Estaba oscureciendo y con ello sus dudas. Se había pasado toda la mañana rememorando lo sucedido. Grabándose hasta el último detalle del rostro de Aboki. Intentaba encontrar la falla de la que tanto le hablaban.
Claramente una pelea con una sacerdotisa no era bienvenida entre ninguna comunidad, menos en una pacifista como esa.
—No usamos los puños —le recalcó Beca mientras le vendaba con paciencia las manos.
Sus nudillos no estaban acostumbrados al contacto físico, es más, ella no sabía pelear. Así que sus puñetazos si bien algo certeros terminaron lastimándole más que a Aisha.
Niniel no se disculpó y por más que buscó en sí misma, la verdad era que no se arrepentía. La dejaron todo el día reflexionando sobre sus actos y ella pasó el tiempo preguntándose cómo había terminado la bolita de veneno ahí.
Cuando la rescataron la última bolita que no había usado continuaba en su bolsillo, es más, ellas le mostraron incautada en una de sus casas. Así que… ¿esa de dónde era?
Podría haber sido la suya, pero ella recordaba haberla mordido. Quería que el veneno actuase rápido. Consideró que fuera parte del baúl de Kara, pero no tenía sentido. No había encontrado sus otras cosas.
Rodó la cápsula de nuevo entre los pliegues del pañuelo. Dejaba manchas oscuras en la blancura de la tela. Estaba algo blanda por la lluvia y la intemperie, pero debía tener todavía efecto.
La puerta se abrió lentamente, como una advertencia para que la guardara. Niniel abrió un cajón rápidamente y ocultó su acción sacando un cepillo.
El olor de pasto con algo de sudor le alertó que era Beca. Respiró más tranquila, aunque no dejó el cepillo. Se miró al espejo y comenzó a cepillar su cabello.
Las hebras de fuego parpadean con las cerdas del peine. Su cabello estaba totalmente enredado, hebras entrelazadas unas con otras. Cada vez necesitaba más fuerza para poder pasar el peine. Poco a poco iba subiendo de puntas a raíces.
—Hola —saludó amable Beca y dejó una bandeja con su comida sobre una silla —. Siempre me ha encantado tu cabello.
Niniel se volteó a verla. Beca le sonrió y aunque ella tuvo la tentación de hacer lo mismo, se resistió. No iba a ceder tan rápido.
—Veo que sigues enfadada —dijo la sacerdotisa y la tomó cariñosamente de los hombros.
Niniel dejó escapar un respingo. Temía que su cabello pudiera hacerle daño.
—Tranquila. Hechizo antipírico —rio Beca levantando sus manos.
En el espejo se notaba ese refulgor violeta de la magia. Niniel retomó su tarea, aunque cada vez se le hacía más difícil mantener la calma. Odiaba como el cepillo se quedaba trabado y no le dejaba continuar, odiaba las hebras enredadas y tener que peinarse. En algún momento, comenzó a jalonearse, rompiendo sus cabellos y dejándolos más enredados en las cerdas.
—Préstamelo, por favor —dijo Beca, deteniendo su mano.
Retiró con cuidado el cabello arrancado y acarició con cuidado su cabeza.
—Es raro —murmuró tomando un mechón —. Veo como se enciende y se mantiene en movimiento para mí es algo imposible coger el fuego y, aun así, el tuyo es sólido.
—Es diferente —concordó la joven —. Un tipo de fuego especial de mi dimensión.
—¿Hay de otros tipos?
—Yo solo he visto dos, pero Kara, él había visto muchísimo.
Beca se quedó callada. Tomó el mechón que había separado y lo cruzó con otro. Sus manos trabajan con cuidado y hasta con ternura.
—¿Todos los hijos del Caos tienen el cabello así?
—¿Enredado?
—Hermoso —replicó Beca, volviendo a cruzar varios mechones.
Niniel no dijo nada más. No quería discutir sobre su cabello, en realidad, no.
En el reflejo veía como Beca trabajaba, hábil y segura, le trenzó una especie de diadema que terminaba en una trenza corta. El resto de su cabello lo cepilló y logró que recuperara algo de su brillo.
—¿Qué pasa cuando lo mojas? —preguntó antes de que diera por terminada su labor.
—Solo se apaga, queda la hebra oscura que lucha por encenderse.
—¿Luchar?
—Sí —dijo Niniel con determinación —. Todo en nosotros lucha.
Beca sonrió con tristeza.
—Sé qué te parece injusto.
—¡Por qué lo es! —exclamó Niniel poniéndose de pie.
—Niniel, tienes que entender que…
—Beca, él es mi amigo. Tengo que saber si es verdad.
Desde que llegó quiso irse. Necesitaba volver al lugar y hablar con Aboki, Tocarlo, abrazarlo, algo. Él era lo único que se sentía como en casa. Lo amaba y se desesperaba por no saber. Simplemente, no podía quedarse sin hacer nada.
—Él también puede ser reformado —añadió casi con desesperación.
—Niniel, no es eso…
—Sí, lo sé —le cortó la joven.
Aisha y muchas otras sacerdotisas sostenían que podía ser una trampa. Bien sabía que Alishco estaba viva y si en algo era experta era en la manipulación. Podía ser simplemente una ilusión para volver a romperla.
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Editado: 14.07.2026