Mantener la respiración siempre era un arte. Era luchar contra la desesperación misma del cuerpo. Convencerse que lo lógico no lo era y mantenerse tranquilo en una urgencia podía salvar tu vida.
Karanthir era un experto en eso. Podía hacerlo por horas, aunque precisamente hoy, estaba tentado a abrir la boca y permitir que el agua inunde sus pulmones.
Cuando era pequeño pensaba que no existía dolor más grande que ser torturado. En la academia los castigos siempre eran físicos y por alguna razón, a los maestros les gustaba usar el agua.
En su dimensión el agua tenía propiedades diferentes. Era más pesada, imposible de mantenerse a flote, salvo por magia y su textura era como una gelatina especialmente invasiva.
Los maestros solían emplear una cámara y un grifo del que caía gota a gota. Cada una de ellas se sentía como un piedrazo y su peso se volvía aplastante. El castigo podía durar horas, lentas y desesperantes. Una tumba de acero que poco a poco te inmovilizaba.
El día en que mataron a su familia, Karanthir supo que eso no era nada. Había un dolor peor, uno que explotaba en el pecho y embargaba todos los sentidos. Recordaba perfectamente la furia, la tristeza, el silencio.
Cuando llegaba el último, era el más peligroso porque sin palabras lo único que quedaban eran las malas ideas. Rondaban como mosquitos molestos que lograban desangrarte poco a poco. Pocas semanas después de la tragedia, tomó su espada y se dispuso a irse.
Creyó que fue silencioso hasta que llegó a la puerta.
—No hagas ninguna tontería —dijo su abuelo.
Estaba apostado al lado de la puerta. Tenía los brazos cruzados y su voz era una orden, más que un consejo.
Su abuelo era un tipo rudo y honorable. Tenía su edad, lo reflejaba en su rostro y manos, sin embargo, su nombre continuaba produciendo respeto. Él era oficialmente la barrera que lo protegió de la masacre.
Karanthir ignoró sus palabras e intentó abrir la puerta. Sus manos temblaban.
—No obtendrás nada.
—Al menos lo habré intentado —respondió con la voz ronca.
—¿Para qué?
—¡Venganza! Y eso es lo que deberías buscar tú.
Se giró bruscamente hacia su abuelo. Él apenas levantó las cejas y le tocó el hombro.
—Ambos perdimos —dijo con voz suave.
—Y solo yo sufro —respondió Karanthir furioso.
No había visto a su abuelo enfadado, ni siquiera triste. Odiaba esa actitud estoica que aparentaba normalidad.
—¿No te duele? No…
Su abuelo lo interrumpió. Le colocó su mano en su pecho y por primera vez en su vida, vio tristeza en esos ojos.
—Te duele aquí, ¿verdad?
Apretó un poco más, su mano parecía atravesar el hueso y llegar a un lugar más profundo. Karanthir asintió. Le dolía ahí y en todas partes.
—Arde, quema, ahoga…
Describía exactamente lo que sentía.
—Lo sé. Yo también lo siento. Ese dolor… parece nunca acabar.
—Es que no lo hará —respondió Karanthir y esta vez su voz se quebró.
Era una vergüenza llorar y por eso lo había evitado, pero ahora ya no podía negarlo. El dolor era demasiado.
—Es injusto, solo eran niños —lloriqueó recordando los cuerpos de sus hermanos.
El mayor apenas había comenzado a hablar y el menor… él jamás conoció un lugar diferente a su cuna.
—No es justo —repitió con más fuerza.
La ira que ardía desde ese día creció y brilló en su pecho. Consumió algo dentro, algo que lo impulsó a empujar a su abuelo y apartarlo.
—Tengo que hacer algo.
Abrió la puerta y el frío golpeó su cuerpo. Esparció las chispas de su ira y por un segundo, tembló.
—No puedo perderte —dijo su abuelo firmemente.
El fuego se extinguió con esas tres palabras. Esas que no parecían de su abuelo. Se detuvo y lo miró. Esa apariencia estoica había terminado. Se mostraba como lo que era.
—Tengo muchas hijas —dijo con una sonrisa rota —. Dicen que son fuertes, yo no las conozco. Solo tuve un hijo y me lo arrebataron. ¿Tendré que perderte a ti también?
—No… no… puedo hacer otra cosa —murmuró Karanthir. Lo único que le parecía honorable era morir haciendo algo.
—Puedes quedarte.
—¿Y entonces qué? Ya no quiero sentir.
Su abuelo asintió y lo tomó de la mano. Pegó su frente a la suya.
—Acabará. Lo sé.
Había algo en sus palabras que lo convenció.
El tiempo le dio la razón, la herida a veces dolía, pero muchas veces pasaba desapercibida. Karanthir se aferraba a esa idea, a que lo que estaba sintiendo pasaría.
Estaba en el fondo de un lago que encontró. El agua funcionaba como una barrera entre el mundo y él mismo. Un escudo que intentaba limpiarlo de sus errores.
No sabía como se enteró Niniel, tampoco importaba. Nada quitaba que era su culpa. Lo supo desde el momento que cedió. Lo sabía su cuerpo que se sentía sucio e imposible de limpiar.
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Editado: 23.06.2026