Las historias que nunca conté

Mi primera vez

¿Alguna vez has sentido que naciste en el tiempo equivocado? ¿Alguna vez te has sentido tan desencajado en la sociedad que deseaste desaparecer?

Yo sí.

"Susana, eres rara." "Susana, estás loca." "Susana, deberías estar muerta igual que ellos."

Esa soy yo. Susana Gravesoul, la chica de quince años que habla con los muertos.

Seguramente también piensas que estoy loca. Lo entiendo, las personas incrédulas y cerradas lo piensan, siempre que hablo del tema.

No. No estoy diciendo que tú lo seas. Simplemente, me adelanto porque lo que voy a contarte ahora no es para personas cerradas e incrédulas, es para aquellos que están dispuestos a aceptar que no estamos solos en este mundo.

Y sí, lo que vengo a contarte es mi primera experiencia.

Un día, como cualquier otro, en la escuela primaria de Dellbrook, me encontraba en la clase de matemáticas de la señorita Alicia. A mi lado, mi mejor amiga Carmen atendía con extremo interés las instrucciones de la maestra. La verdad, Carmen no era tan diestra como yo en las matemáticas. A diferencia de ella, mi mayor interés era el reloj sobre la puerta. Estuve contando ansiosa los minutos para el recreo. Sin embargo, algo más distrajo mi atención. Bueno, alguien más.

Parada, en la puerta del salón de clases, se encontraba una niña hermosa. Era pequeña, como de unos seis o siete años. Llevaba un vestido amarillo de encaje hermoso que contrastaba con su piel oscura. Ese detalle del vestido me llamó la atención. En nuestra escuela primaria llevábamos uniforme, así que no entendí en ese momento qué hacía ella allí vestida así.

Pensé que estaba buscando a la maestra, pero, ¿por qué no le hablaba y le decía que estaba ahí? Así que decidí interferir.

—¿Maestra? —dije levantando la mano.

—¿Sí, Susana?

—Creo que tiene visita en la puerta.

En ese momento la maestra Alicia se giró. Para mi sorpresa, su reacción fue furiosa, insultada. Me regañó tanto que sentí vergüenza de estar allí frente a todos, siendo el hazmerreír. Según los gritos de mi maestra, en la puerta no había nadie y yo le estaba tomando el pelo, le estaba faltando al respeto frente a mis compañeros de clase.

Pero yo no lo vi así.

La niña seguía ahí y me miraba sin más reacción que la de sus ojos fijos en mí. Yo no estaba loca. No podía ser que la única que viera a esa niña fuese yo.

—¿Carmen, tú la ves?

—¿A quién Susana?

—¿Cómo que a quién, Carmen? A la niña del vestido amarillo. —le dije en un susurro temiendo un regaño más fuerte por parte de la maestra.

—Yo no veo a nadie. Ya no me distraigas que voy a reprobar por tu culpa.

Otra más que no la veía.

El día siguió su curso y la niña no apareció más. Pensé que habían sido alucinaciones mías y estuve con ese pensamiento carcomiendo mi ingenuo cerebro toda la tarde. Solo cuando llegó el horario de salida, fue que caí en cuenta de que mis alucinaciones llevaban algo de razón.

En la salida del colegio había un gentío tremendo. Las personas estaban reunidas, murmurando y con las manos cubriendo sus bocas llenas de asombro. La luces policiales intercambiaban sus tonos rojos y azules, generando un ambiente trágico digno del momento. Un terrible accidente había ocurrido hacía unas horas en las afueras de la primaria.

Yo me acerqué un poco por el enrejado, los profesores no nos dejaban salir, y fue ahí cuando la vi de nuevo.

Acostada en una camilla, con su rostro siendo cubierto por un nailon negro horroroso, estaba la niña hermosa del vestido amarillo, moteada en sangre.




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