La caída fue un torrente de confusión, dolor y miedo. Uno de los monos seguía colgado de su cuello, luchaba por liberarse, pero su mandíbula se había trabado.
Aboki reaccionó por instinto y creó a su alrededor un escudo de fuerza vital. Cayó de lado, justo sobre el mono.
El impacto se sintió como una explosión que atravesaba su costado y se extendía por todo su cuerpo, incluso pudo jurar que todos sus huesos se sacudieron. El mono murió al instante, su cabeza aplastada por su peso y su sangre cubriéndole el pecho.
Aboki pensó que moriría, no podía moverse, su visión se volvía borrosa y luchaba contra la sensación de dormirse. Su vida pasó frente a él, su padre reprochándole sobre su inutilidad, sus compañeros torturándolo en silencio con golpes, insultos y una que otra apuñalada. Miró a Niniel abrazándolo y a Karanthir aceptándolo como un hermano. Los últimos recuerdos parecían ser de otra persona, alguien que no era él. Porque él no se lo merecía.
En algún momento se rindió al sueño, sus ojos se cerraron y sus oídos solo percibían un pitido agudo que invitaba a dejarlo todo atrás. Eso era lo último que recordaba.
Lo siguiente era el dolor, la sensación de inmovilidad que le aferraba el cuello. La forma de una mano que apretaba con fiereza y controlaba la hemorragia. Intentó abrir varias veces los ojos, pero su mente divagaba. Saltando de falsos sueños a recuerdos vívidos e ilusiones donde él seguía luchando.
Poco a poco fue siendo más consciente de su cuerpo, escuchaba a sus pulmones silbar y su respiración entrecortada, su corazón latía desbocado. Comenzó por ahí, por obligarse a calmarse.
Comenzó a respirar por la nariz, intentando ignorar el dolor en su pecho, el aire entraba y salía. Muy fácil. Cualquier otra cosa era innecesaria. Solo el aire. Mientras más calma conseguía más clara se hacía su mente. Recordó la mirada de Karanthir antes de arrojarlo. Lo había hecho para protegerlo, para que tuviera un mejor final.
Abrió los ojos de golpe y se encontró frente a una figura desconocida. Se trataba de un joven delgado y ciego. Sus ojos brillaban lechosos y su nariz se movía como la de un perrito. Su mano estaba cubierta por sangre y sujetaba todavía su cuello.
—¿Q…Qu…? —el sonido salió apagado y una oleada de sangre inundó su garganta. Luchó contra la sensación de ahogamiento desesperadamente.
El joven bajó su mirada y dejó de presionar. En su pecho brillaba un amuleto con un símbolo. Un símbolo que en ese momento Aboki no reconoció.
—Tranquilo —murmuró —. Hoy no morirás.
Le dio más espacio y lo ayudó a sentarse. El mundo dio vueltas varios minutos y casi llevaron a Aboki a desmayarse de nuevo. Sin embargo, el desconocido colocó su mano sobre su frente y calmó todo el mareó.
—¿Qué? —volvió a intentar preguntar, pero su salvador le calló.
—Shhh. Están cerca.
Aboki se puso en guardia. Temía a los monos, a Alishco y en realidad, a cualquier cosa.
Estaban escondidos tras un denso matorral, se acomodó mejor y se atrevió a echar un vistazo afuera.
Un disco brillante transportaba a dos mujeres, una morena y la otra algún tipo de híbrido con sátiro. Entre ambas llevaban un cuerpo.
—¡Niniel! —murmuró sorprendido. Quiso lanzarse a ayudarla, pero el joven ciego lo sujetó de los hombros.
—¡No! —gruñó —. No podremos hacerles frente.
Una de las mujeres, se volteó a dónde estaban y el ciego murmuró algo. Debió haberlos escondido porque la mujer apartó la mirada. Mientras tanto, la otra hablaba.
—No podemos dejarlo —dijo mirando un poco más allá.
El cuerpo de Karanthir permanecía inmóvil, con el rostro volteado hacia el otro lado. Aboki se removió y de nuevo, el joven lo sostuvo.
—Es un hijo del Caos —replicó la morena.
—Ella también —dijo la otra, señalando a Niniel.
—Es diferente y lo sabes.
La híbrida no parecía convencida volteó a ver a Karanthir y a Niniel.
—Apresúrate —dijo la morena subiéndose sobre el disco y jalando el cuerpo de Niniel.
—No creo que sea lo correcto.
La morena se enfadó y bajó de un salto. Miró hacia el cuerpo y con un movimiento creó una esfera brillante.
—Bien. Entonces lo mataré.
—¡No! —gritó la híbrida y Aboki.
El joven le lanzó un puntapié y movió su mano para callarlo.
—No lo permitiré —murmuró el desconocido en un intento para tranquilizarlo.
Para entonces la híbrida había agarrado la muñeca de la morena y jalado. El orbe brillante voló hacia Kara y le hubiera dado si no intervenía el ciego. Cerró el puño y el orbe estalló antes de tocarlo.
Ninguna de las dos pareció darse cuenta. Estaban discutiendo a gritos.
—¿Cómo te atreves? —decía la híbrida —. Él todavía está vivo.
—¡Está agonizando! Le estaría ayudando.
—Lo ayudarías si lo lleváramos.
—Sobre mi cadáver. No dejaré que un hombre entre a nuestro santuario.
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Editado: 14.07.2026