Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

LII. Porque amas tanto

El calor dio lugar al frío. El viento comenzó a zarandear todo lo que tenía cerca. Los forrajes tupidos y la vida se fue reduciendo a un paisaje desolado con poco más que piedra volcánica.

Ya no había espacio para relajarse, su marcha se había tornado en un desfile solemne que bailaba entre la derrota y la victoria. Sus pausas cada vez se hacían más reducidas y aunque Niniel sabía que era imposible, le parecía que Karanthir estaba más preocupado.

De hecho, se había vuelto un capitán muy exigente. Los levantaba antes del amanecer y no los dejaba detenerse a menos que fuera estrictamente necesario. Aboki dejó de aventurarse demasiado lejos e incluso Beca se mantenía cerca del grupo.

Niniel evitaba pensar en la futura pelea. Así que se concentraba en vigilar a Beca. Todavía no le había perdonado y evitaba a toda costa dirigirle la palabra. Aunque con el conflicto tan cerca tenían que practicar los hechizos y la estrategia que llevarían a cabo.

Era ya de noche y el resplandor del portal quitaba la oscuridad a la noche. Un día era todo lo que necesitaban para llegar a Alishco. Niniel sentía un escalofrío que le sacudía el cuerpo y la mantenía alerta. Estaba esperando que Kara y Aboki regresaran de su vigilancia.

—¿Crees que ella lo sepa? —preguntó Beca sin mirarla. Estaba lo suficientemente lejos para no incomodarla.

—Claro que sí —respondió Niniel sintiendo una punzada de miedo en las tripas —. Ella nos está esperando.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó a su vez la sacerdotisa.

Niniel se encogió de hombros, quería ignorarla, pero lo cierto era que hablar se sentía bien. Al menos evitaba que ella se volviera loca por el miedo.

—La conozco —dijo tomando un puñado de arena y lanzándolo contra el suelo. No había olvidado todas sus amenazas.

—Ella te crio, ¿verdad?

Niniel cerró los ojos. Le molestaba esa idea. Las sacerdotisas e incluso Kara tenían un respeto, incluso amor por quienes los criaron. Ella no. De hecho, no le gustaba esa palabra para describir su relación con Alishco. Criar parecía estar enfocada más en cuidarlos durante la infancia y adolescencia. Alishco nunca había hecho nada de eso.

—Si te refieres a que la conozco desde que tengo memoria, pues sí.

—¿Qué es ella para ti? —preguntó Beca después de un rato en silencio.

—¿Por qué preguntas todo esto? —respondió Niniel irritada.

Lo último que quería era tener una charla sobre Alishco. Ya era bastante estar contando las horas para enfrentarla.

—Solo quería saber —dijo en un susurro tímido.

Eso encendió esa llama de molestia que siempre tenía en su pecho cuando hablaba con ella.

—Pues no deberías —respondió enfadada —. No quiero que sepas más de mí.

Beca alzó la cabeza y la miró con esos ojos tristes. Los que hacían temblar su ira y de alguna forma apaciguaba. Era tonto, pero a Niniel le parecía encontrar sinceridad en ese gesto.

—Sé que no me vas a escuchar —dijo Beca rápido —, pero lo siento. Me equivoqué en todo. Nunca debí mentirte.

Niniel no supo que contestar. Se había quedado sin aliento. Beca se había disculpado muchas veces, intentando darle excusas sobre su actuación, pero todas se sentían falsas. Esta no.

—No puedo responder por Aisha, ni por las demás —continuó la sacerdotisa frente al silencio de la joven —. Solo por mí y por eso, te pido perdón.

Su voz rezumaba tristeza con un toque de desesperación. Niniel recordó algo que lo tenía muy escondido.

Era durante su estancia con las sacerdotisas, uno de esos días que no podía hacer otra cosa que llorar. Aisha quería que asistiera a la ceremonia de la tarde, pero Niniel ni siquiera tenía fuerzas para levantarse. Sentía un dolor agonizante que no podía curar.

Aisha se afanaba con regañarla y obligarla a levantarse, pero Niniel solo veía su figura moviéndose. Su mente estaba en un plano anestesiado donde todo pasaba y nada se sentía.

Beca había intercedido y obligado a la otra a irse. Se quedaron las dos solas. Ella se sentó en el borde de la cama y se recostó a su lado. Su cuerpo cálido compartiendo silencio. Sin obligarle a nada.

—Día malo, ¿no? —le preguntó en susurros. La joven apenas pudo asentir.

—Yo también he tenido esos días. Está bien.

—No se siente bien —le respondió con la voz rota y ronca —. Ya nada se siente bien.

Así se sentía su relación ahora. Una amistad desdibujada. Algo en esa imagen la hizo recordar a la piedra lunar que descansaba en su bolsillo. También rota. Ella había estado así y aunque no había vuelto a ser la misma, seguía ahí.

—¿Alguna vez pensaste en contarme la verdad? —preguntó Niniel dejando por primera vez la oportunidad de abrir un diálogo.

Los ojos de Beca se iluminaron y se acercó rápido a ella. La tomó de las manos y las junto hacia su pecho.

—Todos los días a todo momento. Te veía sufrir y… Solo tenía miedo de herirte más. No sabía lo importante que era Kara para ti hasta que…

—Me conociste —terminó Niniel asintiendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.