Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

XLVII. Pizca de calor

Niniel dio un saltito hacia atrás para permitir que la puerta se abriera. Su corazón martilleaba su pecho y su cuerpo se sentía rígido como si no fuera suyo.

Estaba acompañado por Aboki, pero Niniel no se fijó. Solo podía mirarle a él.

Su rostro era el mismo y al mismo tiempo no lo era. Una cicatriz horrible le cruzaba la mejilla izquierda, desde el límite inferior de su mandíbula hasta cerca de su oreja. La piel se veía arrugada, tensa en cierta forma. Estiraba sus labios de una forma extraña como si tuviera siempre una mueca.

Sus ojos, aunque azules como siempre, tenían un brillo apagado, sus ojeras se extendían como crueles sombras moradas y uno de sus párpados parecía no encajar del todo.

Sus miradas se encontraron y ninguno dijo nada. Tampoco se acercó. Él movió su cabello como si intentara ocultar sus heridas. Fue entonces cuando Niniel reaccionó.

Acortó la distancia y con cuidado, casi temerosa de que Karanthir desapareciera entre sus dedos, lo tocó. Justo sobre la cicatriz, recorriendo con sus dedos toda su superficie. Él sujetó con cariño su mano, aceptando la caricia.

Su piel ardía como si tuviera fiebre. Eso la asustó y la hizo dar un respingo. Quiso decir algo, pero no encontró las palabras. Karanthir comenzó a acariciar el puente de su nariz.

Durante la batalla se había quebrado y ahora tenía una nariz con una extraña curva, una especie de nudo indicaba donde se rompió y desviaba. Sus dedos eran cálidos y ásperos. Justo como lo recordaba.

Poco a poco sus frentes se toparon. Ambos incapaces de confiar en que fueran reales. Niniel lo sentía, lo olía, lo escuchaba respirar y aun así temía que al cerrar los ojos todo desapareciera.

—Niniel —murmuró él con suavidad rodeando su nuca y acercándola más.

El corazón se le desbocó más, si acaso era eso posible. Se olvidó como respirar y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Te extrañé tanto —dijo quebrándose al fin.

Sus brazos le rodearon su cintura y la abrazó con cuidado. Ella hizo lo mismo alrededor de su cuello. Permitiéndose distinguir ese olor salado y ligeramente a cenizas que la volvía loca.

—No quiero despertar —murmuró escondiendo su rostro en su cuello y dándole un beso tierno en la piel.

Karanthir le dijo algo que ella no entendió. No podía ignorar su mano acariciando su cabello y el calor que parecía renacer de su alma media muerta.

Se echó a llorar en sus brazos, incapaz de controlarse.

Un rato después, se sentaron en la sala común. Niniel se aferraba a su mano con desesperación. Él le contaba todo lo recordaba. Su mirada le evitaba y varias veces divagó como si hablara consigo mismo.

Aelia y Aboki los miraban con ternura. Esperando a que Karanthir terminara su relato. Aunque Niniel sospechaba que ellos ya lo sabían.

—Todo eso sucedió hace solo dos días —añadió Aboki cuando Karanthir se quedó en silencio —. El resto de los días pasó en coma.

—¿Coma? —preguntó Niniel asustada. Jamás había escuchado ese término.

—Aktor suspendió su mente. Dejando solo que el cuerpo se recupere.

Eso no sirvió para nada. Niniel se quedó más perdida. Se apoyó más contra Kara y él la envolvió con sus brazos.

—Eso no importa —murmuró Kara —. Ya estoy bien.

Niniel apretó más su mano y deseó que fuera cierto. Aunque había algo en su voz que le alertaba que ocultaba algo.

—Hmm —dijo Aelia aclarándose la garganta y volviendo a la lengua común —. Hay cosas que discutir.

—Hoy no —dijo firmemente Karanthir —. Déjala descansar.

Se cruzaron miradas, pero al final Aelia accedió.

—No creo que sea diferente a tu anterior rutina —dijo a Niniel.

La joven no entendió algunas palabras, pero Aboki amablemente se las tradujo.

—Se refiere a que dormimos durante la mañana y comenzamos actividades en la tarde —añadió contento.

Después de eso se despidieron y Niniel siguió a Karanthir por una serie de casuchas y lobos que todavía bailaban ante el cielo. Ella se sentía como en un sueño. Todo parecía borroso y confuso, menos él. Aunque de vez en cuando cerraba los ojos y los abría rápido para asegurarse que él no desapareciera.

Llegaron ante una casa de un solo piso con el techo de paja y el piso de tierra. Sus paredes eran de caña o algo parecido. A Niniel le pareció muy agradable, incluso romántico.

—Aquí puedes quedarte —dijo Karanthir abriendo la puerta.

Adentro había varias colchas peludas y muchas vasijas y decoraciones del pueblo lobuno.

Niniel entró sin soltar de la mano al capitán. Él se vio sorprendido y por primera vez desde que se reencontraron sonrió.

—Quédate conmigo —le dijo ella. Su voz quería sonar algo coqueta, pero salió como un susurro desesperado.

Él la miró sorprendido y giró ligeramente la cabeza.

—Tengo miedo de que al despertar… todo… se haya ido —aclaró con sinceridad —. Por favor, quédate conmigo.




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