Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XVII. A través de la piedra

Solo habían pasado tres días y su sueño se había derrumbado. Había intentado por todos los medios alejarse, apegarse a los otros, repartir su atención para no ponerle en peligro, pero había fracasado.

Niniel sabía reconocer la magia divina y lo olía ahora. Nada más podría separarlos. Ella se quedó sola en la oscuridad gritando sin que nadie respondiera.

Se preguntaba que había hecho. Había cumplido con el trato. Una hora y poco más se dedicaba a rezar. ¿Por qué Alishco le había hecho daño? Gritó una última vez, aunque ahora no decía su nombre. Era pura ira y frustración.

Cuando se quedó en silencio el tiempo se detuvo. Estaba de rodillas, frente a un grueso muro de piedra derrumbada. Solo tenía un camino que seguir y se negaba a hacerlo. Así siempre había sido su vida. Un solo camino, una sola opción.

Lanzó un puñetazo contra la montaña de rocas y se puso a escarbar como una loca. Las piedras resbalaban llevándose unas a otras, llegando hasta sus rodillas. El muro no cedía. El pasillo cerrado.

—Maldición —murmuró entre dientes.

Sabía que era inútil. Tenía que hallar otra forma. Debía haberla.

Apoyó su palma contra el suelo, cerró los ojos y murmuró un hechizo. Si Alishco ya la había atacado, no había por qué fingir que le importaban las reglas.

Utilizó la piedra como una forma de extender su consciencia. Las barreras se volvieron invisibles y recorrió pasillos abandonados, salas ocultas y escaleras destruidas. Bajó muchísimo, tanto que en algún momento pensó que atravesaría toda la Tierra.

Su consciencia recorrió kilómetros de profundidad cuando al fin lo encontró. Una mota de polvo en medio de un castillo. Casi lo pasó por alto, pero sintió algo. Algo inexplicable que pinchó su corazón y la hizo detenerse.

Apenas lo distinguió, suspiró aliviada. No se había dado cuenta cuanto miedo había tenido. Afortunadamente, él estaba de pie, empolvado y un poco maltrecho, pero vivo.

Estaba caminando un pequeño estrecho en medio de una caverna. Llamando con suavidad su nombre. Él también quería encontrarla.

—Kara

Su voz se trasladó por la piedra e hizo saltar de un susto al capitán. Niniel sonrió en la oscuridad.

—Soy yo —dijo

—¿Niniel? ¿Cómo?

—Magia.

Karanthir asintió y se apoyó más contra la pared como si quisiera escucharla más cerca.

—¿Dónde estás?

—Muy arriba.

—¿Estás bien?

—Sí.

Él se relajó visiblemente y se cruzó de brazos, pensando.

—Nunca he bajado tanto —confesó. Niniel se tensó. Asustada de que otra vez estuviera en peligro —. Sin embargo, sé cómo puedes salir.

—¡No te dejaré! —exclamó ella de inmediato.

Él pareció sonreírse y después negó.

—No me tengas tan poca fe. Saldré de aquí.

—¿Estás seguro?

—Por supuesto. Ahora, déjame guiarte.

—Nos encontraremos —le prometió ella. Se negaba a irse sin él.

Kara asintió y se dispuso a informarle sobre el camino. No sonaba complicado. Solo era izquierda, izquierda, abrir la puerta, bajar la escalera, derecha, izquierda, trepar la pared y bajar por el túnel.

—Solo ten cuidado de la oscuridad —le advirtió.

—Kara, todo está oscuro —respondió ella con diversión.

—No tiene que estarlo. Usa tu energía.

Su energía… Sí, eso que no sabía cómo usar. Las sacerdotisas no se molestaban en controlar algo tan vano. Preferían la magia divina. Niniel frunció los labios y se preguntó qué pasaría si volvía a utilizarla. Sin embargo, descartó rápido la idea, temerosa de que empeorara la situación.

—¿Cómo lo hago? —preguntó nerviosa.

Karanthir se acomodó mejor y se sentó. Apoyando su espalda en la pared. Apagó su propia energía hasta ser solo un ligero resplandor.

—¿Me escuchas tan cerca como yo?

—Eso… eso creo.

—Bien. Cierra los ojos y olvídate de lo que nos separa.

Niniel le hizo caso. Sin embargo, era difícil concentrarse. Cuando cerraba los ojos, no podía verlo y eso le desesperaba.

—No me gusta esto —murmuró.

—Confía, por favor.

Ella asintió y se acomodó mejor. Él comenzó a tararear esa canción. La que le había cantado durante su ataque. La que parecía endulzar todo a su alrededor. Igual que antes solo era melodía.

—Respira conmigo.

El aire entraba y salía por su nariz. Era sencillo, una cadena frágil que seguía un ritmo. Dos, tres, dos, tres. Pronto dejó de contar y solo escuchó la melodía.

En algún momento había comenzado a cantar: «Siente, suelta, déjate vivir». La letra resonaba con su corazón, adentrándose profundamente y llegando hasta su alma. Conforme continuaba sonando, ella lo fue repitiendo y su alma se fue llenando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.