Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

LVI. Destrozacorazones

No habían pasado muchos días desde el funeral, pero Niniel se había recuperado rápido. Su piel pálida y cetrina volvió a adquirir el tono naranja saludable de los Ya’yan. Su cabello terminó por prenderse completamente. Sus ojeras marcadas y sus ojos tristes se suavizaron un poco.

Kara la admiraba a través de las primeras luces del día mientras ella dormía a su lado. El día anterior habían acordado lo que tenían que hacer ese día, pero él no dudaba.

La puerta de la tienda estaba entreabierta. Aboki había salido a cazar el desayuno y Zarin disfrutaba afuera. Su sombra colándose en las paredes de la carpa.

Destroza corazones permanecía en su funda. Sobre una de las mantas. No la había utilizado desde la batalla con Alishco y una parte de él, sentía repulsión por el arma. Se había vuelto en su contra y no solo eso, había sido utilizada para maldecirlo.

Esa espada era el orgullo de toda su familia, heredada de varón en varón, símbolo de sus orígenes y de sus habilidades. Jamás pensó que podría ser usada contra él. Tantos años que había confiado y ahora… era un sentimiento agridulce que le arruinaba el ánimo.

Desde que su corazón se había descongelado sus emociones estaban revueltas. Era como si las volviera a sentir por primera vez y apenas podía controlarlas. Estaba bien cuando se trataba de amor o de orgullo, pero con el miedo… Eso era otra historia.

—¿Estás preocupado? —preguntó Niniel con suavidad. En algún momento se había despertado y lo observaba con atención.

—Podría decirse —dijo sentándose por completo.

Niniel se acercó más y se recostó sobre su pecho. Su cabeza justo sobre su corazón. No dijo nada en un par de minutos. Solo entrecerró los ojos, mientras con sus dedos acariciaban su pecho.

—Late muy rápido —murmuró justo cuando Kara pensó que se había vuelto a quedar dormida —. ¿Será por mí? —bromeó abriendo los ojos y dedicándole una sonrisa pícara.

Karanthir no pudo resistirse y se agachó para besarla.

—Yo también estoy asustada —confesó cuando se separaron. Él no ocultó su sorpresa. Buscó algo para reconfortarla, pero tampoco tenía palabras.

Niniel acarició su mejilla deteniéndose en su cicatriz y dándole un beso tierno.

—Tendremos que confiar —añadió.

—Siempre lo hacemos —estuvo de acuerdo Kara.

Poco después, los tres estaban afuera terminando el desayuno. Aboki había cazado un par de avecillas y Karanthir las preparó. Él era el único que sabía cocinar y aprovechó para darle lecciones a su hermano. El joven también se mostraba algo receloso y no dejaba de voltear a ver la espada.

Como si fuera parte de un ritual el antiguo capitán se sacó la camisa y dejó que los rayos del sol tocaran su piel. Una fina corriente de aire atravesó su cuerpo y dejó su piel sensible. Niniel lo abrazó por la espalda y murmuró que todo estaría bien.

Él se arrodilló frente a ella y Aboki le pasó la espada. Su amada la sacó de su vaina con un sonido metálico que le puso los pelos de punta.

—¿Estamos seguros de esto? —preguntó Aboki nervioso. Parándose a un costado del soldado y mordisqueándose las uñas.

—Confía —respondió Karanthir sereno.

Sintió los dedos cálidos y suaves de Niniel recorriendo su piel. Repartían una sensación tierna que generalmente despertaba sus instintos más pasionales. Sin embargo, ahora se tensó. Sabía que tarde o temprano sentiría dolor. Apretó los dientes.

Sus suposiciones no tardaron en cumplirse. Un dolor agudo y frío recorrió todo su cuerpo. Era indescriptible y rápido. Llegaba a un punto que siempre lo hacía gemir y querer apartarse. Aboki le sostuvo por los brazos para evitarlo.

—Tranquilo —murmuró.

Eso apenas estaba empezando.

La punta de su espada estaba helada y cuando tocó su maldición empeoró mil veces el dolor. Sintió como si le estuvieran abriendo la espalda, sacando la piel y el músculo y dejando todo al descubierto.

Niniel murmuró algo y empujó el arma. Kara gimió del dolor y su cuerpo se sacudió por él. Su cabeza se alzó hasta el cielo donde el sol le cegó la vista. Lágrimas negras se acumularon en sus ojos.

Otro empujón de la espada y él estuvo seguro de que lo había atravesado por completo. Podía imaginarse la punta sobresaliendo de su abdomen. Esta vez el dolor fue tan insoportable que no pudo evitar gritar.

Desde que era joven no había gritado por dolor, había aprendido a contenerlo y manejarlo, pero ahora que sus emociones estaban desestabilizadas era imposible. Aboki le sujetó con más fuerza, su cuerpo se sacudió varias veces más y las lágrimas negras cayeron por su rostro hasta golpear el suelo.

Si antes sentía que estaba abierto ahora sentía que lo estaban separando. Sentía una especie de succión que comenzaba en su espalda baja. Era como si estuvieran absorbiendo todos sus órganos para convertirlo en nada.

—Aguanta, amor —escuchó la voz de Niniel. Cuando tiró la espada hacia afuera.

El dolor volvió a concentrarse en su espalda y la sensación de succión se cambió por un vacío. Como si ahora le hubieran arrancado toda la piel y los músculos para no devolverlos nunca. Su cuerpo se echó hacia atrás y su cabeza se giró más hacia el cielo.




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