Ya no estaba segura de que fuera un sueño o una pesadilla. Había tanto que entender… Niniel se sentía pesada, con un dolor en las tripas que la obligaba a moverse por todas partes.
La habían dejado en lo que parecía ser una salita de estar. Tenía múltiples muebles y muchos parecían cómodos y mullidos. Alfombras peludas y calientitas se extendían por todas partes. Ella estaba sola.
Afuera un concierto de aullidos se elevaba hacia una media luna que parecía burlarse de ella. Niniel cerró las cortinas irritada, no quería pensar. Solo quería…
Tomó asiento en uno de los sillones y una nube de pelo azotó su nariz produciéndole estornudos. Era lo más normal que le había pasado esa noche.
La historia de Aboki saltaba todavía en su mente. Las sacerdotisas… ellas habían… La idea le parecía incompatible. No podía ser qué ellas también fueran malas. Al menos, Beca no lo era. ¿O sí?
Agarró la piedra de la luna y la miró a la luz de las antorchas. Era tan brillante y blanca, pura, algo que al parecer nadie era. La apretó con furia y la guardó en el mismo bolsillo donde tenía la bolita de veneno.
El veneno le recordó lo que más temía y ansiaba. Kara… Aboki decía que estaba vivo, pero… ¿eso era posible?
Sin saber que más hacer se cubrió la cara con las manos. Deseaba que el mundo se detuviera un momento, o mejor aún, quería que ya no le mintieran. Así no estaría tan confundida.
Un golpeteó en la puerta la alarmó. Se puso de pie de golpe y su corazón dio un vuelco. ¿Sería él? Se quedó inmóvil, mordiéndose el labio, esperando sentir ese dolorcillo que revelaba que no era un sueño.
—¿Puedo? —preguntó una voz femenina.
Niniel sintió como si su cuerpo se desinflara y un gemido de dolor se escapó de su alma. Sin esperar respuesta abrió la puerta y entró una mujer mayor.
Era de estatura baja con unos ojos celestes brillantes, todo su cuerpo estaba arrugado, especialmente su cara. Además, hermosas líneas rojas y negras pintaban patrones en su piel. Su cabello era largo y negro como la noche completamente liso. Tenía una pluma decorando su cabeza y un collar de dientes en su cuello.
Al verla le sonrió mostrando sus dientes ligeramente amarillentos e incompletos. Niniel retrocedió algunos pasos. No quería conocer a nadie, ni escuchar historias confusas que la hicieran dudar más.
—¿Hablas? —preguntó añadiendo algunas otras palabras en lengua común.
—Poco —respondió Niniel secamente.
Kara le había enseñado lo básico y le había prometido que algún día lo dominaría. El recuerdo le arrancó otro sollozo. Sentía que la herida que había comenzado a cicatrizarse se abría de nuevo y esta vez con más dolor.
La anciana asintió y se acercó a la ventana. Volvió a abrir las cortinas para irritación de Niniel.
—¿Dónde está? —preguntó ella impaciente. Él era el único que le importaba.
La mujer tarareó algo en voz baja y con parsimonia se sentó al borde del sillón. Niniel se cruzó de brazos.
—Te llamas Niniel, ¿no?
La hija del Caos asintió.
—Soy Aelia y esta es mi —, se detuvo buscando la palabra —comunidad.
Niniel asintió. Eso la traía sin cuidado.
—¿Dónde está? —volvió a preguntar, un poco más irritada.
—Pronto lo verás.
—Lo quiero ver ahora —añadió Niniel y recibió una mirada aburrida de Aelia. Lo que la hizo enfadar más.
—Mira —dijo suspirando —yo…
Se detuvo no sabía como decir lo que quería en lengua común.
—Lo sé. Todos lo hacemos.
Un rubor extraño y casi olvidado se subió por sus mejillas. Se sentía expuesta. Apartó la mirada avergonzada.
—Aktor, él… lo trajo —dijo Aelia.
Niniel no tenía que ser un genio para adivinar que Aktor era el nombre del lobo ciego.
—Tu hombre lo salvó.
De nuevo sintió que le ardían las mejillas. «Su hombre» era tan dulce e inexacto. Reabría más su herida y aumentaba su desesperación.
—Aktor es un elegido.
—¿Elegido? —preguntó ella sin entender la palabra
—Por la Diosa, por Yamal —respondió Aelia con tranquilidad.
Niniel quiso taparse los oídos y no escuchar más. No le interesaba. ¡Ya no! No quería saber más sobre dioses, sacerdotisa, ni nada. Solo quería tener de vuelta a Kara e irse con Aboki. ¿Era mucho pedir?
—No me importa —murmuró. Sacó su piedra de la luna y la arrojó con furia al suelo.
Se quebró en mil pedazos. Irónicamente eso era lo que sentía. Aelia se quedó mirando los trozos y se agachó para recogerlos.
—Yamal tiene muchos rostros —dijo y Niniel le dio la espalda. ¿Acaso no entendía? —. Las sacerdotisas que te… ¿ayudaron? Son diferentes.
—¿Cómo? ¿Mienten menos? —refunfuñó la joven.
Aelia dejó escapar una risita nerviosa.
—Niña… —murmuró con compasión. Niniel se volteó a verla furiosa.
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Editado: 14.07.2026