La muerte era un infierno frío, tan helado que no podía describirlo y eso que apenas la tocó. Karanthir no lograba sacarse ese frío del cuerpo, no había manta, ni fuego que lo salvara.
Era una locura, pero recordaba exactamente el momento cuando su corazón se paró. Fue tan… sencillo. No hubo trompetas celestiales, ni tiempos detenidos. Sucedió tan natural. Un momento latía y al otro no.
Karanthir tenía la manta más gruesa sobre los hombros y arrojó con cuidado unas semillas secas. Ardieron durante un segundo convirtiéndose en pequeñas bombas. Las lenguas de fuego se removieron y quisieron acariciarlo. Él no pudo evitarlo y acercó su mano.
El fuego lamió su dedo y el dolor agudo le advirtió que lo retirara, sin embargo, no había más. No había calor. Apretó los dientes y se apartó furiosos.
Hace unos días que había despertado y todavía no se sentía completamente vivo. Tocaron a su puerta y pronto entró Aboki.
Tenía una sonrisa enorme, una que no había visto desde…. Suspiró. Eso tampoco lo sentía. No encontraba nada en qué aferrarse. No sentía más que frío.
—¿Qué tal te fue? —preguntó por cordialidad.
Aboki le había dicho que salía para buscar su espada. A el capitán eso le traía sin cuidado. Su espada… ya no representaba nada para él.
—Mejor de lo que creyeras —dijo él con voz misteriosa.
Karanthir se acomodó mejor la cobija y se apretujó contra ella. Solo quería dormir.
Era lo que había querido desde que despertó. Su camino para volver a la vida se repetía una y otra vez en su mente.
Recordaba poco de sus últimos momentos en la tierra, recordaba a Niniel y sus preciosos ojos, algo cálido que resbalaba sobre su mejilla y un susurro inentendible. Ni siquiera recordaba el dolor. Quizá su cuerpo ya estaba más allá de eso.
Después su cuerpo, su alma, su mente, fuera lo que fuera, apareció frente a una luna enorme. Recortada en forma de sonrisa y una estrella como su ojo. La contempló muy poco porque pronto apareció Niniel.
Esa era la parte más tortuosa, no pudo moverse, ni siquiera gritar. Parecía estar sujeto por cadenas invisibles. Por más empeño que le puso no se movió ni un centímetro y vio como Niniel era tragada por un océano gigante.
Solo entonces pudo moverse, pero lo único que pudo hacer fue caer de rodillas. No quería dejarla sola. Toda su vida se había preparado para la muerte. Nunca para dejar a alguien atrás. Niniel no debía enfrentar todo sola. Mucho menos a Alishco.
La luna se escondió muy rápido y lo dejó en la oscuridad. Solo entonces comenzó el frío.
Ráfagas de aire helado que golpeaban su cuerpo. Estaba desnudo y no tenía nada con qué protegerse. Por más que intentara encontrar refugio, el frío continuaba atacándole.
—¡Basta! —gritó con todas sus fuerzas. Sin embargo, no podía luchar contra la naturaleza.
Su corazón se detuvo y se vio a sí mismo. Aboki no estaba con él. Tampoco Niniel. Solo Aktor.
El licántropo llevaba un pergamino entre sus dedos y leía rápido y desesperado. Tocó su pecho y su cuerpo se agitó. Karanthir apenas sintió algo. Una especie de cuerda que lo jalaba de ese plano.
Aktor lo repitió y la segunda vez se sintió más fuerte. Estaba seguro de que un intento más y podría volver. Sin embargo, el joven bajó las manos y enrolló el pergamino.
—Lo lamento —musitó.
Se acercó a su cuerpo y cerró con cuidado sus párpados.
—¡No! —gritó Karanthir, intentando golpear su invisible prisión. Era como si estuviera viendo todo tras una ventana. Incapaz de acercarse —. Aktor, no me dejes.
El licántropo se detuvo y sus ojos ciegos lo miraron. Tomó el amuleto en su cuello y lo rompió entre sus dedos.
—Esto es lo último que puedo hacer —dijo mientras una luz demasiado brillante se desparramaba por la habitación —. Te va a doler y mucho.
Karanthir se mantuvo firme y dejó que la magia lo envolviera.
Se encontró de nuevo frente a la luna, sin embargo, el viento se había convertido en una tormenta. El suelo era de hielo y todo estaba congelado.
—Karanthir —llamó la luna. Su voz apenas un susurro —. ¿Por qué quieres vivir?
Sus palabras fueron como cuchillas que golpearon su piel. Cayó hacia atrás y su mente se arrastró por un vórtice de locura.
Apareció frente a su padre. Él sostenía entre sus brazos a un bebé. Sostenía un biberón contra sus labios y murmuraba para que se callara.
—¿Papá? —llamó, intentando alcanzarlo.
Su padre no lo escuchó. Dejó a un lado el biberón y suspiró.
—¿Qué haré contigo? —preguntó cargando al bebé que no paraba de llorar —. Tengo miedo.
¿Miedo? Eso no era algo compatible con su padre. Él siempre había parecido tan bueno, víctima de las circunstancias, pero ahora, ahora quizá se daba cuenta de algo. Era tan mortal como él.
Ese pensamiento pareció desencadenar el frío, la habitación cálida y amorosa se convirtió en el infierno de hielo. Karanthir supo que no debía dejarle avanzar.
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Editado: 14.07.2026