Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXXII. Nosotros

Ese día llegó muy tarde. La noche amenazaba con alzarse en el cielo. Abrió la puerta del palanquín y se encontró con Alishco arrodillada frente al altar.

No se habían hablado desde la traición. Ella debía sentirse furiosa, pero la verdad era, que no. Se acercó y se arrodilló a su lado.

—Pensé que hoy no vendrías —dijo con tranquilidad.

Era extraño recién ahora se daba cuenta que no había faltado un solo día. Había hecho los ejercicios, las oraciones y sin rechistar. Tocó el frío piso y lo encontró incómodo. ¿Cómo había pasado días ahí?

—¿Maestra? —llamó con cuidado.

Su voz frágil, su respiración sostenida. No había dejado de pensar en su conversación con Karanthir. Perderse a sí misma parecía extremo. ¿Quién era ella?

Su mente respondía, diciéndole que siempre fue la rebelde, la que no le importaba los rituales, la que soñaba con ese mundo. Era raro como casi lo había olvidado.

—¿Qué sucede Niniel?

—Hace unos días, hablé con Damar.

Apenas lo dijo Alishco la abrazó. Sus brazos apretaban con ternura y Niniel casi creyó que era real.

—Al fin —dijo contenta —. ¿Qué te dijo? Cuéntamelo todo.

Alishco se acomodó mejor e hizo un espacio para ella. Para estar más cerca.

—Dijo que había encontrado el camino.

No mencionó sobre la interrupción, ni sobre las dudas que comenzaban a florecer en su corazón. Alishco la tomó de la mano y la besó.

—Me enorgulleces.

Niniel apretó los labios. Sentía que era una mentira. Toda su vida había esperado no ser regañada y cuando sucedía, no se sentía bien.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó bajando la mirada.

Las rodillas le dolían. Ya no soportaba estar arrodillada. Resultaba una tortura.

—Falta un mes y poco más para cruzar el primer portal.

Ahí estaba. La mención del portal. Karanthir se lo había dicho, pero ¿sería verdad?

—¿Qué sentiré?

Alishco se regresó a mirarla sorprendida. Frunció ligeramente el ceño y después se tranquilizó.

—Orgullo —dijo sonriéndole —. ¿Por qué preguntas?

—No quiero volver a dudar —mintió Niniel. La duda ya le mordía. Lo que quería saber era si se perdería.

—No querida, no temas eso. Después del portal, toda debilidad se borrará.

Niniel no insistió en el tema. Se quedó fingiendo rezar. Lo cierto era que sentía un nudo en la garganta.

Alishco se fue a la cama después de medianoche. Niniel le aseguró que se quedaría un poco más. Apenas escuchó su respiración tranquila. Se puso de pie y salió.

El campamento estaba silencioso hasta parecía abandonado. Una pequeña fogata ardía en la oscuridad. Los soldados estaban dormidos y solos dos vigías permanecían en pie.

Uno probablemente era Aboki, que era el último explorador que quedaba y su misión era proteger el perímetro y otro estaba frente a la lumbre.

Niniel se estaba dirigiendo a la tienda de Karanthir cuando se fijó bien en el vigía. Lo reconoció frente a la fogata. Estaba sentado, con la mirada clavada en el fuego. Sostenía entre sus manos un cuenco de comida.

Se acercó con cuidado. Él apenas la vio dejó a un lado su comida. Niniel se sentó a su lado y también se puso a ver el fuego.

El fuego ahí era diferente que en casa. Más apagado y naranja, incluso la forma en que se movía era más débil. Niniel acercó la mano y apenas sintió algo de calor. Su cabello quemaba más.

—Deberías tener cuidado —alertó Karanthir levantando la cabeza.

—Apenas siento calor —añadió Niniel.

—Sí, porque te aproximas de manera equivocada.

Se acuclilló y la tomó suavemente de la mano. La puso hacia arriba de la llama. Estaba algo lejos, pero aun así sintió como ardía. La retiró de inmediato.

—Te lo dije —murmuró él. Sus ojos continuaban clavados en el fuego.

—Tienes razón. En todo.

Karanthir la miró sin comprender.

—El portal —dijo ella volviendo a tomar asiento —. Me quitará mi debilidad.

Él asintió.

—No lo permitiré.

—¿A qué te refieres?

—Cuando empezó esto hice un juramento —arrojó al fuego una ramita seca que por un segundo encendió más el fuego —. Prometí que serviría hasta mi último aliento.

—Lo recuerdo —asintió Niniel. Sintiendo un escalofrío. No le gustaba a dónde estaban yendo sus pensamientos.

—Te lo digo ahora. No voy a dejar que cruces ese portal.

Solo decir eso lo convertía en un traidor. Niniel miró alrededor suyo asegurándose que nadie haya escuchado. Su corazón latía a mil por hora.

—No digas eso —murmuró.

—¿Por qué? Ya lo decidí.

Niniel se quedó boquiabierta. No había duda en su voz. Sin embargo, eso significaba tantas cosas.




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