Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XXXVI. El círculo azul

Apenas el monstruo se lanzó sobre Niniel, algo pesado cayó de entre los árboles. Con sola una mirada, distinguió a Aboki siendo atacado por esas mismas criaturas.

Tenía solo segundos para reaccionar. Karanthir agarró mejor su espada y tomó con brusquedad al atacante de Niniel. Lo agarró de la cabeza y jaló hacia atrás. La criatura tocó el cabello de la joven y todo su pelo se encendió.

En lugar de gritar de dolor o revolverse, eso se volteó hacia él y le mordió el antebrazo. Sus dientes perforaron por completo su músculo y sacudió la cabeza llevándose un gran pedazo de carne. A pesar del dolor, el capitán logró clavarle su espada en el pecho y repitió la operación varias veces.

Cuando apenas estaba ganando, sintió como otra caía sobre él. Su cola envuelta en fuego se enrolló en su cuello y con una fuerza descomunal jaló hacia atrás.

Karanthir se quedó durante varios segundos sin aire y cayó al suelo. Momento que aprovecharon para caerle muchísimos más. La desesperación lo invadió y activó su energía primordial. La utilizó para volverse más fuerte. En algún momento se le cayó la espada y se batió a ellos a puño limpio.

Sentía como le mordían por todas partes, sus dedos, manos, hombros, cuello. Él continuaba agarrándoles de donde podía e intentando arrojarles lejos, pero le agarraban con garras, dientes y cola. El cielo se ocultó tras una marea de pelo negro y fuego.

Todo sucedió demasiado rápido. Ni siquiera tuvo tiempo de preocuparse por Niniel, solo pensaba en su inminente muerte. La cola continuaba enrollada en su cuello, presionando y doblando sus huesos. Él con sus uñas intentaba soltarse y a pesar de los pedazos de carne que sacaba, el mono no le soltaba.

Lo peor eran sus gritos, chillidos que parecía llamar más y más. Azotaban sus manos y golpeaban su cuerpo como si fuera un saco de boxeo.

De pronto, sintió una vibración en el piso y un chasquido que se sobrepuso a los gritos. La cola alrededor de su cuello se aflojó y él aprovechó para levantarse.

Niniel estaba sangrando, tenía la mitad de su cara llena de arañazos y su nariz se torcía en un ángulo extraño. Sin embargo, despedía una fiereza inexplicable. Sus manos brillaban de una tonalidad azul y lanzaba toda clase de hechizos a las criaturas.

Apenas la estela de luz tocaba los cuerpos estos se sacudían y caían quemados por dentro.

Karanthir escudriñó alrededor de ellos, en los árboles había miles de esas cosas. Listos para arrojarse hacia ellos. Aboki se encontraba de rodillas, igual sangrante y lleno de heridas que dejaban su carne al descubierto. Niniel era la única que se mantenía limpiando el perímetro.

El capitán respiró profundo y agarró de nuevo su espada. Corrió hacia la joven y se puso espalda con espalda.

—Aboki —gritó llamando al explorador.

El joven se volteó medio tonto a verlo, pero sacó fuerzas para ponerse de pie y correr hacia ellos.

Karanthir se concentró y utilizó su energía vital para formar un escudo alrededor de su cuerpo. En la mayoría de las batallas no era útil. Gastaba demasiada energía para lo poco que ofrecía, pero ahora no tenía más opción.

—Haz lo mismo —instruyó a Aboki.

Volteándose a Niniel le dijo: —¿Puedes protegerte?

Ella lanzó otro rayo de energía y asintió.

—Bien. A la cuenta de tres, vas a lanzar tu hechizo más poderoso. Intenta limpiar la zona un par de metros a la redonda. ¿Podrás hacerlo?

Niniel respiró profundo, se limpió el reguero de sangre que resbalaba por su mejilla y asintió. Tenía los dientes apretados, pero su mirada era la de una auténtica guerrera. No era el lugar, ni el momento, no obstante, Karanthir se enamoró más de ella.

Ella era perfecta, una mezcla de dulzura y ternura que iluminaba el mundo y furia y valentía cuando debía defenderse. Su corazón se volteó y deseó poder besarla. Sin embargo, comenzó a contar.

Cuando dijo tres, una luz extraordinaria salió de las manos de Niniel. Una bomba azul que explotó todo, incluido hojas, ramas y troncos. Los fragmentos volaron por todos lados, impactando contra ellos mismos. Varias de los atacantes salieron volando y cayeron como una lluvia desagradable de partes y sangre.

—Ahora —gritó Karanthir y tomó a Niniel de la muñeca.

No había tiempo para planear, ni hablar, escuchaba como miles más corrían hacia ellos. Aboki pasó corriendo frente a ellos guiándoles sobre el terreno.

—Kara… qué… dónde… —refunfuñó Niniel sin entender nada.

—Es ahora o nunca —gritó sobre su hombro.

Una de las criaturas intentó llegar ante ellos, pero él le lanzó un golpe con su espada. Esta vez no tuvo problemas en cortar su cuerpo y partirle en dos.

Corrieron como locos, tropezándose, confundiéndose, atacando y defendiéndose. Tardaron como quince minutos en llegar a un terreno arcilloso. Aboki se quedó en el filo.

—Malditos humanos —murmuró Karanthir.

Habían desbancado el terreno convirtiendo lo que era un camino plano en un acantilado de varios metros. Probablemente para extraer algún material que les pareciera útil. Aboki se encogió de hombros.




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