La sangre era demasiado fácil de quitar. La piel se quedaba pálida y en cierta forma hermosa. Sus manos se adentraron en el agua tibia y la coloreó de rosa. El viento alejaba cualquier insecto u olor que arruinara la preparación.
Aboki ayudaba regando el agua limpia sobre su cabello. La sangre se mezclaba con lo blanco y caía gota a gota al suelo. Era extraño, pero recién ahora Karanthir se fijaba en ella.
Su rostro ovalado con una nariz ligeramente ovejuna, piel lanuda que era cálida y cejas pobladas de un bello color blanco. Más allá de las arrugas que no le pertenecían, ni las heridas que la afeaban, Beca era muy bonita. Acarició su cabello, liberándole de los últimos rastros de sangre y devolviéndole el color blanco inmaculado
Beca le recordaba un poco a Zarin: suave, lindo y especialmente, leal. Ahora mismo el cordero dormitaba junto a su ama, colocando su cabeza delicadamente sobre una de sus piernas.
Karanthir no se había decidido si el cordero era afortunado o no. Después de todo, había sobrevivido a demasiados males. Primero el gigante, después a los monos y ahora a Alishco. Sin embargo, se mantenía volviendo a ellos, a ella.
—Alcánzame el cepillo, por favor —pidió Kara a su joven ayudante.
Habían encontrado algunas de las cosas de Alishco. Entre ellas, una tienda de campaña donde ahora dormía Niniel, un par de jabones perfumados y por supuesto, el cepillo.
Kara estaba seguro de que Alishco se estaría retorciendo desde el infierno viendo como usaban sus cosas.
El cepillo de plata y zafiros acarició el cabello y lo convirtió en una bolita pomposa y muy suave.
—Recuérdame, ¿por qué hacemos esto? —preguntó Aboki, repasando un trapito sobre el cuello de Beca.
—Todos merecen ser despedidos —respondió el guerrero con solemnidad —. ¿Nunca has despedido a alguien querido?
Aboki negó con la cabeza. Kara asintió. Era bueno que nunca hubiera atravesado por algo tan duro. Él y su abuelo habían tenido que limpiar y preparar cuatro cadáveres. «Malos tiempos» pensó y suspiró profundo.
La muerte muchas veces era injusta. Eso se aprendía a las malas.
Tomó un par de pétalos y los aplastó entre sus dedos. Tenían un pigmento rojo suave que ayudaría a darle vida a los labios y mejillas. Tocó una última vez su rostro y lo contempló.
No quería enfocarse solo en su belleza, quería intentar ver más allá. Aferrarse a esa lealtad que tanta falta hacía a su raza.
Aboki terminó de abotonarle la túnica y retiró con cuidado una hojita que había caído. Estaba perfecta, solemne.
Recortaron sus uñas, las limpiaron y camuflaron como pudieron sus peores heridas. Tenían que hacerla parecer lo más tranquila posible como si solo estuviera dormida.
Kara no había llegado a conocer bien a Beca y la mayor parte ni siquiera pudo sentir. Sin embargo, ahora su corazón descongelado latía con profundo desconsuelo. Dolía no haberla conocido y que aun así se hubiera sacrificado por ellos. Por Niniel.
—¿Tenemos que cargarla hasta un lago? —preguntó Aboki tras un momento de admirar su trabajo.
No era el mejor trabajo, pero le daban una última imagen a Beca. Una que les recordaría los buenos tiempos y no los más crueles.
—No lo sé —admitió el antiguo capitán.
Niniel llevaba horas dormida, le había dado una infusión analgésica para que se calmara. Consideró la opción de dejarla un rato más, pero ya estaba anocheciendo.
Entró a la tienda de campaña y Zarin levantó su cabeza para mirarlo. Entre sus labios una pajita se bamboleaba de aquí para allá. Sus ojos castaños parecían advertirle que no molestara a su ama.
—Tranquilo —murmuró Kara dándole una caricia en la cabeza.
Su collar azul con piedras preciosas brillaba en la oscuridad. Era una escena irónica en cierto modo. Lo que había servido de símbolo para el Caos ahora era el de tranquilidad.
Se acuclilló al lado de Niniel y con suavidad tocó su frente. Estaba menos caliente que antes. Una señal de que no le daría fiebre. Los vendajes blancos tenían apenas manchas de sangre y su amada respiraba con tranquilidad.
—¿Niniel? —llamó con suavidad. Tocándola por el hombro.
Tuvo que repetir la acción unas tres veces para que los ojos adormilados de la joven se abrieran.
Un gemido de dolor antecedió que medio se incorporara.
—No —gimió entre sueños, dándose la vuelta y sin querer presionándose la herida, lo que la dejó sin aliento.
—Tranquila —dijo Kara ayudándola a sentarse y ofreciéndole un poco de agua que bebió a pequeños sorbitos.
—¿Qué… dónde...? —murmuró todavía con el sueño y el dolor. Poco a poco los recuerdos fueron volviendo y se quedó en silencio.
—Beca… ella está…
Kara le tomó de la mano y asintió.
—Lo siento.
Niniel cerró los ojos y un par de lágrimas rodaron por sus mejillas. Él las retiró con cuidado.
—Amor… ¿cómo… ¿cómo se despide a las sacerdotisas?
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Editado: 20.07.2026