—Ten cuidado.
—¿Está viva?
—Hay que confiar…
Las voces sonaban demasiado lejos, un susurro en medio de la oscuridad. Niniel no recordaba nada, ni quería recordar. Solo quería dejar de escuchar.
Su mente se quedó suspendida sobre la nebulosa lo que parecieron siglos, abrazada solo por el canto de la muerte guiando su alma. Era un lugar seguro, incluso cómodo. Le daba confort.
De pronto, en medio de la oscuridad brilló una estrella, su brillo tan fuerte como la luna y en cuestión de minutos, muchos más puntitos aparecieron.
Lo que era la nada volvió a tener sentido, se encontraba frente al cielo nocturno, impoluto y perfecto. La luna tardó en aparecer, pero cuando lo hizo se formó una especie de sonrisa. La primera estrella que apareció era su ojo y la luna sus labios.
—¿Hola? —habló Niniel. Su voz pareció absorbida por la inmensidad y después resonada por todo el mundo.
El rostro de una mujer amable apareció en el cielo, un rostro que le pareció conocido. Sus labios se doblaron hasta formar una “O” perfecta y un viento helado la empujó.
Cayó durante metros y con ello los recuerdos. Poco a poco recordó el olor de la sangre y el dolor en su pecho. Negó varias veces con la cabeza, no quería volver a eso.
—Kara —gritó llamando para que el viniera a rescatarla o se uniera a ella.
A lo lejos la sonrisa de la mujer se ensanchó y durante unos breves minutos, Niniel vio una sombra, una figura masculina que se hacía cada vez más pequeña.
Pegó contra algo sólido y se quedó sin aliento. La sorpresa la obligó a abrir los ojos y se sorprendió de la luz que la recibió.
Su mirada estaba borrosa y su mente se confundía constantemente. Era imposible para ella reconocer si quien le hablaba era hombre o mujer, incluso si era humano. Su mano se extendió hacia ella y un frío invadió su frente. No tardó en caer de nuevo inconsciente.
—¿Estás segura de esto?
De nuevo las voces volvían a llamarla, aunque esta vez fueron más claras. Niniel se concentró en su respiración, permitiéndose solo de vez en cuando mover sus dedos.
Estaba en algo suave, aunque no tanto como su cama. Podía sentir una especie de bolas duras en medio del colchón. Una almohada elevaba su cabeza unos centímetros y el olor de hierbas y mejunjes inundaba su nariz.
Le dolía el pecho y quizá también todo el cuerpo, pero había una especie de dolor que no podía definir, un dolor amargo que parecía conocido, pero no lo era.
—Era la única manera. ¿Lo entiendes?
—No me parece…
—Shh —dijo la primera voz de nuevo —. Está despertando.
Niniel abrió los ojos lentamente y de nuevo la luz pareció vencerla. El techo de paja giró por todos lados y su estómago se revolvió.
Tardó varios minutos en recomponerse, para entonces una mujer humana se había acercado a ella. Su piel era morena, de un delicioso color chocolate, sus ojos le miraban con dulzura y le colocó con cuidado una mano en la frente.
—Hola —dijo con suavidad —. Ten cuidado, todavía podrías sentirte mareada.
Niniel se la quedó mirando, intentando reconocerla. Buscaba en su mente, recuerdos que explicaran por qué estaba allí. Sin embargo, lo último que recordaba…
Apenas llegó a ese doloroso recuerdo se incorporó de golpe. El dolor que se había quedado dormido explotó como una bomba.
—Cuidado —alertó otra voz. Igual femenina.
La mirada de Niniel se nubló y miles de puntitos de colores bailaron frente a ella. Alguien la tomó del brazo y evitó que volviera a desplomarse.
—Suel… sueltáme —dijo con voz débil. Se sorprendió de lo mucho que le costó hablar. Ni se diga intentar moverse.
—Tranquila, estás a salvo —dijo la mujer morena.
Niniel no le creyó. ¿Cómo podía cuándo ni las conocía? Es más, ¿cómo podía si al parecer la habían salvado?
—¿Qué…qui… quieren…? —intentó preguntar, pero su voz se desvaneció y su consciencia casi le siguió
—Fuiste envenenada, solo te salvamos.
Frente a ella apareció otra figura, una… ¿mujer? Quizá era parte de su confusión, pero esa mujer tenía unos prominentes cuernos en la frente. Su cabello se parecía al pelo de Zarin.
—Za… ¿Zarin?
Extendió la mano como para tocarle y ella se acercó. Su mano se apoyó en su cabello, suave, y grueso al mismo tiempo. Su rostro también tenía algo de cordero, una nariz con pliegues de piel y unos labios negros. También tenía algo de humana, sus ojos, por ejemplo, aunque eran castaños, no tenían la pupila horizontal.
—Soy Beeca —dijo haciendo especial énfasis en la be.
Eso la hizo sonreír. Era como Zarin, exactamente igual.
—Lo sé —añadió también sonriendo —. Papá tenía un sentido del humor extraño.
—¿Pa… papá? —preguntó Niniel sin entender.
—Déjala —alertó la morena —. La estás confundiendo.
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Editado: 14.07.2026