Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXXIV. Seremos familia

Aboki no tenía ni idea como había sucedido. Fue tan rápido y orgánico que no encontraba nada extraño estar allí con Karanthir, observando como se refregaba con un paño húmedo el torso.

—¿Entonces ya no hay plan A? —preguntó tras sentarse en su escritorio.

Hace unos pocos minutos que se habían dado las órdenes de levantar el campamento, eso les dejaba exactamente media hora para conspirar.

—No. Me ha dejado claro que seguiremos esa ruta.

—¿Por qué?

El capitán soltó el trapo y se le quedó mirando enfadado. Aboki sonrió a medias. Ahora entendía que era una pregunta estúpida, pero francamente no podía evitarlo.

—No lo sé —respondió Karanthir con un deje de burla en la voz. Aboki se encogió de hombros.

—¿Crees que Niniel lo sepa?

—Eso justamente quiero que averigües.

Así eran las cosas. Aboki se había convertido en el mensajero de los dos.

Algo que le parecía enternecedor. Niniel era tan dulce y el capitán aparentaba lo contrario. Sin embargo, juntos eran perfectos. Sacando los lados ocultos de ambos y mejorándolos. Él no había vivido mucho, pero de alguna forma siempre había imaginado que así debían ser las relaciones.

Tamborileó con los dedos el escritorio, sumido en recuerdos de la infancia. Observando un tipo de amor diferente que jamás le tocó a él. Su padre se las había arreglado para repudiarlo antes de que él supiera hablar.

—Hey, Aboki —le llamó la atención el capitán. Ya se había puesto la camisa y estaba frente a él. Al parecer le había dicho algo.

—¿Perdón? —murmuró el joven de prisa y de nuevo sonriendo para apaciguarlo.

—Preguntaba cómo les fue ayer.

—Nada raro. Bueno, salvo que me dejaste a cargo —murmuró y apartó la mirada.

Para todos era evidente que la posición de Aboki era diferente.

—No deberían extrañarse, tú fuiste el único leal.

Aboki asintió, aunque muy dentro sintió una punzada de dolor. Siempre había esperado ser querido por algo diferente a la utilidad. Por eso se volvía loco intentando comprender a Niniel.

Ella no tenía por qué abrazarlo esa lejana noche, ni siquiera lo conocía y, sin embargo, le había abrigado con sus brazos. Lo peor es que había continuado, hablando con él, sonriéndole, tratándole como si fuera alguien. Karanthir se había apegado recientemente, pero su comportamiento todavía lo desconcertaba. Entendía por qué era así con Niniel, pero no con él.

—¿Pasa algo? —preguntó él girando ligeramente la cabeza.

—Hmm… no… creo que no —respondió el joven sacudiendo la cabeza —. Yo… solo recordaba…

—¿Qué cosa? —interrogó el capitán con intriga. Se sentó en el escritorio y esperó pacientemente. Aboki consideró olvidar el comentario, pero algo dentro de él necesitaba saberlo.

—¿Por qué yo?

—¿Tú qué?

—¿Por qué confías en mí?

Karanthir se giró ligeramente y le miró. Al igual que él tamborileó sus dedos sobre la mesa.

—No lo sé —dijo tras un rato —, ¿no debería hacerlo?

—No, no. Mi lealtad está con ustedes.

—¿Entonces por qué preguntas?

—No lo sé —murmuró Aboki.

Ambos se miraron, ambos sabían que se mentían. Sabían las razones, aunque no pudieran explicarse.

—Voy a buscar a Niniel —dijo Aboki poniéndose de pie.

Karanthir asintió y tras un chasquido de lengua volvió a hablar.

—Yo tenía cuatro hermanos —dijo como si fuera lo más normal del mundo —. Los mataron ante mis ojos, me prometí que eso no volvería a pasar.

No dijo más. Salió a su lado y como siempre se puso a repartir órdenes. Aboki se quedó gran parte de la mañana reflexionando sobre esas palabras. Intentando interpretar qué significaban.

Al final, no llegó a ninguna parte. Sin embargo, había algo en ellas que lo hacía sonreír y confirmaban que no se había equivocado.

Niniel se lo había preguntado hace varios días. Una tarde tranquila de llovizna donde el pequeño Zarin dormitaba en su cama.

—¿Podrías dejar todo atrás?

Ya le había planteado la idea de huir. De simplemente, dejar el campamento, los rituales, la peregrinación y escoger vivir en esa dimensión. Los tres juntos. Siendo ellos mismos.

Apenas lo había escuchado, él lo había aceptado. Simplemente quería quedarse con Niniel y su inexplicable cariño.

Sin embargo, ahora que le preguntaba directamente, tuvo que pensárselo mejor. ¿Qué tenía en casa?

La única palabra que se le vino a la mente era nada. Su padre había dejado bien claro que no lo quería. Era demasiado inútil para ser arquitecto y prefería que muriera. Sus hermanos eran demasiado mayores para conocerlo. De hecho, dudaba que supieran su nombre ¿Qué tenía en casa aparte de la soledad y el repudio?

—Sí —dijo con firmeza —. Iría con ustedes hasta el fin del mundo.




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