. Al fin, se comportaba como ella misma.

—¿Aquí vive alguien?

—Vivió. Una civilización muy antigua. Yo… —dudó. Quizá no era bueno contarlo.

—¿Tú qué?

—Bueno, me quedé atrapado varios días aquí.

Niniel se volteó a verlo y frunció el ceño. Abrió la boca para decir algo, pero después negó con la cabeza. Él lo prefirió así. No era hora de historias tristes.

—Vamos —dijo entre dientes y le ofreció la mano.

Niniel pasó a su lado sin tomarla. Fingiendo que no lo había visto. Eso le provocó una punzada de molestia inexplicable.

El resto del camino se quedó con los brazos cruzados, limitado a observarla. Después de todo, era mejor darle su espacio. Presenciaba como ella intentaba leer el idioma, interpretar los dibujos y de vez en cuando lanzaba teorías disparatadas.

El pasadizo los llevó al interior de una ciudad escondida. Un laberinto de piedra, lleno de nieve y caminos ocultos. Muchos pasajes llevaban al corazón de la montaña, lugares oscuros, húmedos y olvidados. Karanthir se guiaba por sus recuerdos. Tocando de vez en cuando las marcas que él mismo había hecho décadas atrás. No había pensado en ese lugar hasta que pensó en Niniel.

Alumbraba el camino con su propia energía y dejaba a Niniel explorar los lugares que quiera. Rato después llegaron a una especie de capilla. Las puertas eran de piedra tres veces más altas que ellos. El musgo y las raíces se extendían por su superficie. Karanthir necesitó emplear mucha fuerza para lograr moverlas. Mientras tanto, Niniel evaluaba los grabados tallados, trazos finos que habían sobrevivido al tiempo.

—¿Qué crees que significa? —preguntó.

Él no le contestó. Todavía molesto por su reacción anterior. Además, la puerta se abrió con un crujido ensordecedor. Dentro la oscuridad desafiaba la poca luz que tenían.

Karanthir se concentró más y su fuego azul se intensificó. Las paredes brillaron mostrando las decoraciones derruidas, la huida de las ratas y el pequeño altar.

Se trataba de una mesa de piedra bastante tosca que en uno de sus lados tenía grabado una mujer horrible con colmillos en punta.

—¿Esto querías mostrarme?

—No —respondió él y se subió sobre la mesa.

El techo en ese lugar bajaba y él podía tocar con los dedos su superficie. Arriba era húmedo y lleno de telarañas. Varias de ellas salieron huyendo de su madriguera. Una le corrió por la mano y cayó cerca de Niniel que pegó un pequeño gritito.

—Es horrible —murmuró. Karanthir sonrió para sus adentros.

Pronto encontró una ligera hendidura y la apretó con todas sus fuerzas. Se bajó rápido y esperó.

Dentro la montaña pareció sacudirse y Niniel del susto lo abrazó. Él la cubrió con su brazo evitando que el polvo o cualquier otra cosa cayera sobre ella.

Cuando todo dejó de temblar, una escalera de piedra se abrió al lado del altar, justo frente a la imagen tallada.

—Vamos —dijo él y esta vez tomó la mano de Niniel sin avisar.

La escalera estaba hecha para una sola persona y posiblemente muy delgada. Sus hombros apenas cabían y rozaba cada rato las paredes. Iba medio agachado, dejando que su cabello recalentara la piedra.

Poco a poco la luz fue filtrándose y apresuró el paso. Tenían pocos minutos para verlo.

Llegaron hasta un pequeño cuarto. Apenas cabían los dos. Una pequeña rendija se abría a la altura de sus ojos.

—Míralo. Mira por aquí —dijo, animando a Niniel para que se acercara.

Fue justo a tiempo, ella colocó su cara frente a la rendija y entonces amaneció. Fue perfecto. El color del sol iluminándolo todo con colores jamás vistos. Nada lo tapaba, era solo el amanecer y ellos. Un espectáculo único para un solo espectador.

Niniel se quedó sin aliento y poco a poco la luz abrazó su cuerpo. Su cabello se mezcló con los naranjas y durante un precioso segundo pareció que se fundía con ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.