Las hijas del Caos: La herejía de Niniel

LVII. Sin cadenas

La noche volvía a ser muy iluminada, la luna se alzaba sobre el cielo en completo esplendor. Los cánticos de las sacerdotisas y los aullidos de los licántropos veneraban a Yamal.

Niniel estaba nerviosa. No dejaba de tamborilear sus dedos contra sus piernas. La espera se le estaba haciendo eterna y, sin embargo, una parte de ella no quería que acabara.

Su mente se afanaba en contar los minutos y hacer cálculos innecesarios sobre cuánto más se demoraría Aisha.

Se levantó varias veces y espió por la pequeña ventanita de la habitación. Afuera unas pocas sacerdotisas corrían hacia el templo. De seguro atrasadas por alguna otra tarea para el día siguiente.

Niniel se movió de un lado para el otro. Repasando en su cabeza todas las posibles preguntas, respuestas y dudas. Sus palmas sudaban y cada rato se limpiaba en su vestido.

Tomó la manija de la puerta y después se lo replanteó. Volvió a sentarse, a espiar por la ventana y a considerar sinceramente irse. Quizá era mejor dejarlo así. Sin embargo, en esos momentos, la imagen de Beca se le venía a la mente y sabía que no podría hacerlo. Se lo había prometido.

Así pasó gran parte de la noche cuando finalmente las sacerdotisas terminaron su oración y Aisha lentamente se dirigió a su habitación.

Niniel se alisó varias veces su falda, se arregló el cabello y respiró profundo.

La puerta se abrió con un chillido agudo y Aisha asomó la cabeza. Se quedó inmóvil al verla.

—¿Niniel? —murmuró como si hubiera visto a un fantasma.

—Hola, Aisha —respondió Niniel lo más serena que pudo —. Yo…

—¿Has vuelto? —preguntó Aisha aprovechando su titubeo y entrando a su habitación. Cerró tras de sí la puerta.

—No —dijo la joven —. Yo… no pienso quedarme. Solo quería hablar de Beca.

Aisha asintió y se sentó sobre su cama. Invitando a Niniel que se sentara a su lado. Sus ojos reflejaban una mezcla de sentimientos, una especie de tristeza con desconcierto.

—¿Beca fue a buscarte? —preguntó con voz suave y controlada.

—No. Yo la busqué —confesó Niniel —. Necesitaba su ayuda.

—¿Para? Niniel, ¿por qué te fuiste?

—Imagino que ya lo sabes.

Aisha se volteó a mirarla e hizo una mueca.

—Tienes que entender que lo hicimos para protegerte.

—Lo sé —dijo y apartó la mirada —. Beca me hizo entender, entenderte.

—¿A mí? ¿Qué…?

Niniel tomó la mano de Aisha y la apretó.

—Aisha, yo… tengo que contarte lo que le pasó a Beca.

Los ojos de la sacerdotisa brillaron por las lágrimas. Se llevó una mano al corazón y suspiró.

—Está muerta, ¿verdad?

La joven asintió. Sintiendo de nuevo la punzada de dolor en su pecho y el ardor de las lágrimas.

—Se sacrificó por mí —dijo con la voz media quebrada —. No… no tenía que hacerlo y aun así…

—Lo hizo —completó la oración Aisha con tristeza —. Así era.

La mujer se puso en pie y abrió uno de los últimos cajones de su cómoda. Del interior sacó una botella con un líquido transparente y dos vasos pequeños.

—¿Quieres? —preguntó sin voltear a verla y llenando los vasos.

—¿Qué es?

—Una forma de anestesiar el dolor —explicó Aisha tomándose de golpe uno de los vasos —. Nos ayudará a hablar de Beca sin que las lágrimas nos rompan.

Niniel asintió, aunque tras el primer vaso. Supo que no lo quería. Era una bebida demasiado ácida que pareció corroerle todo el intestino y casi la ahogó con la tos. Aisha lo aceptó y continuó bebiendo por las dos.

—Murió como una heroína —dijo Niniel cuando terminó la historia —. Me liberó a mí y…

—A tu amante —dijo Aisha limpiándose la nariz con el dorso de la mano.

—A mi familia —le corrigió Niniel —. Yo… yo… sé que está en paz. Yamal la tiene.

Un gemido agudo y sumamente doloroso interrumpió cualquier palabra. Aisha se había derrumbado y lloraba. Se cubrió la cara con sus manos y Niniel la abrazó. Sintió un ligero rechazo de Aisha, pero no la soltó.

—Beca… qué… hi..ciste —balbuceó junto con otros reclamos imposibles de entender.

Niniel se mordió el labio inferior y luchó contra sus propias ganas de llorar.

Después de un rato que se sintió eterno, Aisha se calmó un poco. Su rostro estaba cubierto de lágrimas y sus ojos rojos, tomó otro bocado de licor y la miró.

—¿Alguna vez te contó su historia? —preguntó. Niniel negó con la cabeza.

—Me lo imaginaba. Beca… Beca era así. Silenciosa sobre ella misma, ella… llegó a nosotras… a mí porque… la culpa… la redención. Ella la necesitaba. Hizo algo… algo muy malo.

—Quizá no quiera saberlo —la cortó Niniel —. Yo… yo no conocí a esa Beca. Conocí y amé a la que se sacrificó por mí.

—Pero yo sí —respondió Aisha con la voz quebrada —. Yo la vi crecer, cambiar… y… no estuve…




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