Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XVIII. Bajo la montaña

En cuánto dejó de escucharla, él golpeó la piedra. Era algo sin sentido, pero lo necesitaba. Llamó una última vez a Niniel y pegó su frente en la piedra.

Había sido un momento tan perfecto que era frustrante que se haya roto. Jamás le había dolido tanto separarse de ella. Sentía que su lugar estaba a su lado. ¡Una locura!

Tras algunos minutos se separó y miró la piedra. ¿Qué tan lejos estaría ella?

—Volveré a ti —dijo y se obligó a no pensar más en ella. Él también estaba en problemas.

Volvió a evaluar sus heridas. Sus costillas estaban magulladas y un moretón naranja se extendía poco a poco por su costado. Sobreviviría.

Miró alrededor, piedra sin trabajar, grutas más que pasillos, murciélagos dormitando en los techos. Estaba fuera de la fortaleza, aunque dentro de la montaña.

Evaluó la posibilidad de trepar por dónde había caído. Intentó sujetarse con sus uñas, pero se resbalaban llevándose pedazos de piedra. Si continuaba así podría terminar de enterrarse. Lanzó un suspiro y se dispuso a seguir el único camino que tenía.

Su fuerza vital la apagó casi por completo. No pretendía espantar a los murciélagos. El camino estaba difícil y sus pies se resbalaban constantemente. Poco a poco el techo se iba haciendo más pequeño hasta el punto de que los murciélagos estaban a la altura de su cabeza.

A pesar del cuidado que tenía rozó a uno de ellos, era negro como la noche y con la nariz muy arrugada. Abrió los ojos de golpe y aunque Karanthir intentó bajar un poco más su luz interior, el murciélago emitió un chillido y se lanzó hacia él.

Era sencillo enfrentarse a uno, pero a cientos era todo un reto. Su objetivo era protegerse la cara y sobre todo no caer. No tenía tiempo para sacar su espada, tampoco para lanzar golpes de ciego. La fuerza de las criaturas era envidiable. Podía sentir como lo empujaban, sus alas batiendo con fiereza, sus dientes clavándose en sus brazos. Algunos llegaban a saborear su carne, otros no penetraban su armadura.

Intentó moverse y refugiarse del ataque, pero el camino le jugó una mala pasada. Tenía una curva abrupta y él no alcanzó a detenerse. Su pie se resbaló y el peso de los murciélagos lo llevó al precipicio.

Lo que antes era solo magulladuras, se convirtió en fractura. Lo supo apenas respiró. Era como si vidrios se clavaran en sus pulmones. Estaba en el agua. Era fría, helada, tal vez, pero él apenas lo sentía.

No recordaba nada de la caída, seguramente se quedó inconsciente por algún tiempo. El dolor no cedía. Se intensificaba por momentos y le recorría todo el cuerpo. No se atrevía a abrir los ojos, no hasta controlarse

Se concentró en el sonido del agua, de como se sentía en su piel, de la posición de su cabeza. Sintió bajo de él piedras y con su mano recorrió la superficie a su alrededor. Un murciélago estaba muerto a su lado y había lodo a su izquierda. Poco a poco intentó moverse.

Le dolía el tobillo, pero era manejable. Abrió los ojos y miles de puntos blancos bailaron frente a él. Sintió la tentación de dejarse caer, pero apretó los dientes y desafió su propia debilidad.

No era la primera vez que estaba solo y herido. De hecho, en esa fortaleza era la segunda vez que estaba así. Poco a poco fue estabilizándose y logró distinguir lo que tenía a su alrededor.

Se sorprendió de encontrar luz. Un haz perfecto que se colaba por una abertura. Había salido de la montaña o más bien había caído toda la montaña. Era un milagro que estuviera vivo.

Recorrió rápidamente su cuerpo, buscando heridas o fracturas. Contó tres costillas rotas, una en especial que amenazaba a su pulmón. Hizo una mueca por el dolor y tomó fuerzas.

Le tomó dos intentos ponerse en pie. Su cabeza se afanaba en volver el mundo tambaleante. Sufrió una arcada que le dejó sin aire y con algo de dificultad salió del río subterráneo. No tenía ni idea de cuánto lo había arrastrado.

Se guio por la franja de luz y se apoyó contra la pared. El sol brillaba con fuerza. Debía acercarse el mediodía. Se preguntó dónde estaba Niniel. ¿Habría salido? ¿Se habría ido? ¿Estaría herida?

Ese pensamiento le trajo más dolor que su costilla. Un miedo profundo se clavó en su pecho. No quería ni pensar en ella sangrante, con dolor o sola. Ella no merecía eso. Tenía que encontrarla.

Se apoyó en la grieta y con la fuerza de sus brazos se adentró en ella. Un filo le cortó el hombro y las paredes apretaron más de lo debido sus costillas. Salió al otro lado, sin aire y cayó como una bolsa de papas. Se quedó mirando al cielo e intentó concentrarse en lo que debía hacer.

Sus ojos se fueron cerrando y el mundo volviendo borroso. Intentó luchar contra la inconsciencia, pero en algún momento lo venció.

El grito de dolor de alguien lo hizo despertarse de golpe. Se olvidó de sus heridas y se sentó. Se arrepintió al instante. La costilla rota volvió a clavarse en su carne y le provocó tanto dolor que casi cayó de nuevo en la inconsciencia.

El grito agudo, desesperado, adolorido, lo hizo reponerse. Tenía todavía en su mente a Niniel. Su mente unió las piezas y salió disparado a buscarla.

Si hubiera estado bien se habría dado cuenta que era imposible. Niniel habría salido al otro lado de la montaña. Arriba, muy arriba, cerca del campamento. Él estaba a kilómetros de ella.




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