—Cariño, si eres una buena niña, Diosito creará un asiento para ti junto a él en el cielo.
—¿Y si no lo soy, mamá? —agaché la cabeza apenada.
—Dicen las malas lenguas que, si eso pasa, te castigará y tu alma deambulará perdida por el mundo de los vivos.
En ese momento lo entendí todo. Debía preguntarle a ella cómo lo hizo, así que fui hasta el sillón viejo de la abuela, que todavía se mecía en las noches mientras mamá dormía.
—Nana, ¿cómo mataste al abuelo? Quisiera ser como tú para poder quedarme con mamá... para siempre.