Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

LIII. Rota y rearmada

El día era oscuro plagado de nubes negras y un cielo que tronaba. Era un escenario digno para un final. Fuese el que fuese.

Niniel caminaba como le habían intentado enseñar mostrando: Belleza, seguridad e indiferencia. Enfocada únicamente en la figura que se alzaba ante ella.

Un trono de piedra creado desde el mismo suelo se elevaba como una fortaleza. Alishco permanecía imperturbable con la espada de Kara en su mano izquierda y el cordero bajo sus pies.

—Llegas tarde —dijo cuando Niniel se acercó lo suficiente.

Bajó de un salto de su trono y se colocó frente al portal.

Era idéntico al de su dimensión. Enorme con el fulgor azul y miles de colores girando. La esperaba desde que empezó la peregrinación. La magia la llamaba, prometiéndole que del otro lado no habría más dolor.

—Al fin encontré mi camino —respondió Niniel mirándola.

—Por un momento pensé que tendría que buscarte —dijo Alishco con una mueca.

—Me alegro de que no lo hicieras —respondió dando un par de pasos hacia ella.

Quedaron separadas por un metro y medio. Niniel podía oler su detestable perfume, el que la había perseguido por los largos pasillos de su juventud.

—¿Entonces al fin te diste cuenta? —preguntó burlona, recorriendo con su mirada todo su cuerpo —. ¿Te enteraste quién te mentía?

—Sí. Lo sé todo —contestó serena.

—No soy la única cruel en este mundo —dijo Alishco con una sonrisa.

—Lo sé —murmuró la joven.

—Bien, entonces podemos continuar.

Extendió el brazo y bajó con magia al cordero. Estaba atado por las extremidades y su hocico se mantenía sellado por unas cuerdas horribles. Niniel luchó contra el deseo de correr hacia él.

Los ojos de Zarin se abrieron de par en par al reconocerla y su pequeño cuerpo luchó contra las ataduras. Había tanto miedo y esperanza que Niniel apretó los puños. ¿Cómo alguien podía ser tan cruel con un animalito?

—Esperaba que Karanthir sobreviviera más —dijo Alishco, ignorando la evidente ira de su pupila —. No obstante, tengo esto. Un…

—Símbolo —completó Niniel.

—Sí, un símbolo de debilidad.

Tomó al cordero entre sus brazos y con poca ceremonia lo lanzó al suelo. Zarin se quedó sin aliento y la joven sintió como la bilis subía por su garganta. Se moría de ganas por estamparle un puñetazo a su antigua mentora.

—Solo mátalo y podremos continuar —dijo la alta sacerdotisa.

—¿Por qué crees que te seguiré? —preguntó Niniel permaneciendo inmóvil en su sitio.

—¿Por qué? Porque estás sola —puntualizó Alishco con soberbia —. Ya no está tu amante y tus salvadoras resultaron peores que yo. ¿Qué vas a hacer en un mundo que no deja de mentirte?

—No es que tú seas mejor.

—Es cierto. Soy peor, pero nunca te he mentido.

En eso tenía razón. Alishco no tenía razón para mentirle. No era necesario. Desde siempre te mostraba que cualquier trato con ella terminaría en cualquier momento. No tenía que ocultar nada.

—Cierto —murmuró Niniel y se arrodilló al lado de su cordero.

Su piel estaba lastimada por las cuerdas y su pelo antes sedoso y brilloso estaba cubierto de todo tipo de suciedad. Sin embargo, seguía siendo suave y continuaba cerrando los ojos cada vez que ella lo tocaba. Su morro estaba cálido, movía su nariz en son de reconocimiento.

Su maestra le alcanzó la espada de Karanthir. Se sintió muy pesada en su mano. Acero y recuerdo. Un arma que era símbolo al igual que Zarin. Su debilidad expurgada. Su destino encontrado.

—¿A quién mataste tú? —preguntó mientras sostenía la espada en alto.

—Preguntas como si yo alguna vez hubiera sido débil.

—Damar me dijo que todas lo fuimos.

—Damar nos conoce a sus hijas. Sin embargo, también debió decirte que hay más débiles que otras.

Niniel no recordaba que se lo haya dicho, pero considerando todo su culto tenía sentido.

Buscó con su mano libre la piedra de la luna de su bolsillo y la sacó. Los ojos de Alishco no tardaron en clavarse en ella.

—Rota y rearmada —murmuró la sacerdotisa.

—Como yo —respondió Niniel y sonrió.

—Si quieres humillarte —respondió Alishco con sarcasmo.

—No tienes ni idea —respondió Niniel atacando.

Lanzó el primer hechizo que tenía preparado. Al mismo tiempo, tres flechas envenenadas volaron hacia su pecho. Alishco gritó algo inentendible y con las justas levantó un escudo.

Niniel lanzó la espalda al aire, suponía que Karanthir la alcanzaría. No se equivocó. Rápido como el viento Kara alcanzó su espada y cayó sobre Alishco.

Su espada danzaba con una elegancia feroz, golpeando y debilitando el escudo de Alishco.

Niniel gritó otro conjuro y deshizo las ataduras de Zarin. Beca llegó hasta su lado y la ayudó a ponerse de pie. Se sujetaron de las manos y ambas se unieron a la lucha.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.