Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXIV. Testigos

Lo vio demasiado tarde para entonces ya no podía hacer nada. Así era siempre cuando estaba con Niniel. Simplemente perdía la noción de todo, incluso de sus instintos básicos. Bajaba la guardia de tal manera que le dejaba expuesto a todo y a todos.

Había pasado incontables minutos haciendo tonterías con Niniel. Enseñándole sobre el cordero, acariciando al animalito y como no compartiendo demasiados besos con ella. Pasó cerca de una hora cuando descubrió a Aboki espiando en lo alto de un árbol.

Sus ojos azules ardían con curiosidad y se mantenía quieto confundiéndose con el ramaje. Karanthir se tensó de inmediato y se apartó de Niniel. Se puso de pie y recorrió rápidamente la zona. Solo estaba Aboki.

Técnicamente no había violado ninguna regla, sin embargo, sentía que había cruzado una línea. Había demostrado una debilidad. Una que nacía directamente de su corazón. Niniel bostezó y rascó bajo la barbilla a su corderito. Cuando intentó atraerla hacia ella, se fijó en su tensión y se puso en pie.

—¿Qué pasa? —preguntó también mirando a su alrededor.

Sus ojos eran más agudos, pero su miedo, impidió encontrar al soldado oculto.

—Se está haciendo tarde —respondió él y la tomó de la mano.

Niniel no se lo creyó. Volvió a dar un vistazo alrededor y suspiró.

—Supongo que tenemos que volver —dijo.

No tenían más opción. Karanthir asintió, le apretó la mano y le animó a continuar.

—¿Crees que ellos te acepten? —preguntó en un murmullo Niniel mientras caminaban.

Llevaba entre sus brazos al corderito. Lo cargaba con ternura y de vez en cuando le daba besos en la frente. Se aferraba a él de una manera que a Karanthir le punzaba el corazón.

—He traído un obsequio —respondió agitando su bolsa de arpillera.

Estaba cubierta de lodo y un olor fétido sobresalía de ella. Las moscas revoloteaban y buscaban colarse entre pequeñas aberturas. Karanthir se sentía orgulloso. Era una cabeza muy bonita, aunque sospechaba que Jundium había ganado influencia.

Mientras se acercaban al campamento, Aboki continuaba vigilándolos. Saltando de rama en rama, moviéndose junto con el viento. Karanthir lo vigilaba disimuladamente, poniéndose cada vez más nervioso. Debía tener una charla con ese joven. Si lo que vio llegaba a oídos de Jundium, las cosas solo empeorarían.

Las luces no tardaron en indicarles que estaban cerca. El primer centinela lanzó un silbido que alertó a todos los demás. Niniel se pegó a él y le dirigió una mirada preocupada. Él asintió. Esto ya se lo esperaba.

No tardó en formarse una pequeña comisión. Jundium la encabezaba perfecto y brillante, una comparación injusta con él, ya que estaba en su peor estado. Sucio y cansado.

A su lado marchaban Jarumi, Kabir y Akhar. Los dos primeros eran de los más robustos hijos del Caos y quienes llevaban el palanquín. Se notaba a que bando pertenecían. Mientras tanto Thalith y Sadiq se acercaron más y hasta se permitieron extenderle palabras de bienvenida.

—Pensamos que te perdimos —dijo Jundium neutral.

—No tuviste tanta suerte —respondió Karanthir directo. Quería que las cartas se revelaran de una vez.

—Supongo que esperas tu puesto de vuelta.

—Me pertenece.

—Rompiste las reglas —añadió Akhar cruzándose de brazos.

Karanthir le gruñó.

—No lo hizo —aclaró Niniel acallando a todos —. Yo le pedí separarnos del campamento. Acataba mis órdenes.

Akhar retrocedió un paso y Jundium asintió. Para entonces Aboki se posicionó atrás de ellos y se apostó cerca de Thalith. No paraba de mirar a Karanthir.

—Cuatro días fuera —retomó Jundium —. Supongo que se te olvidó el camino a casa.

El capitán estaba esperando eso. Se descolgó el saco de arpillera y lo abrió. Dejó caer con violencia la cabeza del gigante que rodó hasta los pies de Jundium.

Sus ojos muertos y lechosos los miraron a todos. La cabeza se mantenía en buen estado, algo verde e hinchada, pero claramente reconocible.

—Supuse que las sacerdotisas requerían un regalo por mi retraso.

Niniel asintió, aunque apartó la vista. Eso no era para ella. Ambos lo sabían. Como atraída por la podredumbre apareció Alishco.

Sus joyas brillaban en la oscuridad opacando la luz natural de Niniel. Cuando cruzó miradas con su pupila, Niniel se abrazó más a su cordero y se pegó un poco más a Karanthir.

—El capitán ha regresado —dijo levantando la quijada y con la voz sorprendentemente firme.

Alishco asintió y se acercó a la cabeza cercenada. Con sus largas uñas repasó la piel y la olió. Su nariz se arrugó ligeramente.

—Un hereje muerto siempre es un buen regalo —dijo asintiendo y ordenando a Jarumi que lo lleve al palanquín.

Se puso de pie y se detuvo a pocos pasos de Karanthir. Lo miró de arriba abajo.

Karanthir se incomodó. Sentía que sus ojos penetraban su alma y revelaban la historia que ni a Niniel había contado. Su convivencia con Aktor y su… ¿amistad?




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