Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXII. El hijo del Caos y el lobo

El hijo del Caos y el lobo

El viaje con el perro pulgoso fue mil veces más molesto de lo que pensaba. Fueron casi cuatro días de marcha constante y una boca que nunca parecía callarse.

Apenas Aktor se convirtió en un licántropo aulló a la luna. Su voz se extendió por todas partes y casi dejó sordo a Karanthir.

Él sacó su espada, preparado para defenderse. Pocas veces había luchado contra hombres lobo y pocas veces salió bien parado. Su mordida transmitía la enfermedad y un solo rasguño podría condenarlo de por vida.

Conocía historias sobre soldados olvidados en esa tierra, locos por la sangre y la luna. Su voluntad se doblegaba ante su luz y se volvían marionetas de una diosa diferente.

Karanthir se maldijo por ser tan tonto, todas las pistas estaban ahí, el comportamiento olfativo, las rascadas constantes, el culto a Yamal, la diosa de la luna y las estrellas. Todos los licántropos eran sus fieles amantes.

El lobo era dos veces su tamaño, tenía un pelaje gris tinturado con negro y sus dientes eran del largo de su espada. Su respiración formaba una humedad blanca que lo camuflaba. Regresó a mirarlo y gruñó.

Sus ojos continuaban siendo lechosos, era su nariz la que se movía de un lado al otro. Karanthir puso en alto su espada. Tensó los músculos y se preparó. Aktor aulló una vez más.

—Ten cuidado con eso —dijo mostrando los dientes. Su voz era difícil de entender y muy profunda.

—Yo debería decir eso —refutó Karanthir dando unos pasos hacia atrás.

Estaba demasiado cerca a la cascada, el agua helada golpeó su espalda y le produjo escalofríos.

—No te haré daño —dijo Aktor y le dio la espalda.

Karanthir podría haberlo atacado, apuñalado con su espada y huido. Sin embargo, hizo algo que iba en contra de su naturaleza. Suspiró y bajó la guardia.

—¿Tienes control?

—Claro. Bueno, la mayor parte de días.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Karanthir guardó su espada y se acercó al gran lobo. Estaba sentado en el borde y despedía un calor increíble. Curioso extendió su mano para tocarlo. Su pelo era suave y pensó que a Niniel le encantaría.

—No soy un perro —le advirtió Aktor chasqueando su mandíbula y haciéndolo retroceder.

—Lo siento. Jamás había tocado a uno.

El lobo movió su cola y su hocico se acercó a él. Karanthir se tensó y cerró los ojos. Sintió la presión de su nariz húmeda sobre su frente. Su aliento le pegó en la nariz y lo olfateó de arriba abajo, dejándole unas cuantas babas y mocos.

—Yo tampoco había olido a un hijo del Caos —dijo después de un estornudo.

—Entonces lo sabes.

—Desde el inicio.

—Y aun así permaneciste a mi lado.

—Intentaste salvarme. Eso no es propio de tu raza.

—Supongo que los dos somos diferentes.

Se callaron y dejaron que el silencio hable por ellos. Después Aktor se puso de pie y se desesperezó.

—Bien —dijo —. Es hora de vengarnos de un gigante.

Karanthir no tuvo que escuchar más. Alguien tenía que ser el culpable de su demora y le gustaba que sea el gigante.

Tardaron un par de horas en llegar a su cueva. Estaba escondida en la parte más baja de una montaña cubierta por una roca gigantesca, revestida por el más fiero musgo.

Aktor olfateó el aire y enseñó los dientes.

—Está adentro.

—Bien. ¿Cuál es el plan?

El hombre lobo aulló y sin esperar contestación se lanzó hacia la puerta. Karanthir se golpeó la frente con la mano. Ese chico tenía mucho por aprender.

Los gigantes no tenían buena vista durante el anochecer, sin embargo, su oído no les fallaba. Oyó con claridad el grito de guerra del hombre lobo y después sus insistentes rasguños.

—Sal de ahí cobarde —ladró el lobo.

La roca no tardó en moverse y una mano enorme agarró al lobo por el lomo. La bestia le lanzó dentelladas que rompieron su piel, pero que no detuvieron al gigante. Lo agarró como un muñeco y lo estampó contra el suelo.

Para entonces Karanthir había subido a lo alto de la montaña y apenas pudo se metió por la puerta entreabierta.

Dentro el peor de los olores golpeó su nariz, algunos balidos le recibieron y un fuego demasiado frío lo saludó. El gigante tenía la mitad de su cuerpo afuera y con su mano derecha lanzaba mazazos que apenas podía eludir Aktor.

Karanthir se detuvo a evaluar la situación. Tenía su espada desenvainada y calibró su fuerza. La piel de los gigantes era dura y sus músculos difíciles de atravesar.

El cuero de sus zapatos se anudaba a la altura de su tobillo y cuando se agachaba dejaba a la vista el famoso tendón de Aquiles. El capitán tenía que ser preciso. Encendió su fuerza primordial y la transmitió a Destroza corazones. Tomó impulso y como en un extraño baile saltó hacia su objetivo.




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