El polvo, la sangre y el dolor se mezclaban en su garganta. Se había golpeado la cara y revolcado varios metros en el polvo. La criatura continuaba aferrada a sus piernas. Sus brazos reteniéndola en un abrazo mortal.
Su cara estaba a la altura de su pecho, su lengua viperina salía de entre sus labios y lamía su pecho. De sus colmillos en punta caía gotas de saliva. Niniel intentaba intensificar su propia energía, pero estaba demasiado asustada. No podía sostener su propia luz.
Se removió e intentó luchar contra el monstruo. Se esforzó al máximo. Tensando sus músculos, lanzando patadas, moviendo los codos. Nada. Solo más presión.
El dolor se extendía por sus piernas, llegaba hasta el hueso y se devolvía hacia afuera. Su pecho encontraba difícil llenarse de aire.
—Suél…suéltame —balbuceó Niniel.
La criatura le respondió con un siseó y se subió más sobre ella. Sus ojos eran rojos como la pintura. Sus cabellos se movían como serpientes y sus manos terminaban en unas uñas largas y negras.
—Frezzca —siseó en su idioma —. Rara como el otro.
Niniel se quedó inmóvil. Sorprendida de que esa cosa conociera su idioma. Asustada de que mencionara al otro. De inmediato, pensó en Karanthir y su energía primordial ardió en su pecho.
—No te lo advertiré dos veces —dijo con la voz extrañamente firme.
La criatura sonrió, una sonrisa que le dio escalofríos. Apenas tenía labios y todos sus dientes terminaban en punta.
—No puedezzz hazzzer nada.
Apenas terminó de decirlo abrió la boca y le mordió. Sus dientes se clavaron en su pecho y sintió como miles de cuchillos penetraban su piel. Niniel gritó y con ello las paredes retumbaron.
Algo que enseñaban a las sacerdotisas era a defenderse. Aprendían a actuar sin pensar. Niniel calentó su cuerpo con la energía primordial y le añadió unas palabras divinas. Le pedía a Damar que condenara a los infieles, que a los herejes los quemara por dentro.
Sintió dentro de sí arder un poder desconocido. Una bendición que en ningún hechizo había sentido. Su cuerpo se convirtió en una bola ardiente y la mujer serpiente comenzó a chillar.
Sus dientes no podían zafarse de su pecho y eso la condenó. Su cabello se consumió por el ácido y su cara se deshizo en una mezcla de carne y sangre asquerosa.
Las ataduras de Niniel se convirtieron en algo viscoso en pocos minutos. Niniel se apartó con asco y se giró. Se levantó como pudo y quiso intentar quitarse el cadáver, pero se extendió por toda ella. La adrenalina le corría por las venas y la ira también. No quería ser cruel, pero le obligaban.
Se pasó una mano por la herida de su pecho, dos huecos profundos, del tamaño de la uña de su meñique. Niniel pateó al aire. ¡Esa estúpida serpiente!
Respiró profundo y se obligó a continuar. Su aura brillaba con tanta fuerza que ninguna esquina estaba oscura. Así pudo ver el desastre de la sala.
Había sido una sala de banquetes. La mesa estaba todavía puesta, los platos apilados, algunos comensales todavía sentados. ¿Qué había pasado? ¿Sería esa cosa?
La idea le trajo algo de paz. Se acercó con cuidado a la mesa central. En un trono viejo y apolillado, se encontraba un esqueleto. Su cabeza contra la mesa, justo sobre el plato roto. Por la nuca le sobresalía una flecha. ¿Traición?
Su corona había rodado por la mesa y caído sobre el piso. Permanecía intacta, perfecta. La tomó entre sus dedos y le quitó el polvo. Era pesada, de oro y con muchas piedras preciosas. Una corona, un reino y nada. Belleza y crueldad.
Dejó la corona donde la encontró y continuó con su camino. Ese no era el momento de plantearse dilemas.
Hizo memoria del camino, le tocaba ir dos veces hacia la izquierda, después a la derecha, subir una pared y bajar por un túnel.
No presentó problemas en las dos primeras instrucciones. Los problemas se presentaron cuando al momento de girar hacia la izquierda se mareó.
Fue muy de repente. Algo fuera de lugar que la hizo sujetarse de la pared para no caerse. Su vista se llenó de puntitos blancos y sintió como se le revolvió el estómago. Su experiencia con el veneno le hizo llegar rápido a esa conclusión. Esas mordidas no habían sido gratuitas.
Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, sentía que desde las sombras salían amenazas. En algún momento comenzó a correr. Giraba sin rumbo fijo, con la esperanza de salir de ese laberinto.
Chocó varias veces con las paredes, una que otra vez se tropezó, con la mano se guiaba para no perder el equilibrio y en algún momento pisó agua, agua que se convertía en esa sustancia viscosa.
Cuando finalmente se derrumbó. El mundo se estaba volviendo muy oscuro. Antes de cerrar los ojos, oyó una voz muy lejana. Un suspiro que traía el viento.
—¿Kara? —preguntó, incapaz de saber si lo decía o lo pensaba.
Un rostro se acercó a ella. Sus ojos eran demasiado oscuros. Sus labios se movían, pero no había sonido. Ella le extendió los brazos y él la tomó.
—¿Estás bien? Te necesitaba —dijo ella pegando su cabeza a su pecho.
Cerró los ojos y se dejó caer por el veneno.
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Editado: 04.06.2026