El sol volvía a aparecer tras varios días oscuros. Se filtraba por las hojas de una manera asombros y a su piel le añadía una tonalidad más clara. Debía estar ardiente, sin embargo, Niniel no lo sentía.
Estaba de rodillas en el verde campo, las mariposas volaban a su alrededor, los pájaros cantaban, las flores se vestían de una nube blanca que el viento llevaba lejos y ella solo quería llorar.
Habían pasado tres días, casi cuatro, desde que perdió a Karanthir. Lo habían dejado atrás y ella no pudo hacer nada. ¡Nada!
El grito de furia todavía trababa su garganta y necesitaba tragar constantemente para no decir nada. Aboki se apostaba en un árbol cercano mirándole con preocupación.
Su trato con Alishco se mantenía. Para ella cambiar a Karanthir por Aboki no significaba nada y en cambio, para Niniel lo significaba todo.
Recordaba como fue cuando se despertó. Era cerca de media noche, la luna brillaba, un lobo aullaba a lo lejos y Alishco la acompañaba. Estaba sentada cruzada de brazos a su lado. Limpiándose las uñas y sumamente aburrida. Solo permanecía a su lado porque quería fingir ante los demás que le importaba.
Niniel sentía la boca muy seca y amarga. El sabor del veneno estaba en todas partes. Medio se incorporó para buscar agua. Entre varios parpadeos y mareos un cuenco hermoso se acercó a sus labios y una mano se apoyó contra su frente.
—Me preocupaste —dijo Alishco.
Niniel no contestó. Tomó el agua poco a poco, disfrutando con la sensación de frescura. Su estómago no tardó en quejarse, después de todo estaba vacío.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó apenas pudo.
Su voz sonaba más baja y ronca. Su garganta le quedó ardiendo y tragó varias veces más. Un sabor metálico se quedó en su boca.
—¿Hacer qué, querida?
—En la montaña, el hechizo. No creas que no lo sé.
Alishco dejó a un lado el cuenco y entrecerró los ojos. Sin negar ni afirmar nada.
—¿Por qué? Sabía que me atacarías, pero no tan pronto. ¿No te parecía mejor fingir un poco más? Así me hubiera derrumbado más fácil. ¿No crees?
—Creo que hablas sin sentido. El veneno te ha hecho mucho daño.
—¡No lo ha hecho! Estoy perfectamente cuerda —gritó con la voz ronca.
Una debilidad inexplicable golpeó su pecho y tuvo que parpadear varias veces para mantenerse firme. Alishco arrugó la frente y chasqueó la lengua.
—Te estás extralimitando —advirtió.
Niniel quería gritarle que no le importaba, pero entonces un acceso de tos la detuvo. Alishco se puso en pie y le dio la espalda.
—Amo ser cruel, Niniel. No me importa lo de tu capitán…
—¿Qué le ha pasado? —murmuró Niniel todavía intentando recuperarse.
—Eso deberías saberlo tú. Estaba contigo.
—¡Lo estuvo hasta que lo arruinaste! —gritó recuperando de pronto su voz.
Alishco se giró furiosa y alzó la mano. Su uña embrujó el cuenco y se volteó dolorosamente hacia ella. Le pegó en la nariz, reabriendo la herida de su frente y mezclando la sangre con el agua fría.
—Te lo advertí —dijo Alishco alzando la barbilla orgullosa —. Puede que tengamos un trato, pero sigo siendo tu maestra.
Niniel apartó las sábanas y se puso en pie. Su cabeza comenzó a dolerle al instante y el mundo se puso de cabeza. Sin embargo, se obligó a mantenerse firme.
—¿Con qué me vas a controlar ahora? Él se… —su voz se volvió baja y tardó en estabilizarla —. Él se fue.
Su maestra arrugó la nariz y se cruzó de brazos.
—¿Estás segura?
—Igual lo has abandonado.
—Puede volver y ocupara su puesto. ¿Tú no confías en él?
Eso la desarmó. La dejó sin palabras y permitió que Alishco recuperara el control. Si ella no creía en Karanthir, entonces tenía razón, en realidad, no le importaba y si era así, ¿por qué le dolía?
—Está muy callada hoy, mi señora —dijo Aboki, interrumpiendo sus recuerdos.
Niniel parpadeó rápido y arrancó una pequeña florecilla. La miró durante algún tiempo. Sus pétalos eran tan… comunes. Quizá estaba callada porque nada le atraía la atención.
—Jundium nos guiará bien —añadió el joven explorador. Niniel asintió.
No tenía dudas de que el cascarrabias de Jundium lograría llevarla al portal y quizá podía convertirla en la perfecta sacerdotisa.
Eso también le molestaba, que todos los demás, sus compañeros, hayan olvidado a Karanthir tan rápido, iguales que Alishco. Ni siquiera para ellos significaba algo.
—¿No lo extrañas? —preguntó Niniel dejando a un lado la flor y volteando a mirar a Aboki.
—¿A quién? ¿A papá?
Apenas lo dijo se enrojeció y apartó la mirada. Niniel no supo que contestar. ¿Padre?
—No… yo…
—Sí, no debí decir eso. Lo lamento.
—No… Está bien. Yo… en realidad preguntaba por el capitán.
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Editado: 04.06.2026