Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXXV. El ruido entre las hojas

La habitación estaba cargada de una energía que solo se podía describir como incómoda. Alishco respiraba con fuerza, casi como si estuviera bufando. Sus puños se mantenían apretados con tanta fuerza que sus uñas se clavaban en su piel.

Niniel se removió ligeramente. Intentaba pasar desapercibida, sabía que tarde o temprano la ira de Alishco se redirigiría a su víctima más cercana.

Esta vez no era exageración, su maestra había utilizado su magia para cruzar el pantano y llegar a una zona más sólida. Esa magia equivalía a pérdida de poder, aunque ella cumpliera con la peregrinación, la recompensa ya estaba disminuida.

La joven se levantó con cuidado y apenas lo hizo, Alishco le clavó sus ojos azules. Estaban mucho más oscuros, cercanos a la negrura de la noche que al azul cielo. Un escalofrío le recorrió la espalda y Niniel agachó la cabeza.

—¿Te ibas? —preguntó su maestra escupiendo las palabras.

—Pensaba darle espacio —murmuró la joven sin atreverse a levantar la mirada.

Su maestra respondió con una especie de chasquido.

—He sacrificado mucho por ti —dijo en una especie de murmullo.

Niniel respiró profundo y la miró. Su maestra la observaba con un odio sin precedentes. Con solo eso le transmitió una punzada de miedo.

—Me pagarás todo, Niniel. Todo —dijo y sonrió ligeramente.

Movió la mano y le indicó que se fuera. La joven no tuvo que pensárselo dos veces.

Afuera el aire volvía a ser demasiado cálido como una cortina que envolvía todo su cuerpo e impedía que siquiera una brisa la tocara. Apenas puso un pie en tierra, Sabin le reconoció y corrió hacia ella.

Ella le acarició con suavidad su cabeza, estaba húmeda y su piel desprendía calor. El pobre estaba sufriendo en ese ambiente. Niniel deseó que todo eso acabara pronto. Sentía un miedo inexplicable y poderoso que convertía sus sueños en pesadillas.

Un poco más adelante se encontraban los soldados. No tardó en encontrar a Karanthir. Parecía estar discutiendo con Jundium. En una de sus manos tenía enrollado un mapa.

Niniel tomó fuerzas, se arregló el cabello y con toda la determinación que pudo se dirigió hacia ellos.

—Capitán —gritó cuando estuvo lo suficientemente cerca.

Él le miró y sus cejas se levantaron por la sorpresa. Ella no le dio tiempo a decir nada. Le golpeó lo más fuerte que pudo, su mano abierta impactó con su mejilla. Niniel apretó los dientes.

Había prometido no volver a lastimarlo, no desde el accidente con los latigazos. El golpe le dolió tanto como a él, quizá más.

—Esto es su culpa —estalló con renovadas fuerzas. Haciendo un esfuerzo para no disculparse, ni retroceder.

Karanthir se quedó mirando sorprendido, sin saber cómo responder. Incluso Jundium se apartó hacia atrás, indeciso.

—¿Mi señora? —preguntó el capitán.

—No finja que no lo sabe —gruñó ella y se cruzó de brazos, esperando explicaciones.

Karanthir no dijo nada y todas las miradas se concentraron en ellos.

—¿No tienen trabajo que hacer? —preguntó la joven a todos los demás —. Esto no les concierne. Váyanse.

Algo debía tener en su voz porque todos le hicieron caso. Apresuraron el paso y dejaron al capitán con ella.

Niniel le tomó del codo y casi con brusquedad lo arrastró detrás de unos árboles y arbustos. El suelo era irregular, incluso incómodo. Sin embargo, apenas se sintió segura se volteó hacia él y le plantó un beso.

—Niniel, qué…

Eso fue todo lo que él pudo decir, antes de dejarse llevar por el beso. Niniel sentía que dentro de ella explotaba ese calorcillo que lo asociaba con él. Un calorcillo que se extendía desde su corazón hasta la punta de sus dedos, toda duda o miedo parecían indiferentes a lo que sentía.

El beso duró muy poco, al menos para ella. Sin embargo, el aire era primordial.

—No te hice mucho daño, ¿verdad? —dijo con suavidad acariciando su mejilla. Su piel había adquirido un tono ligeramente morado.

—Fue… creíble —sonrió él y le rodeó con sus brazos.

Acercó su rostro y pegó su frente a la suya.

—Te extrañé mucho —murmuró ella.

Para toda respuesta, él volvió a besarla. Niniel se dejó llevar. Sus manos recorrieron su cabello, su espalda, su cuerpo. Su olor le transmitía tranquilidad y le prometía que todo saldría bien. Sin embargo, al igual que el otro beso, tuvo que acabar.

—¿Cuándo podremos irnos? —preguntó ella cuando se separaron, aunque él mantenía su brazo alrededor de su cintura.

—Calculo que dos días, quizá menos.

Niniel asintió. Era lo que quería escuchar. Dos días y podrían ser libres. Nada de oraciones, golpes o miedos. Solo su amor y la aventura de descubrirlo todo.

—Todo dependerá de Alishco —añadió Karanthir con una mueca.

—¿Crees que nos perseguirá? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta.

Karanthir no le contestó. No había necesidad.




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