Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXXIII. Lo que el honor impide

Las nubes se cernían sobre ellos, rodeándoles como un muro blanco que lo escondía todo. Las ramas de los árboles se extendían como venas en ese paraje blanco y misterioso. Apenas había una ligera brisa, el aire era húmedo y gotas de sudor le corrían por la espalda.

La llegada de Aboki le tomó por sorpresa. Se apareció de la nada y se plantó a su lado.

—¿Está seguro de esto? —susurró.

Sus palabras demasiado fuertes para su gusto. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y sintió como un rayo le paralizaba los músculos.

Karanthir se obligó a darle la espalda y se volteó a ver el campamento. Su honor al menos había servido para algo. Había recuperado el mando sobre los soldados y las últimas semanas nadie se atrevía a levantarle la mirada.

No es que fueran leales, solo esperaban. Esperaban que su trato con Alishco se desvaneciera. La cuenta regresiva había empezado y él tenía que aprovechar, antes de que llegase a cero.

—Sadiq —gritó y su voz se extendió por todo el campamento.

Todo estaba listo para partir y con los nuevos informes de Aboki no parecía que fueran a tener enfrentamientos.

El joven salió de detrás de una carrosa. Sus ojos azules brillaban por la furia. Odiaba volver a hacerle caso y como siempre, pronto apareció su padre.

—¿Capitán? —preguntó entre dientes.

—Te adentrarás en la selva. Aboki te dará las instrucciones.

Tanto Sadiq como Jundium se sorprendieron.

—¿Qué? —murmuró el joven dejando de lado su ira.

—¡Es un soldado! —saltó su padre frunciendo el entrecejo.

—Ahora nos falta exploradores —aclaró Karanthir sin amilanarse —. Sadiq tendrá que aprender.

Jundium tragó saliva y Sadiq se derritió en reclamos y gritos. Karanthir lo sujetó del brazo y lo zarandeó.

—¡No tengo tiempo para tratar con berrinches! —rugió y le pegó un golpe.

Midió su fuerza lo suficiente como para que el chico se tambaleara y escupiera un poco de sangre. Jundium hizo afán de acercarse, pero de una mirada el capitán lo detuvo.

—¿Pretendes desafiarme? —preguntó y disimuladamente mostró su cuchillo.

Un movimiento más y le clavaría el cuchillo.

—Hazle caso —aceptó Jundium hacia su hijo.

Sadiq que parecía ahogarse con su propia saliva lo miró sorprendido y una sombra de rabia cruzó sus ojos.

—Aboki, muéstrale lo que tiene que hacer y vuelve hacia aquí.

Dio la espalda a todos y se acercó hacia el palanquín. Las sacerdotisas ya estaban listas para continuar el viaje. Alishco se asomó ligeramente y le sonrió.

—Siga así, capitán y quizá nos veamos más tarde —ronroneó lascivamente antes de volver a cerrar las cortinas.

Karanthir asintió e incluso le dedicó una sonrisa de complicidad. Esperaba que todos le miraran. Quería mostrarles que todavía contaba con su apoyo.

Dio algunas instrucciones más, se aseguró que Zarin estuviera bien atendido y marchó frente a la tropa. Una media hora después se le unió Aboki.

Tenía el rostro enrojecido y el cabello medio apagado por la humedad. Apenas llegó, se tomó tres o cuatro bocanadas de agua para recuperar el aliento.

—¿Todo bien? —preguntó el capitán.

—Sadiq es un tonto —respondió el explorador todavía intentando recuperar el aliento —. Le he mandado por donde has dicho. Espero que no se mate.

El camino que había escogido era relativamente fácil, aunque en apariencia podía ser considerado peligroso. Según las investigaciones de Aboki, la tribu de orcos que vivían ahí se habían mudado, así que el camino estaba libre.

Karanthir esperaba que el trabajo de Sadiq fuera tan malo que pensara lo contrario y así convencer a los demás de desviarse. Así podría andar por una ruta desconocida y aprovechar un pequeño paraje para escapar.

Se trataba de una excavación abandonada que llevaba a una cueva subterránea. Él conocía como salir de ahí. Esperaba que sus perseguidores se confundieran tanto como él la primera vez. Así ganarían tiempo.

—¿Crees que funcionará? —preguntó tras un rato Aboki.

El capitán ya había considerado esa opción y aunque no le gustaba se había preparado para ella. Si no lograba desviarse tendrían que cruzar un pantano y aprovechar un fingido conflicto para confundir a los soldados y escabullirse entre los árboles. Ese lugar le era mucho más desconocido y eso aumentaba los peligros, basándose más en la suerte.

—Tengo todo cubierto —aseguró.

No dijeron nada más y durante todo el día y parte de la noche continuaron la travesía.

Conforme pasaban las horas Jundium se iba mostrando más inquieto, aparecía frente a ellos y no dejaba de ver el horizonte. Karanthir fingió no darse cuenta.

Esa noche la luna no apareció y la oscuridad les obligó a utilizar sus dones naturales. Desde lejos podría parecer que una manada de luciérnagas se adentraba en terrenos pantanosos.

El suelo se volvía un lugar barroso donde sus pies eran retenidos por raíces y arbustos. Una que otra telaraña se enredaba entre sus ropas. Karanthir y dos más abrían el camino cortando las lianas y maleza que entorpecía su andar. Los sapos y grillos estaban cantando cuando Jundium volvió a aparecerse.




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