Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXIX. Duele

Era raro como la soledad que tanto odiaba se había convertido en su única forma de protegerse.

Niniel estaba de rodillas frente al altar, sin más lágrimas y con un dolor terrible de cabeza y de corazón. No tenía ni idea de cuántos días habían pasado. Nadie la había molestado. Ni siquiera Alishco.

Cuando salió de su hogar, estaba tan desesperada de sentir, de experimentar, de… Sacudió la cabeza y gritó. No quería eso. Ya no.

Era demasiado y lo odiaba. Odiaba sentir que el pecho le ardía y la garganta se quebraba. Se moría por intentar detenerlo.

«Duele» eso le había dicho Karanthir y tenía razón. Todo dolía. Él dolía.

Tragó saliva varias veces e intentó concentrarse en su respiración. Se preguntaba si alguna vez acabaría de sentirse así.

Ya no estaba segura de que era realidad y que su imaginación. ¿Alishco era mala?, ¿Karanthir era malo?, ¿ella lo era? Ya no entendía de qué debía escapar y de qué no.

Pensó en Damar y en su vida anterior. En esas noches en el templo donde lo único que sentía era desesperación. Quería poder conectar, sentirse como los demás.

—¿Damar? —preguntó mirando hacia su estatua.

Siempre la representaban como una mujer hermosa, etérea, su rostro igual que al de ellas, pero iba perdiendo forma poco a poco hasta convertirse en un sin sentido. El Caos en estado puro no podía describirse. ¿Sería eso lo que le estaba pasando? ¿Caos puro?

—¿Damar? —volvió a llamar y escuchó como su voz se esparcía por la habitación.

Era frágil, lastimera, torpe. La odiaba.

—Damar —llamó esta vez y lo dijo fuerte y claro —. Te estoy esperando. Ven a mí.

No preguntaba, no imploraba. Exigía. Así se sentía mejor. Estaba harta de que jugaran con ella. De que se rieran cuando interrogaba, de que la castigaran y castigaran y…

Sintió que el mundo se desdibujaba y dejó salir una exhalación. Con su aliento su cuerpo cayó al piso, pero su alma se elevó.

Pronto la Diosa se presentó ante ella, igual que en las pinturas, solo que sonreía. Nadie creía que eso era posible.

—Has tardado, mi niña —dijo y Niniel sintió como algo invisible tocaba su cabello.

—Yo… —titubeó y se puso de pie. Elevó la cabeza y la miró —. Creí que me odiaba.

—Claro que no —rio ella. Su risa tan suave como una brisa —. Solo esperaba que estuvieras lista.

—¿Lista?

—La última vez te dije que todas dudan. ¿Para qué crees que es la Peregrinación?

Niniel no sabía la respuesta. Jamás le había importado. Para ella era un paseo.

Ahora… cada pieza se unía y cobraba sentido. Cuando lo entendió cayó de rodillas.

—Lo lamento —lloró y se postró frente a ella.

Tantas veces que había pensado en escapar, de ignorar todo el culto, de dar la espalda a su gente, todo era ahora solo una tontería. Su camino ya estaba escrito solo tenía que descubrirlo.

Alzó la cabeza para encontrarse con su diosa y entonces Damar gritó.

—¡No! —aulló

Su figura se volvió confusa. Su media sonrisa se mantenía hablando, pero su otra mitad, se convirtió en una pesadilla. Otra cara tomó forma, una con los labios más delgados, los ojos más pequeños, la piel más pálida. También decía algo.

—Eres… ven… mi… diferente… amor.

Eso alcanzó a escuchar mientras todo se revolvía y sus voces se mezclaban. Niniel intentó aferrarse a su diosa, pero fue imposible. Era una guerra en otro lugar, mucho más impredecible.

Sus pulmones se expandieron dolorosamente cuando volvió a su cuerpo. Hacía tanto frío que de inmediato comenzó a temblar. Poco a poco el desosiego y todas esas emociones confusas volvieron, solo que ahora una más.

Apretó los puños y de nuevo dejó escapar un grito de frustración. Ya no podía más

—Niniel —llamó alguien con voz suave, asustadiza, temblorosa. No era Karanthir.

Él la había buscado. Ella ya ni sabía cuántas veces. No había respondido a ninguna. ¿Qué podría decirle? No quería más confusión.

—¿Niniel? —llamó por segunda vez.

Niniel estaba por irse y encerrarse en su habitación cuando se recordó a sí misma. Solo hace pocos minutos ella estaba igual. Llamando, exigiendo, a punto de volverse loca si no le respondían. Quizá por eso abrió.

Afuera estaba Aboki. Algo pálido, muy delgado y vivo. En sus brazos llevaba a Zarin. Al verla se puso a balar y mover su colita. Niniel le sonrió.

Quizá todo lo que sentía era confuso, pero algo sobresalió. Un sentimiento que anestesiaba a todos los demás y que la impulsaba a sostenerse. Se lanzó hacia Aboki y lo abrazó.

La luz le golpeó en los ojos, el calor de Aboki y Zarin la recibieron.




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