Había pasado poco más de dos semanas desde que había llegado y se estaba dando cuenta de que no soportaría más.
El grupo estaba completamente fragmentado y él ya no llevaba la voz cantante. En apariencia Alishco le apoyaba a él, pero Jundium estaba haciendo lo que quería sin consecuencias. Lo de ese día lo demostraba.
Los cambios de ruta no eran extraños, contradecir su opinión si lo era. La peregrinación estaba pensada para evitar la zona selvática, se había hecho así debido a los peligros que representaban. Había cientos, quizá miles de criaturas que se escondían en el agua, los árboles y la tierra. Demasiado para los pocos que eran.
Así lo hizo saber Karanthir a Alishco, aunque ésta última no estaba nada convencida.
Todo había empezado esa misma mañana.
El capitán había ordenado a Thalith y a sus exploradores reconocer la zona lejos de la selva. Se trataba de un paraje desolado que en cierta forma se parecía a un pequeño desierto. Thalith y Aboki habían acatado la orden, y a regañadientes lo había hecho Akhar. Era el único explorador que parecía dispuesto a cuestionarlo.
—No se preocupe, señor —había dicho Thalith antes de partir —. Me encargaré de todo.
Karanthir no dudaba de su valor. Era el líder de los exploradores y el más silencioso. Akhar, sin embargo, se volvía cada vez más atrevido. Había empezado cuestionándolo el día de su llegada y todos los días ignoraba al menos una orden.
Marcharon casi de inmediato y se suponía que llegarían antes del mediodía, pero las horas pasaban y no había noticias. Alishco se paseaba como un diablo embotellado molesta porque no continuaban, incluso Niniel parecía nerviosa.
Acompañada de su cordero, que parecía seguirle por todas partes, llegó hasta su tienda. Se sentó sobre el escritorio y colocó su mano sobre su hombro.
—Quizá hoy no debamos salir —dijo un poco nerviosa.
Todos los días se alejaban del campamento para que Niniel pudiera dar rienda suelta a su curiosidad. Eso era parte de su normalidad y aunque al capitán le costara admitirlo, era el único momento donde todo cobraba sentido.
No se podía decir que su relación había cambiado mucho. A veces Niniel tenía sus momentos melancólicos o preocupados que la llevaban a permanecer callada, pero muchas veces era como un rayo de luz. Incansable y perfecta. Amaba preguntar sobre cosas que él ni siquiera se hubiera cuestionado.
En pocas ocasiones había momentos inexplicables, donde ella se acomodaba entre sus brazos y le pedía que cantara. La primera vez que lo hizo fue demasiado desconcertante.
—Sí, cántame —dijo ella levantando ligeramente la cabeza. Su cabello rojo caía como una cortina sobre el césped.
—¿Cantarte? ¿Quién te dijo que sé cantar?
Niniel le sonrió y acercó su rostro hasta su oído. Le tarareó la melodía que tantas veces él le había repetido.
—¿Qué es eso sino? —susurró tras un momento —. Sé que es una canción. Aboki me lo dijo.
Karanthir suspiró. No podía creer que Niniel se hubiera hecho amiga de ese muchacho. Tampoco que él nunca se callara.
—¿Qué te dijo?
—Dijo que los varones cantan mucho.
—Es un bocón —dijo Karanthir bufando.
—Es solo un niño —repuso ella acomodándose de nuevo y mirándole a los ojos.
—Por favor, cántala.
—Quizá no me guste —admitió él, apartando la mirada.
Es cierto que recurría a ella cuando estaba enfadado o… bueno solo con Niniel. Había una especie de ternura que transmitía. Sin embargo, eso no borraba el pasado.
Niniel se percató de su cambio de tono o quizá de la seriedad del momento porque se reincorporó y le acarició la mejilla.
—Las mujeres no tenemos familia —dijo con tristeza —. Siempre estamos solas.
Eso era nuevo. Jamás lo había pensado. Sabía que a las niñas las criaban en el templo y que eran fuertes, pero jamás se preguntó el costo. Niniel lo había vivido. Lo notaba en sus ojos, en la forma de aferrarse a él.
—Por eso son fuertes —dijo él, rodeando sus brazos alrededor de su cintura.
Niniel negó con la cabeza.
—No, por eso somos desdichadas.
Lo decía en serio y con convicción.
—Yo… yo por eso… —se relamió los labios y apoyó su cabeza en su pecho. Murmuró algo que él no entendió, pero que ella no quiso repetir.
—¿Qué se siente tener familia?
—Doloroso —respondió él y su memoria le llevó a ese día.
El día que quería borrar de su mente para siempre. No soportaba ver los cadáveres de sus hermanos. Ellos eran inocentes. Quizá todos lo eran. ¿Cuál había sido su crimen? Jamás lo entendería.
Sintió el suave pulgar de Niniel limpiando su lágrima y descubrió su triste sonrisa.
—Muy doloroso —repitió él con una fingida risa. Niniel no insistió más.
Simplemente se acomodó mejor y se puso a tararear. Poco a poco él se unió a ella y le cantó lo que hace siglos había olvidado. La canción de cuna que su padre le cantó a él y él a sus hermanos.
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Editado: 23.06.2026