El silencio de la noche se veía interrumpido por los cánticos de las sacerdotisas. Eran más de una docena y parecían estar en un estado divino donde su cuerpo era más un reservorio de poder que otra cosa.
Aboki se mantenía quieto observando antes que actuando. Utilizaba el ambiente para esconderse. Su cuerpo delgado desaparecía bajo la hierva alta y su respiración se mezclaba con el viento.
Su mirada abarcaba más de cincuenta metros, lo que le hacía el candidato óptimo para encontrar a su presa. Karanthir y Niniel se encontraban preparando el lugar para el interrogatorio. Una pequeña cerbatana esperaba entre los dedos del joven. Dentro un solo dardo envenenado.
Esa noche no había luna llena, sin embargo, mientras más cantaban las sacerdotisas una luz etérea y blancuzca se abrió en el cielo. Rayos invisibles bañaron el altar de piedra y durante un segundo todas se quedaron en silencio.
Una mujer alta con la piel blanca como la muerte se puso en pie y elevó un medallón parecido al de Aktor. La luz se absorbió por completo y devolvió a la noche su color. Aboki se quedó sin aliento. Eso había sido asombroso.
Había presenciado los rituales lupinos con sus aullidos y gruñidos. Sin embargo, esto estaba a otra escala. Había más estructura en sus interacciones. Se sentía más ensayado que espontáneo. Entendió por completo porque Niniel se había quedado con ellas.
Tardó un par de minutos en adaptar su vista a la nueva oscuridad. Utilizaba su energía vital para vencer sus propias limitaciones físicas. Algo aprendido en el gremio de exploradores. Mientras tanto, repasaba todas sus emociones e intentaba apartarlas.
Durante días se había sentido muy solo y como gritó Niniel, hace poco, también perdido. La familia que había encontrado se había vuelto un espejismo y recuperarla lo hacía sentir nervioso, incluso temeroso a volver a perderla.
Kara actuaba como un general, hablando de probabilidades y planes que no consideraban las emociones. Aboki no podía culparlo, entendía a medias sobre su problema. Solo que… todo se sentía tan diferente.
El movimiento de las sacerdotisas lo sacó de sus cavilaciones. Comenzaban a bajar la colina y sus ojos buscaron a su víctima.
Según Niniel su nombre era Beca y era la más razonable. Aboki no tardó en encontrarla, era de las pocas híbridas. Su cabello esponjoso y blanco destacaba sobre la marea de cabelleras castañas y negras. Bajaba sola, lo que le daba ventaja al joven.
Medio a gatas avanzó despacio sobre la hierba. Su arma estaba mejorada mágicamente por los exploradores. Así que tenía un rango de alcance de treinta metros con un tubo de apenas sesenta centímetros. Levantó la cerbatana hasta sus labios. Conocía bien el sabor de la madera de su dimensión, un sabor casi metálico que anunciaba la muerte.
Ese recuerdo le arrancó una mueca. No le gustaba ese regusto. Es más, lo detestaba. Después de que Aktor lo salvara se pasó con ese sabor por semanas. Incapaz de pensar en otra cosa que todo lo que había perdido.
Esos fueron los peores días. Quizá por eso comenzó a volver al lugar donde había perdido. Recorría el acantilado, los árboles y pateaba los esqueletos de los monos. Se habían consumido con demasiada premura. En menos de un mes, no quedaba más que el recuerdo, pero eso era suficiente.
Aboki se rascó su cicatriz. A veces le picaba, sobre todo cuando estaba nervioso. Sus uñas rascaron el relieve a la altura de su clavícula. Uno de los dientes se había clavado profundo y le había dejado una especie de agujero relleno de tejido cicatricial duro que todavía le dolía.
Beca llegó hasta el final de la colina y se detuvo. Parecía buscar algo o quizá presentía que la observaban. Aboki esperó pacientemente. Contando en silencio para tranquilizar su respiración y de paso también su mente. Alrededor de la mujer quedaban pocas sacerdotisas. Todas se dirigían hacia la capilla. Él tenía que evitar que se acercara.
Emitió un silbido de pájaro y uno cerca de Beca le contestó. La sacerdotisa pareció tranquilizarse y continuó su camino. Aboki respiró profundo y disparó.
Acertar con una cerbatana era un arte. Había que calcular la distancia, el viento, la fuerza del impulso y por supuesto, la caída de la presa. El dardo golpeó con relativa fuerza en el pecho de Beca. La joven debió haber sentido un dolor semejante a la picadura de una abeja.
Se rebuscó el lugar dónde le dolía y abrió los labios para lanzar una advertencia, pero ya era tarde.
Aboki acortaba a toda velocidad la distancia que los separaba. Entrenado para que incluso en sus carreras fuera silencioso. No tuvo problemas en saltar sobre ella. Le tapó la boca y con su propio impulso la escondió entre los arbustos.
El vuelo de los pájaros enmascaró cualquier ruido o movimiento que los delatara. La sacerdotisa se sacudía entre sus brazos. Movía sus manos con desesperación, pero cualquier hechizo que quisiera lanzar fue inútil. Su mente ya había sido alcanzada por el veneno. Pronto dejó de moverse.
Aboki aprovechó para arrastrarla y al mismo tiempo cantó la nota acordada. El principio de una canción de cuna que de alguna forma se había convertido en el símbolo de Karanthir.
Avanzó solo unos diez metros cuando Kara y Niniel aparecieron.
—¿Sin problemas? —preguntó Kara tomando a la sacerdotisa por los hombros y levantándola.
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Editado: 14.07.2026