El creyente
Su espada se interpuso entre la piedra gigante y el muchacho. Aguantó con fortaleza y funcionó como un escudo. Los restos de la roca se acumularon a su alrededor. El gigante arrugó su fea nariz y buscó otra piedra. Había poco tiempo.
El joven se arrastraba por el suelo, tanteando con su mano, buscando algo. Karanthir lo levantó del hombro y le gritó que corriera. Se giró justo a tiempo para ver a otra roca volando hacia él. Rodó por el suelo y la evitó con éxito. Se regresó a mirar al joven y lo encontró a salvo. Por una parte de su cara rodaba sangre.
Karanthir buscó un lugar para esconderse. Bajar no era una opción, si sobrevivían a la caída, el gigante los mataría aplastándolos. Solo los salvaba su mala puntería y su incapacidad para saltar.
Corrió hacia el chico y volvió a levantarlo. El chico chilló y se tapó la cara.
—Tenemos que irnos —dijo hablando en lengua común.
El joven se tranquilizó y con un dedo tembloroso indicó hacia la cascada.
—Ahí… ahí hay una grieta. Creo que…
No pudo terminar de hablar porque otro proyectil se dirigía hacia ellos. Karanthir lo empujó hacia el suelo y el polvo los cubrió. Unos cuantos fragmentos le golpearon en la espalda.
El chico se recuperó más rápido y andando en cuatro patas se metió en la grieta. Karanthir lo siguió casi al instante, aunque esos segundos de diferencia lo expusieron a otra gran roca. Alcanzó a pegarse a la pared y pronto sintió como una mano lo jalaba.
Entró en la grieta justo a tiempo. El espacio era angosto, pero seguro. El joven se recorrió hasta el final y se detuvo. Estaba temblando y la sangre empapaba su ropa mezclándose con un hilito de agua que caía del techo.
—Gra… gracias —tartamudeó —. Soy muy débil durante el día —añadió señalándose la nariz.
Recién entonces se fijó que el chico mantenía la vista baja y que sus ojos eran blancos como la leche. Estaba ciego. Karanthir no podía creerlo. ¿Cómo había llegado allí?
—No tenemos mucho espacio aquí —añadió removiéndose y tanteando alrededor.
Una piedra se estrelló muy cerca y miles de esquirlas golpearon el piso. Karanthir maldijo. Se había metido en una trampa de ratas. Intentó atreverse a mirar afuera, pero el joven lo agarró.
—Será mejor que no lo hagas —dijo y cuando él estaba por replicar, otra roca se estrelló y se quebró, una de las partes se quedó tapando la entrada.
—Nos quedaremos atrapados
—Claro que no. Los gigantes son muy bobos para acertar una segunda vez.
Karanthir no lo creía. Después de todo, le había acertado varias pedradas al muchacho.
—Te sugiero que me sueltes —gruñó y sacudió su brazo.
Él no pensaba quedarse ahí. Tenía que llegar al campamento y asegurarse de que Niniel estuviera bien.
El chico olió en el aire y aunque lo soltó. Negó con la cabeza.
—Estás herido. El gigante te matará.
Karanthir también lo creía. La adrenalina había desaparecido y el dolor comenzaba a volver. Apretó los dientes y se dejó caer por la pared.
Pronto sus rodillas tocaron la pared. Cerró los ojos y se maldijo por ser tan tonto.
—Bueno. Creo que va a ser un día largo —bostezó el muchacho.
Karanthir lo hubiera matado, pero eso representaba demasiado esfuerzo.
—No te enfades —rio el otro lanzando una carcajada y rascando con su mano el suelo.
El capitán lo ignoró y volvió a gruñir por lo bajo.
—Debería haber dejado que te matara.
—Pero no lo hiciste y te lo agradezco, por cierto, soy Aktor ¿Quién eres tú?
—No te importa.
—Está bien.
Karanthir refunfuñó una vez más y pegó la cabeza en la pared. El ambiente general era de calma, salvo por los gritos enfurecidos del gigante, las piedras estrellándose contra la montaña, el agua corriendo y los rasguños de Aktor.
—¿Podrías dejar de hacer eso? —dijo tras al menos una hora de estar soportándolo.
Intentó agarrarle la mano, pero el joven fue increíblemente rápido.
—No tienes que ser agresivo. Solo rezo —respondió él girándose ligeramente.
Había dejado de temblar y a sus pies se formaba un charquito seco de sangre.
—¿Rezar? ¿Eres de esos?
—¿Esos quiénes?
—Los creyentes, ya sabes, los he… —iba a decir herejes, pero se mordió la lengua.
—Oh, sí. Todo mi pueblo lo es.
—¿Hacia quién?
—Yamal.
Apenas lo escuchó se quedó inmóvil. Yamal era la enemiga jurada de su Diosa. Su misión era matar a cualquier creyente. Suspiró y se golpeó la cabeza contra la pared. ¡Tonto, tonto, tonto!
—Le preguntaba sobre ti.
Karanthir se giró a verlo. Tocó el mango de su cuchillo y se tensó. Si era cierto, estaba en peligro.
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Editado: 04.06.2026