Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XLIII. Tras la niebla

Encontrar el camino nunca había sido tan estresante. Todos los lugares le parecían iguales y tenía la desagradable sensación de estar dando vueltas.

Salir de la comunidad de sacerdotisas había sido fácil. Con la llave abrió la puerta de su habitación y como lo hizo hace muchísimo tiempo, salió corriendo. Dejó que sus pies la guiaran y solo se detuvo cuando se atravesó un pequeño riachuelo.

Caminar por medio de la selva era más difícil de lo que parecía. Las plantas eran más grandes, robustas e incluso intimidantes que en el bosque. Varias veces barrió telarañas con su rostro y se quedó con esa horrible sensación. Afortunadamente su cabello quemaba lo más desagradable.

El suelo tampoco era precisamente fácil, lleno de arena negra, secciones barrosas y huecos escondidos por enormes enredaderas.

Niniel salió alrededor de las 9 de la mañana y sentía que llevaba un año caminando. El sol se había ocultado varias veces por la neblina y una lluvia fina, pero cálida la mojó de cabezas a pies.

Por su mente pasaban miles de escenarios, su corazón boqueaba en cada uno, temeroso de encontrarlo y al mismo tiempo que no. ¿Sería solo un espejismo, una trampa? Le dolía la idea de caer como tonta de nuevo. Ya no sabía si era lo correcto o no.

Kara le había enseñado como orientarse, desde leer el cielo con las estrellas, hasta las reglas básicas para sobrevivir. Ella iba recordando todo eso, fijándose en el musgo, en el viento y en el olfato.

—Cuando no sepas el camino —le había dicho una vez —guíate con el instinto. Nos hicieron para no perdernos.

Niniel ya no estaba segura de eso. Se sentía tan perdida, sin saber en quién confiar, ni tener a nadie en quién apoyarse. En ese momento fue cuando más extrañó a Kara. Extrañaba que él fuera su faro y que sus brazos fueran su refugio.

—¿Dónde estás? —murmuró para sí misma.

Se moría de ganas de al menos tener a su fantasma. Una despedida, eso era lo único que quería y todo se había complicado de nuevo.

Se detuvo un momento para tomar aliento, le dolía la cabeza y tenía ganas de llorar. Buscó en su bolsillo la pequeña piedra lunar que había robado del santuario. Sentía que era la única conexión física con Yamal.

Acarició su superficie, dejando que sus dedos descubrieran los pequeños grabados y finos detalles.

—¿Alguna vez la buscaste? —preguntó. Llevándose la piedra a los labios.

No esperaba ninguna respuesta. Solo quería desahogarse.

Un calorcillo cómodo brotó de la piedra y acarició sus labios. Parecía estar vibrando. Luchando por darle una respuesta. Niniel se apresuró a susurrar una oración y esperó pacientemente.

Esta vez no hubo visiones, ni palabras. Solo una caricia en el corazón y una brisa que le señaló un camino entre los árboles.

—Gracias —murmuró la joven apretando la piedra sobre su pecho.

Tardó unas horas más en llegar al tan lamentado acantilado. Estaba igual de sombrío como lo recordaba. Lleno de lodo y podredumbre.

Niniel se detuvo un momento, volviendo a buscar cualquier pista de Karanthir, su armadura, su espada, cualquier cosa. Comenzó tranquila, pero pronto se dejó llevar por la desesperación y la ira.

Tomó un puñado de barro y lo arrojó con furia contra el suelo.

—¿Por qué? —gritó.

Si él tenía que morir, ¿por qué al menos no le dejó algo para recordarlo? ¿Para sentirlo cerca?

Las lágrimas cayeron por sus mejillas y su llanto silencioso se convirtió en verdaderos sollozos. Desde que perdió a Kara, jamás había llorado tanto y tan abiertamente. Por fin, entendía las palabras de Yamal.

Lloró cerca de una hora, cuando al fin se secaron sus lágrimas y tuvo fuerzas para volver a levantarse. El cielo se estaba tornando oscuro, recordando que la tarde se acababa. Ya no tenía mucho tiempo.

Se secó las lágrimas como pudo y buscó entre las ramas de los árboles. Sus ojos le ardían, pero trataba de no perderse detalle.

—¿Aboki? —llamó con cuidado. Adentrándose más a la selva. Justo donde lo había visto.

Lo llamaba y esperaba cualquier ruido. Varias veces creyó escucharlo y solo se encontró con aves que la miraban vigilantes.

Conforme iba pasando el tiempo, se sentía más sola y tonta. Un espejismo, eso era lo que había sido.

Se apoyó en un árbol y miró de nuevo a su alrededor. Iba a intentarlo una última vez. Un último grito desesperado.

—Aboki. Sé que estás vivo. ¿Dónde estás? —gritó con una convicción que no sentía.

Esperó cinco, diez y quince minutos. Nada. Sintió una repentina debilidad en las piernas y una ira inexplicable le llevó a darle un puñetazo al árbol. ¡Todo era tan…! Ya ni siquiera podía definirlo.

Dio unos temblorosos pasos para alejarse y entonces escuchó un grito lejano. Apenas un susurro entre las hojas. Se volteó rápidamente y distinguió un cuerpo ágil moviéndose entre las ramas.

—¿Aboki? —susurró con el corazón en la garganta.

El muchacho se bajó con rapidez y en un parpadeó la rodeó con sus brazos.




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