Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXVII. El precio del fracaso

Era una idea malísima lo sabía, pero no tenía otras opciones. Las cosas solo estaban empeorando. Cada día Jundium tomaba más decisiones y los pocos que quedaban le pasaban por alto.

Era su última opción y solo accedería a ella por una razón.

Esa tarde fue a visitar a Aboki. El pobre muchacho estaba muy grave. La mayor parte de las horas se pasaba inconsciente. No comía y lo poco que bebía se lo debía a Niniel. Es más, su vida se sujetaba gracias a ella.

Estaban en el hogar de Zarin como le decía Niniel. Es decir, la tienda más pequeña y fea de todo el campamento. Karanthir mismo le había dado y se arrepentía. En realidad, solo seguía las reglas. Él era el más joven.

Cuando Niniel se enteró de eso, se enojó durante al menos unos dos días. Demandaba que Aboki tuviera un lugar mejor, pero era imposible. Incluso las tiendas de los muertos se guardaban junto con sus cosas para entregar a su familia.

Cuando entró Niniel ya estaba a su lado. Zarin se acostaba al lado de Aboki, con su cabeza sobre su rodilla. Su cuerpo estaba cubierto de sudor y su cabello que debía encenderse como el fuego, permanecía como una pequeña lumbre que poco a poco se apagaba. La joven ni se percató de su presencia.

—Traje algunos medicamentos —dijo él para llamar su atención.

Niniel regresó a mirarlo preocupada. No había dormido en varios días y tenía unas horribles ojeras. Al verlo se tiró a sus brazos.

—No está mejorando —murmuró con la voz rota —. Creo que se está muriendo.

Karanthir le acarició el cabello y se acercó al pobre niño. No entendía la razón de dejarlo vivir. Quizá solo era para atormentarlo. Para hacerle saber que no tenía más aliados.

Tocó su frente y la notó ardiendo. El joven murmuraba y temblaba. Estaba delirando. Sacó algunas plantas de su bolsillo y las trituró. Calmarían su fiebre y su dolor por un rato. Él mismo las había utilizado en sus peores momentos.

Tomó el cuenco de agua que estaba sobre una caja y obligó a Aboki a tomarlo junto con la medicina. Apenas lo logró. Su mandíbula estaba muy rígida.

Levantó con cuidado el cuerpo y Niniel le ayudó a cambiarle las vendas. El olor era horrible, las heridas se habían arreglado para infectarse.

—Sostenlo, por favor —dijo Karanthir y se dedicó a limpiar las heridas.

Eran heridas de espada y cuchillo. Rasgaban la piel del joven desde el pecho hasta el vientre bajo. Algunas más profundas que otras. Karanthir había logrado detener las hemorragias internas, al menos la mayoría. Además, estaba todo moreteado, su piel anaranjada se complementaba con morado y rojo.

—Deberían castigarlos —dijo Niniel apretando los dientes —. Son unos traidores.

Karanthir no dijo nada. Técnicamente no lo eran. Su lealtad era únicamente hacia las sacerdotisas y ellas estaban bien.

—Cada día tienen menos paciencia —dijo él cuando terminó y volvió a colocar la venda.

—¿A qué te refieres? —preguntó Niniel asustada.

—No puedo cargarlo siempre —respondió.

Aboki no podía caminar, ellos no podían detenerse. Desde el primer día Jundium había querido dejarlo. Karanthir ordenó a Awlan que lo llevara, pero era una tarea humillante. Con el tiempo, Awlan dejó de hacerle caso y solo él le llevaba.

—Puedo intentar convencer a Alishco —sugirió Niniel.

Ambos negaron con la cabeza. Sabían que no era posible.

—Estamos en problemas, ¿verdad? —susurró ella.

—Estoy perdiendo poder —admitió el capitán y se levantó.

Era doloroso decirlo en voz alta. Peor ante Niniel. Ella lo miró con tristeza y abrió la boca para decir algo que no dijo.

La idea le había estado rondando algunos días. Era la última opción como decía su abuelo.

—Solo los deshonestos y desesperados recurren a eso.

Tenía razón. Se mantuvo recorriendo el campamento largo rato cuando vio a Jundium salir del hogar de Zarin y Niniel tras de él furiosa.

—No lo permitiré —gritaba Niniel mientras le agarraba de la muñeca.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Karanthir alerta.

Jundium al verlo le sonrió.

—Esto no le incumbe, capitán.

—Intentó matar a Aboki —chilló Niniel jaloneándole una vez más y alcanzando a propinarle un golpe en el pecho.

—Lamento el malentendido, mi señora —dijo Jundium y reverenció a la joven. Su actitud parecía cumplir con el protocolo.

Sadiq también se acercó atraído por el ruido.

Niniel no lo soltaba y continuaba furiosa.

—Te ordeno que lo confieses —le dijo.

—Confesaré lo que usted desee.

La joven lanzó un gruñido y se volteó a verlo a él.

—Kara, haz algo —dijo —. A mí siempre me va a mentir.

Jundium era muy astuto, usaba sus propias reglas para evadir la verdad. No es que fuera a mentir, solo cumpliría las órdenes de la sacerdotisa.




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