Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXV. Es mío

El peine se atoraba entre su pelo convirtiendo la peinada en una tortura. De hecho, no era una tarea fácil. Él no dejaba de moverse y sacudirse intentando evitar que ella lo toque.

Niniel apretó los labios e intentó una vez más desenredarlo. De nuevo, la lana blanca se las arreglaba para no soltarse. Tras mucho forcejear y dar vueltas logró romper una gran mota blanca.

El corderito baló y le lanzó una patada que Niniel aceptó como castigo.

—Lo lamento —dijo dejando a un lado la peinilla y acariciándole la cabeza —. Solo intento limpiarte.

El pobre animalito estaba lleno de barro y lodo en las patas y varios espinos y similares en su pelito. Ella no sabía como tratarlo y lo único que se le ocurrió era ese peine.

Se quedó sentada a su lado y mientras lo acariciaba se dedicó a pensar. Alishco ya le había advertido que ese animal no subiría al palanquín. Ya se estaba haciendo de noche y no le agradaba la idea de dejarlo abandonado a su suerte.

Niniel suspiró y volvió a tomar el peine. Ese día había estado lleno de tantas emociones, estaba confundida, asustada, feliz y… Ya ni sabía nombrarlo. Lo único que quería era un momento de calma. Un segundo donde las cosas salieran bien.

—Sabes, creo que mereces un nombre —dijo volteando a ver al corderito.

Como respuesta recibió un balido y un sacudón. No parecía que a él le importara. Sin embargo, en ese momento era lo único que podía controlar.

—Espérame, ya vengo —dijo Niniel sonriendo. Se le había ocurrido algo.

Corrió hacia el palanquín y rebuscó entre sus cosas. Las hijas del Caos solían demostrar su estatus y prolijidad con sus peinados. Alishco se demoraba horas cada mañana para hacerlo perfecto. Niniel jamás había soportado peinarse, incluso cepillarse el cabello le parecía horrible. Quizá en eso se parecía mucho a su corderito.

Al pensarlo Niniel rio y sacó de un cajón una pequeña cinta azul. Era resistente al fuego y estaba adornada con oraciones de protección. La midió entre sus dedos. Era perfecta. Sacó un hilito de plata y una aguja fina y volvió con su oveja.

El corderito apenas se había movido, estaba unos pasos más allá comiendo un delicioso pasto. Al verla agitó su colita y le baló.

Era extraño como habían creado un vínculo tan rápido. Niniel sospechaba que era por la comida. Había mandado a los soldados a encontrar las mejores pasturas para su mascota y no la habían defraudado.

—Mira lo que encontré —canturreó y se acercó a él.

Le regaló unas cuantas hierbitas que aceptó con gusto y se acurrucó a su lado.

—Ahora, estaba pensando que deberías llamarte Masoyina. ¿Qué opinas?

Él respondió con un estornudo tan tierno que a Niniel se le encogió el corazón. Lo llamó varias veces y después consideró que su nombre debía ser más significativo. Masoyina significaba glotón y aunque a su cordero le encantaba comer, quizá ella debía honrar a algo más.

Pensó en Karanthir y sintió como miles de mariposas revoloteaban en su estómago. Desde esa tarde, se sentía rara. Al recordar sus besos se sonrojaba y deseaba… De nuevo sintió una punzada en el corazón y un nudo en la garganta. Sentía… algo que…

—Zarin—dijo en un susurro.

Esa era la palabra, la que en su idioma no significaba nada, salvo quizá debilidad. Aunque ella le daría un significado distinto. Significaría eso que sentía cuando pensaba en Kara.

—Niniel —llamó Alishco de pronto.

Niniel se regresó de golpe. Sintiéndose como si la hubieran atrapado en alguna travesura. Su cordero también se asustó y huyó lejos de ella.

—Sigues con esa cosa —murmuró apenas la vio —. El día se está acabando y no has rezado —añadió casi con indiferencia.

Niniel no tenía una excusa para eso. Asintió y se puso en pie.

—¿Qué se supone que estás haciendo? —preguntó Alishco frunciendo el entrecejo.

Niniel se había perdido entre sus pensamientos y se había olvidado de la cinta azul. Esconderla ya era inútil.

—Yo… solo… intentaba peinarme —dijo tomándola y guardándola en su bolsillo.

Su maestra la interrogó con la mirada y negó con la cabeza. No tenía que ser un genio para detectar su mentira.

—No hagas tonterías —le advirtió.

La joven asintió y realizó una pequeña reverencia.

—Por cierto, creo que me debes una disculpa —añadió Alishco.

Eso fue tan inesperado que Niniel no midió su reacción. Levantó la cabeza de golpe y jadeo sobresaltada.

—¿Qué? —murmuró.

—Me culpaste por el capitán.

—Yo… no… —tartamudeó. La verdad se había olvidado del incidente, con Karanthir de nuevo en su vida no sentía esa ira.

—Lo hiciste. No lo niegues.

Niniel asintió y se obligó a tragar su miedo. No era el momento de mostrar sumisión. Ya no podía hacerlo.

—Lo hice —aceptó levantando la barbilla —. Lo acepto y no me arrepiento.

Alishco gruñó y después se echó a reír.




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